Cuentos de Gijón

Nada sorprende ni escandaliza en la Gigia de hoy, aunque sí escandaliza en la cuesta y casta Ovetum

Mucho antes de que las carbonillas, o sea, los carbones marineros de las bodegas del perdido «Castillo de Salas» contaminaran las limpias «canelas» de San Lorenzo (¡ojo!, las olas suben y bajan negras por la escalera 6), y todavía mucho antes de que, dando ejemplo de sin par codicia, las chuponas extranjeras de los señorones de El Musel arrancaran de Les Amosuques y alrededores millones y millones de metros cúbicos de finísimas arenas sin que a ninguno de ellos se le hubiera ocurrido la económica idea de ordenar la localización y la succión de las miles de toneladas negras que transportaba el «Castillo», que hubieran sido material estupendo para los rellenos de El Musel y su regasificadora, o para regalo, envueltos los carbones en fino «celofán» para noche de Reyes, cuenta la leyenda que dos monjes, uno abad con mando, Fromestano, y su hijo o sobrino, el presbítero Máximo, fundaron en «lugar ni vistoso ni fértil» el devoto Ovetum, del que viene el hoy cuesto y casto Oviedo del célebre don Gabino y su escudero...

Antes de que Ovetum dejara de ser lugar perdido y fuera la Oviedo capital -Uviéu pa los bilingües-, ya Gigia, Xixón para unos, Jijón para otros, Gijón para los de aquí, tenía cumplidos mil años de antigüedad, y ya había sido puerto de regios amores. Femenina y fértil, Gigia, enriquecida con el comercio de la carne y de la mar, que propició su progreso y su libertad y ayudó a multiplicar su vecindario, contaba ya con la leyenda cultural de los amores y las venganzas del gobernador Munuza, la bella Adosinda y su hermano don Pelayo, que dramatizó don Jovino, siempre pendiente de las cosas de su villa, y a la que don Saverio Mercadante puso música sobre libreto de Marco D'Arenzo...; y antes de los de Munuza y Adosinda, Gigia ya había conocido, sin rubor ni escándalo, de los mil amores romanos en el caliente marco de las termas, que después de siglos de olvido rescató por la casualidad de abrir una zanja don Calisto constructor...; y después de aquellos amores paganos, millones y millones de amores y desamores cristianos acunaron las tardes, las noches y los despertares de la villa, entre los que no pueden olvidarse ni los señoriales y desgraciados de Gonzalito de las Cuevas con Venturita Belinchón, ni los plebeyos y violentos del marinero Marcelo con la prostituta Bilbaína, benditos los dos por matrimonio en la parroquial de San Pedro.

A nadie puede extrañar que en puerto de tanto comercio hubieran surgido prontas y fogosas hogueras a Eros y «pornos»... No caerán en el olvido local ni la casa de la Anastasia, que Manuel Vega puso en el barrio de Cimadevilla, ni las numerosas «casas» anónimas que abrieron sus puertas en la céntrica calle de la Libertad, luego Isabel II, luego Libertad, luego Dieciocho de julio y, cuando terminó el éxtasis nacional, otra vez de la controvertida Libertad..., o en los almacenes de la tranquila Langreo, o por los populares e industriosos barrios del Carmen, Tejedor... y Premio Real; fueron notables por su elegancia los negocios de Marta, La Blanca y La Postinera; de Raquel y La Goya; y como cabaret, entre todos, La Gloria, que cerraba la juerga de los tangos y quedaba como honesto café, con la llegada de don Melquíades a su piso de las casas de Veronda para disfrutar de su merecido descanso estival..., y a nadie escandalizaba, que Gijón tiene mucho puerto, que las alegrías del bailoteo se disfrutaran sin cuento en el frío invierno y estuvieran racionadas en el agosto cálido y festivo...

Tampoco faltaron espectáculos «pornos» en lugares públicos, y bajo la carpa de los santos cielos, a cargo, siempre, de la iniciativa privada, más subidos, incluso, que el que pretende celebrar por noviembre la sociedad Profei en el pabellón del recinto ferial de don Luis Adaro...

Aquellos se celebraron bajo el nombre de otro insigne gijonés, calle de Faustino Rodríguez San Pedro, que de anciano llegó a ministro del reino, y fue no menos meritorio, ni menos piadoso, ni menos observador de las buenas costumbres que don Luis Adaro..., sin que tales actividades en sus «espacios» desdoren sus nombres, ni el de Gigia...

A cargo de las famosas mesalinas locales, Cachés de Acero, la Virgen Puta, la Portuguesa, la Tetones o Moraima la Borracha, entre los troncos de pino, que se apilaban a todo lo largo de Rodríguez San Pedro y que venían consignados a las minas de Gijón y Langreo, corrió la atención, sin comodidad ni higiene, de las urgencias sexuales de los sufridos «coreanos», que, traje de pana y maleta de madera, habían llegado a la villa para el desmonte de la Corolla y la construcción del nuevo dique de Juliana y las obras de la Uninsa...

Y todavía ayer, a principios de los pasados ochenta, en una residencia del rico Castiello la iniciativa de unos célebres hermanos puso en marcha concurridas bacanales, con striptease oficial y lo que cayera, que contaron con sus propios intelectuales y decoradores... y hasta se adornaron, a la romana, de un vistoso concurso de «partes íntimas» femeninas, al que concurrieron dotadísimas aspirantes...

De ahí que nada sorprenda, ni escandalice en la Gigia de hoy, la iniciativa de Profei, y si, por lo visto, escandalice en la cuesta y casta Ovetum, cuyo alcalde y escudero -que mal piensan en su habitual propósito de liar a Gijón en sus desventuras políticas- aseguran que en el festival de la «pornada» a celebrar en el recinto ferial gijonés van a emplearse fondos públicos; ¡pobres!, y todo por su mala leche localista... y no saber leer las noticias del periódico y quedarse sólo con la copla de una «gracietada»...

Los frailes fundadores sí sabían leer y por eso sus sucesores, en el Naranco cuesto y devoto, fundaron, por iniciativa privada, Los Monumentos, que su señoría y escudero, como personas cultas, tan bien conocen...