Hace ciento doce años, era setiembre de 1.897, don Gumersindo de Azcárate y Menéndez Moran, el ilustre profesor de derecho y político republicano, de padre leonés y madre gijonesa, iniciaba la oración necrológica con la que el Ateneo de Madrid, recordaba la figura del ilustre moscón don Manuel Pedregal y Cañedo, con unas palabras, que me sorprendieron al leerlas por primera vez; que me emocionaron al repetirlas en la velada que el Ateneo Republicano de Asturias dedicó al recuerdo de nuestro entrañable amigo Alejandro Bárcena; y que no quiero que falten en este recuerdo al buen amigo Peltó, porque a mi entender son palabras de intimidad, de pertenencia, de cariño…
Comenzaba así, don Gumersindo,
“Era tan nuestro, tan del Ateneo, Manuel Pedregal, que nadie dejará de reconocer que, al dedicarle esta velada rendimos a su memoria un homenaje bien justo y merecido”.
Creo que es bien justo y merecido, y que a nadie podrá extrañar, el que nosotros, el Ateneo Republicano de Asturias, dediquemos esta matinée, como antes se decía, compuesta de palabras, imágenes y músicas, a la memoria del que fue nuestro entrañable correligionario, buen amigo y convecino, JOSE MARÍA PELAEZ PRIETO, a quien todo Gijón conoció en vida y ahora recuerda, como PELTÓ. Para no pocos el Gran PELTO, que fue impulsor de muchas cosas, y que asistió al nacimiento del Ateneo, y que hasta su muerte participó activamente en todos los actos, en todas las charlas, en todos los homenajes que el Ateneo rindió a Flórez Estrada, a Riego, a la igualdad, a Alfonso Camín... y al Oso furioso que en tiempo lejano, según la leyenda, mató en Llueves, sobre Cangas de Onís, al Rey Favila.
Con cuánto ardor repetía PELTÓ los dos últimos versos del “Elogio del Oso Pardo que mató al rey Favila”, que su tan admirado Alfonso Camín compuso y publicó en 1.930, cuando todavía el pueblo no había vuelto a cazar un 14 de abril al sucesor de aquel primer cazador cazado...
“YO DIRÉ, CUANDO ALGÚN CIUDADANO QUIERA SABER MI NOMBRE Y MI PILA: ¡SOY HERMANO MELLIZO DEL OSO QUE EN EL MONTE MATÓ AL REY FAVILA!”.
;"Si destacó Peltó, destacó, sobre todo por su disposición y humanidad. Disposición y humanidad labradas desde la infancia con los más duros golpes con que, en momentos cruciales de la historia, la vida talla, o destruye un ser humano: guerra, muerte, necesidad, hambre. Todos estos ingredientes nutrieron y dispusieron, desde el verano de 1.936, las capacidades que el casi niño, nacido en Oviñana un 24 de enero de 1.924, iría a desarrollar a lo largo de su vida, que podríamos resumir en iniciación, lucha, trabajo en la mar y, como etapa final, el disfrute de los recuerdos, de la ciudad, de los amigos, de la ilusión puesta cada día en casi todo..., Y en la República.
Falleció PELTÓ, hoy hace dos meses. Y mañana, cumpliría 86 años. Había nacido en la casa de Las Morotas, hijo de relojero y de maestra rural. Comenzaría a crecer en San Martín de Luiña, y viviría un año, entre 1.933 y 1.934, en Doiras, en la casa donde su madre puso escuela, y donde con los demás niños, aprendía letras y números, compartía juegos, y sufría las precariedades de aquella ruralidad, que si hoy aún impresiona por su difícil lejanía, hace cincuenta y seis años suponía el vivir en un mundo tan idílico como difícil, entre ríos, arroyos, lobos, jabalís y montañas.
Allí, recuerda Rafa Lorenzó en sus notas para la biografía de PELTÓ, llevó a cabo su primer salvamento, el de un colega de escuela y juegos, que de mandilón y madreñas se cayó en las aguas más que frías, y casi profundas, de un enorme lavadero. De ellas, lo rescató, sanó y salvo, aunque inconsciente, el hijo de la maestra. Fue su primer salvamento. Con los años vinieron muchos más. Recuperó cuerpos de las aguas del río, y evitó tragedias en las de la mar... siempre sine pecunia...
A PELTÓ niño lo retrata Rafa Lorenzo, su amigo; su compañero de tantas fatigas, de tantas veladas, de tantas representaciones, también vaqueiro y también poeta, con estos rasgos,
“Niño inquieto e ingenioso, rechoncho, rubio, de ojos pardos como el apellido materno… En el aula de los caminos y “las caleyas”, desarrolló el instinto de supervivencia, aprendiendo enseguida las leyes naturales para marchar por la vida, robusto y altivo…”.
Si de la madre maestra, y en su escuela, recibió con las ganas de saber, las primeras letras y las primeras rimas, que nunca le abandonaron; también recibió de ella, su fe religiosa y su amor romántico por la República, que le acompañaron hasta el final de sus días.
Julio de 1.936. Los acontecimientos rompen los juegos del niño, y comienzan los misterios dolorosos de su calvario juvenil.
La paz de las brañas pixuetas y las alegrías del río Sequeiro, se vuelven torrenteras de guerra y muerte; de hambre y desolación.
A Gijón llega José María, posiblemente en setiembre del infausto 36, con su madre y dos hermanos pequeños, huyendo de las tropas gallegas que a su paso aterraban los pacíficos pueblos del occidente astur.
