Nuestro presidente Bono y el Papa Ratzinger, tienen en común el loable propósito de mantener viva la memoria colectiva de quienes sufrieron muerte a manos terroristas.

El pasado 27 de junio se celebró por primera vez el día de las víctimas del terrorismo, acto que tuvo lugar en el congreso de diputados. En su discurso, el albaceteño fue contundente al asegurar que los políticos no pueden permitirse el más mínimo resquicio de duda, y cualquier indicio de permisividad hacia los entornos del terror es absolutamente imperdonable.

Por su parte, el teutón ha iniciado un nuevo proceso de beatificación, el segundo de su pontificado, para honrar a quienes sufrieron persecución en España por motivos religiosos. Al mismo tiempo se queja del trato recibido por la justicia belga que investiga casos de pederastia dentro de aquel país, por haber irrumpido la policía sin previo aviso en el recinto arzobispal.

La iniciativa de ambos próceres tiene más que ver con movimientos oportunistas de desviar la atención de asuntos ajenos que impulsar los propios. La reiteración en honrar a determinadas víctimas tantas veces enaltecidas, choca con la sistemática oposición a que se tomen iniciativas para dignificar y respetar a las que fueron perseguidas por el franquismo. Esto solo se entiende por un intento de desviar la atención sobre lo que verdaderamente les atemoriza y asusta: el fantasma del dictador que aún les congela el alma. Espantan así sus miedos invocando los espíritus de la cruzada de los que son incapaces de desprenderse.

Las víctimas del terrorismo de ETA siempre tuvieron el amparo ciudadano e institucional, y desde hace bien poco tendrán un día señalado en el almanaque. Pero ¿qué pasa con las víctimas de Franco, con los cientos de miles aniquilados, paseados, encarcelados o exilados?

A treinta y cinco años de la muerte del dictador, una ley que pretendidamente los habría de reconocer y dignificar apenas ha salido fuera del Boletín Oficial. Estremece que no solo los nostálgicos de aquel execrable régimen traten de impedir que se acomode a los hechos históricos la realidad del país. Eso es lo espantoso: que haya quienes bajo un barniz democrático se comporten como los que abiertamente siguen fieles a su caudillo.

Por eso causa perplejidad que quienes ofrecen su fervorosa consideración a las víctimas del terrorismo ETARRA, resulten insensibles al reconocimiento de las víctimas de los más sobresalientes, sanguinarios y aterradores verdugos franquistas.