En tiempo de gran crisis es obligado hablar de ella, y también de sus paganos, los que sufren el paro, los que van a sufrir la reforma laboral y el retraso de la edad de jubilación; como sería obligado hablar de la crisis de los partidos asturianos; de la decisión del partido gobernante de anunciar la sustitución del candidato a la presidencia, dejando al actual presidente y a su gobierno en “funciones”, sin el crédito ni la fuerza con que hacer frente a los retos de un año decisivo; y del el anuncio del “candidato arrollador”, pretendiendo levantar la moral de las huestes populares… Pero no voy a referirme a ello, ni siquiera a la conveniencia de que el señor Fernández sustituyera “desde ya” al señor Areces en la presidencia, porque las crisis tienen sus augures. Los de la económica, precisamente los mismos ultraliberales que la produjeron y que en Davos ya han hablado; mientras que a nivel casero, ahí quedan las “gracias” habituales de los Montoros, Migoyas, Velardes o Buenos.
Quiero hablar de otra crisis. De la del sistema, que ha sumado a la actualidad de los señores Cascos y Fernández, la inesperada salida a la escena política del titular del trono. Crisis “del origen” de la política y de los políticos de esta “nuestra joven democracia”,que estallará nada más conocerse los resultados de los comicios que se avecinan.
La política hace referencia a todo lo que se refiere al Estado en cualquiera de sus niveles. La política, es ciencia y es arte, tiene algo de representación, pero nunca puede hacerse de ella comedia interminable, chanchullo permanente, ni “modus vivendi-jubilandi”.
Desde abril de 1.939, política y políticos viven en este país de las falsas apariencias. 1.939, año de la “Victoria”,la de la patria cruel y ultramontana, forjada durante siglos por la fe y el “largo cortejo de dalmáticas y de armaduras y de estandartes”, sobre las buenas gentes del “arroyuelo murmurante”, que a lo largo de los siglos fueron nutriendo los elementos críticos y descontentos que en este país han sido; y del que Azaña, en el Sitio de Bilbao, después de la “Ocasión” del 14 de abril de 1.931, dijo “las urnas han convertido el arroyuelo en caudaloso río”... ¡Ay!, pero de corto recorrido.
El reino de la “Victoria”, sin rey mientras vivió su Fundador Soberano, se coronó de urgencia, con escenario y juramento del viejo Régimen, el 22 de noviembre de 1.975, dos días después de la muerte del dictador, que había designado sucesor “a título de rey”. Y se refrendó el 6 de diciembre de 1.978, sin otra alternativa que el caos, dando el pueblo un sí mayoritario a una constitución ambigua, elaborada por “Cortes Ordinarias”, como si nada hubiera ocurrido entre las elecciones de febrero del 36 y las de junio de 1.977.
Y de entonces, a pesar de inciensos y comedias, uniformes, toisones y dalmáticas, el mal origen, el mal gobierno, y, por supuesto, los malos hábitos de unos partidos herméticos, cuyas cúpulas todo lo dominan porque tienen el poder de designar los candidatos a listas cerradas y bloqueadas, han consumido el crédito de esta anómala, pero consentida y hasta celebrada “Instauración” monárquica.
El déficit de principios y costumbres democráticas, los odios históricos, más los desequilibrios sociales agravados por la crisis que sigue muy viva, pueden provocar en 2.011, -ochenta primaveras después de las elecciones municipales que volcaron la Restauración-, el “vuelco” de esta “Instauración”.
Abatido y desnortado el socialismo; inconsistente y lanzado a la “montaña” el conglomerado popular, puede que estemos en los prolegómenos del hundimiento del escenario sobre el que se levantaron las “apariencias democráticas”, de nuestro celebrado “tránsito” de Franco a los franquitos con rosa.
Ojalá, que de esas ruinas, como en 1.931, rebroten los principios del “arroyuelo murmurante” capaces de encender la llama de las virtudes cívicas tanto tiempo asombradas por casullas y uniformes: Amor, y escrupuloso respeto a los principios democráticos; Proclamación de la soberanía civil y laica del Estado; Exigencia de sentido ético y social en la convivencia; Honestidad en la conducta pública...
En definitiva: la Esperanza...; el Deseo de la IIIª República.
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