Actividades y trabajos del Gijón de otro tiempo, de los «americanos» y los primeros constructores a los sufridos pescadores y carreteros
Desde que los señores reyes de antaño decidieran vender los cargos edilicios para sacar unos cuartos con que pagar guerras, pompas y cacerías, hubo en la historia de Gijón personajes que disfrutaron prebendas y delicias vitalicias, los Jove Llanos, Ramírez Jove, Rato Argüelles, Menéndez Valdés, etc. etc.; y hasta hubo presbíteros, y sacristanes mayores con haber municipal, que pasaron bien buenas vidas sirviendo en devotas funciones, también vitalicias eso sí, en capellanías y cofradías...
Especial característica tuvieron en la villa los medios de vida, «vitalicios», que disfrutaron nuestros «americanos» decimonónicos, siempre en un ¡ay! por la merma de las rentas de sus capitales, tan duramente ganados, invertidos en Deuda Interior o puestos en las manos de don Florencio. Siempre tras Daniel Cerra y Cerra en busca de un buen cambio o para una imposición urgente, que el bueno de don Daniel era el «corredor» de sus confianzas.
Quien no tenía un capital «vitalicio», en vez de correr tras don Daniel corría a la desesperada para lograr un puesto de galeote en los bancos del trabajo cotidiano, fuera de oficina para los letrados; o fuera de taller u obra, de los de a cinco a seis reales la jornada, para los faltos de «tinta y lectura».
Hubo, por ellos creció y despegó el pueblo, no pocos gijoneses que tuvieron el especial «afoguín» del negocio en el cuerpo, como fue el caso de los señores Goyanes y Dindurra, dos vidas paralelas dedicadas al saneado negocio de la construcción: el primero se consagró con el cuartel del Coto y el segundo con su teatro en Begoña, y «su» parte del Canal de Isabel II; ambos también medraron en el negocio del espectáculo: toros, frontón, carreras; teatro por horas, tiples y vicetiples...
¡Cuánto trabajo! ¡Cuánto esfuerzo!... ¡Qué poco descanso! el de los paletas de la construcción; el de los porteadores en los muelles; el de los camareros, sin horario de los cafés.
Y cuántos jornales salieron de la fundición del señor Cifuentes, de la fábrica de vidrios del señor Cifuentes, de el «muellín» del señor Cifuentes, de las los trabajos en las contratas del señor Cifuentes; de las oficinas de recaudación de impuestos arrendados por el señor Cifuentes,...; y cuántos ganaron los aldeanos de Cabueñes preparando, segando, podando y arreglando la finca del señor Cifuentes... Era un tiempo en el que impulso de Gijón venía casi todo del bregar del señor Cifuentes, tanto como del de los Goyanes y Dindurra juntos...
En el Gijón poderoso y bien regado de las cien fuentes, todo fue actividad y todo trabajo. Para los pobres, duro trabajo vitalicio, hasta que el carro municipal llevaba al exprimido obrero al merecido descanso en la colina del soleado Sucu.
Y de las peores tareas vitalicias que se pueden recordar en la villa, amén de las del pescador, que solían ser de corto recorrido, que las «perdidas» eran cosa natural entre los miembros de la «Germinal», sociedad de marinos y pescadores, fue el agotador trabajo de los carreteros. Tanto los de la sociedad «La Conciencia», donde se unían para mejorar sus condiciones los carreteros del comercio y la industria, como los de «La Dársena», que componían los dueños de carros de bueyes al servicio del muelle.
¡Cuántas horas de pescante, tirando de las riendas del percherón!, los del comercio; ¡Cuántas horas tirando del buey para que la pareja de bueyes tirara del carro!, los de la dársena. Pobre vida la del carretero; pero, ¡qué buena! la de Blas Menéndez, el patrono de los coches de recreo.
Da miedo recontar el número de carreteros que murieron al pescante de su carro mientras atravesaban los lodazales de los arrabales, o después de recorrer en su cotidiano reparto los barrizales de Corrida, San Bernardo o San Pedro... ¡Cuánta suciedad! ¡Cuánto abandono!... Y el carretero en su pescante, horas y días, atufándose con el mal olor de los despojos de pozos negros y animales muertos. Bien triste es contarlo, pero cientos, acaso miles, de carreteros murieron sin haber podido probar en Villamanín, donde terminaba el tranvía, las delicias de los frescos mariscos de «La Elisa», de Juan Fernández...
Y aquella imagen de dolor, resignación y hasta hambre, asociada al trabajo vitalicio del pescante, que parecía superada por los progresos salvadores de la cultura y la civilización, vuelve a darse en nuestra villa. Y no se trata de trabajos vitalicios placenteros como los de nuestra Infanta veraniega, almuerzos suculentos en la mesa del Mallet, y champagne francés en cada visita vespertina, sino de los trabajos del nuevo pescante, o sea los del duro escaño presidencial, desde donde se llevan las riendas de la cultura local, tirando unas veces de aburridas conferencias; otras, del buey cansino en el coloquio...
Honra y comprensión, hasta distinción conmiserativa, para los aurigas-presidentes que se «dan por el bien común» a morir en el estrado, antes que consentir que la opinión corra libre y desembarazada por palacios, cámaras y sociedades; urnas y acequias. Benditos. Expuestos al ojo del común hasta el Sucu, o hasta la hoguera..., que al señor Fano, «lo mismo-y dá».

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