Un recorrido por las instituciones culturales de la ciudad: de Jovellanos al Ateneo que lleva su nombre, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Tuvo esta villa de San Pedro cultura propia desde tiempo inmemorial. Munuza puso con su media luna las bases. Don Pelayo con su cruz, la epopeya; y el sin par Jovellanos la enriqueció con todas las luces de su saber...

Cultivado; desterrado, fuera y dentro de Gijón; escuchado y silenciado, don Gaspar trabajó por poner el «reló» de la torre de Gijón en la buena hora de su tiempo. Leyó en su estrado, y compartió con amigos y parientes sus lecturas; escribió para deleitar, instruir... y recomendar a los suyos; organizó conciertos y veladas teatrales... sólo le faltó poner librería o vender por las casas de vecinos, familiares y amigos, fascículos de la «condenada» Enciclopedia Francesa, faro que iluminaba Europa y América con todas las luces de su tiempo. No logró ver su deseada Academia, ni su casa de conversación. Logró, sí, establecer su Instituto, donde rindió culto a la enseñanza de lo útil y verdadero? Después de él, vino casi todo al amparo de su reclamo: calle, plaza, teatro, Ateneo, Fundación, garaje, peluquería...

El Casino que él deseó se fundó cuarenta años después de su muerte, y hasta tuvo biblioteca; la villa levantó su teatro; la clase trabajadora, de mano de la burguesía «federal», abrió su Ateneo Casino Obrero; la media, su Círculo de Instrucción y Recreo; mientras que la alta apagaba su sed de cultura en las fuentes de seminarios, o en las de los patios de las universidades de Valladolid u Oviedo.

El Ateneo Casino Obrero lo fundó la burguesía «federal» para que en él cultivara el obrero las cuatro reglas, la lectura y el debate; el Círculo de Instrucción y Recreo lo instituyeron disidentes de la fundación del Ateneo: el periodista Menéndez Acebal, el doctor Bellmunt, el abogado Canosa...

Eugenio Labán, ingeniero del ferrocarril de Langreo, alegre, músico y masón, y don Sergio Cifuentes Morán, pedagogo, buen padre y devoto cristiano, fundaron «El Quinqué», sociedad de amigos de las letras y las artes, en la que el malogrado Cifuentes enseñó los principios de la declamación y las siete reglas del teatro; y el gran Labán, que llegaría a colega de Gayarre, mostró a la juventud gijonesa los secretos de la música y del bel canto.

Crecieron unos brotes: los del Ateneo Obrero; y se extinguieron los de las otras plantas por la intromisión de la política, el traslado forzoso de sus fautores, o por la muerte inapelable...

Los «quinqués» ofrecieron representaciones y conciertos en el Jovellanos; «El Círculo», recepciones, conferencias y bailes en su local de San Bernardo, donde el joven Melquíades Álvarez destacó por su voz, entonación y memoria en la declamación de largos y escogidos poemas...

El grupo de la Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo inyectó en las venas del floreciente Ateneo Casino Obrero el vigor poderoso de su sangre roja, liberal y redentora...

Y el Ateneo, acunando el ideal con la realidad social, creció en conferencias, y pronto fue rico en recuerdos; con elecciones libres y periódicas mostró al obrero y al profesional la práctica democrática; tuvo edificio y gran biblioteca, y desde el 1881 de su fundación, permaneció vivo y pujante hasta el inicio de la destrucción material y moral de Gigia -Xixón para los bilingües, Gijón para los poetas- que comenzó el 18 de julio del treinta y seis y culminó el 21 de octubre del treinta y siete.

Desde entonces, en el erial cultural de los salvadores todo se agostó: esperanzas, letras y ciencias, quedando encendidas sólo, como estrellas de belén, las velas de púlpitos y campanarios... y los hachones que iluminaban el tránsito de la burguesía por las ciudadelas miserables en los piadosos rosarios de la aurora?

La semilla de la cultura artificial no reventaría hasta quince años después, cuando ocurrió la floración del Ateneo Jovellanos, no como continuador del «Ateneo Casino Obrero», sino como incolora, inodora -e «insabora»- «flor» del nuevo Estado, con sus dos mil asociados avanzando procesionalmente por la senda de la subcultura, sección diurna de la Adoración Nocturna, bajo el rico y extendido manto de don Torcuato, el único «fascista» que en los meses de su estancia paseaba la Bolonia de Mussolini, según propia confesión ante quien le trató durante un tiempo asiduamente. En sus salas quiso crecer la vanguardia «Esperando a Godot», pero en ellas se atrincheró la vieja retaguardia...

Y ahí siguen, él y su sombra, dispuestos a cumplir sus cincuenta y siete años, con presidencia vitalicia, ahorros a plazo a base de subvenciones oficiales y donaciones particulares, sin otra labor que ofrecer charlas y organizar viajes... todo acorde con el espíritu y tiempo de sus fundadores, los Torcuatos, Pedros, Carlos, Fernandos, Josés, Ignacios, Guillermos... suyos los años; suyas las conferencias, mayoritariamente CEU -ultramontanas-; suyos los viajes culturales y de recreo; suyas las donaciones de la agencia que los organiza, como las anónimas que recibe, prueba de la existencia de gijoneses generosos, que ni aparecer ni desgravar quieren sus contribuciones a la cultura de la «casa», tan de ayer como sus promotores...

Pero, de todas formas, reconocidos sean los esfuerzos de quienes a presidir juntas y actos han dedicado sus alientos. Sobre ellos, como sobre las bombonas de Torres, languidecen los malvas del atardecer...