Si dura fue la tragedia civil para todos, más dura aún lo fue para quienes hubieron de sufrirla en tierra extraña. En el Gijón republicano en guerra, la familia del niño vaqueiro se va arreglando como puede, su madre, encuentra algún trabajo. Él, sabe leer y escribir, que no era poco, y como PELTÓ mozo no puede estar pasivo, como tampoco podría estarlo de mayor, se “apunta” a las juventudes libertarias, -al fin y al cabo, buscando la libertad vino la familia a Gijón-, y para salir de la rutina, y hasta por ganar alguna propina, sienta plaza de cornetín en el batallón Gorki.
Juan Ramón las Clotas, lo recuerda con su instrumento, y su pañuelo rojo anudado al cuello, chiquillo, pero solemne en el desempeño de su servicio... Y el adolescente, casi niño, toca órdenes y toca marchas, y el 21 de octubre de 1.937, cuando para todos los suyos tocan retirada, se le desploma el mundo...
Y la familia corre a esconderse del vencedor donde puede: en la cueva del Raposu.
La familia tiembla. Ha de seguir oculta. Una madre acostumbrada a la tranquilidad de la casa familiar, y a los deberes de la escuela, hubo de inventar en el Gijón -“recuperado” para la patria de las montañas nevadas, que anteayer ha vuelto a soñar en Oviedo el ciudadano Bueno-, los medios con los que subsistir dentro del hambre general...
De esconderse en la Cueva, que tantos perseguidos ocultó, y tantos amores “tapó”, a encontrar, aunque fuera mal cobijo en la casi ruinosa casa de las Piezas con los Guindones, la familia del pobre carabinero expulsado del cuerpo por perder su fusil. Y para poder comer, madre e hijo mayor, se entregan al trabajo más humilde del muelle, el de “carretadores”, llevando una y otra vez, los “paxos” del pescado fresco desde la rula hasta las bodegas de los fresqueros, las de los húmedos olorosos bajos de Artillería, Soledad, Rosario y Julio Fernández; “sísifos” de las Ballenas y el Cholo, los llama el amigo Alfonso Marino; PELTÓ, con el “paxo” al hombro, como hombre-niño, que era; y Rosario con el “paxo” a la cabeza, como mujer carretadora ...
De la miseria, vino a sacarlo un gijonés bueno; uno de aquellos que hoy vemos como “viejos lobos de mar”, pero, en realidad, corazones sencillos y abiertos, llenos de humanidad.
La lancha; la trainera de pesca, enseñaron dos cosas que en Cimadevilla siempre se respetaron, de ahí la singular solidaridad del barrio: el esfuerzo puesto en común para afrontar los peligros de la mar; y el reparto justo de los beneficios de la faena. Y de aquellos esfuerzos y de aquel reparto, comenzó a beneficiarse el joven PELTÓ en la “Sabina” motorizada de Rufo Marino Fernández, de la estirpe de los “marinos” que de Italia vinieron a Gijón para perfeccionar la industria local del salazón, y al que la gente del barrio, oficiante anónimo, pero certero, de segundos bautizos, nombró como “Rufo sin Miedo”, tanta era su prudencia, y tantas las precauciones que tomaba para salir a la mar…
En la Sabina, bajo la atenta mirada de Rufo, PELTO aprende a respetar la mar y espantar “pexones”, los calderones que como plaga bíblica, perseguían los grandes bancos de sardina, sostén del barrio alto. Y en la trainera, sobre el aparejo, comenzó su diálogo con la mar, que no habría de acabar sino con la muerte. Sobre la mar y bajo la mar. Mirando a la mar, y recontando las arenas de la mar, vivió José María..
De aquellos tiempos durísimos, recuerdo hoy una escena que nuestro amigo PELTO gustaba “revivir” a menudo.
La del médico bueno y humano, que protagoniza don Francisco Cienfuegos al que acude corriendo una tarde lluviosa para pedirle que visite a su madre enferma, al parecer de cuidado. Y don Francisco, cruza el barrio alto de este a oeste para visitar a la enferma. Firma la receta, y como comprende la necesidad en que vive la familia, con la receta deja suficientes pesetas para cubrir la medicina y algunas necesidades.
Nunca olvidó este gesto. Y cuando, sin saberlo, estaba apurando sus últimos días de vida, se ocupaba con toda la insistencia de que era capaz, que era mucha, del reconocimiento que el barrio y la Corporación, en representación de toda la villa, debían a su nunca olvidado don Francisco...
Contemplando la mar de Cádiz, cumplió el servicio militar. Terminado el servicio, y enriquecido el licenciado con nuevos saberes y experiencias, retorna a Gijón, y aquí comienza el segundo tramo de su vida. El tramo deportivo. La lucha libre en la Plaza de Toros, o en el Parque Gijonés. El campeonato de Asturias, con el disgusto del cinturón censurado por ostentar los símbolos de la provincia... Las giras por toda España, como el mítico "Peltop, cabeza de hierro".
Años cincuenta, cuando comienza a asentarse y crecer su popularidad. Él sabe dar verdad y vigor al imaginario drama de la pelea, de ahí su éxito.
Reviviendo su “Tiempo perdido” con ocasión de la muerte de PELTÓ, le recordaba así, con un comienzo muy a lo Proust, el buen escritor y amigo del luchador, Pedro de Silva, en sus líneas diarias de La Nueva España, correspondientes al 25 de noviembre pasado:
“Mi padre a veces me llevaba, de niño, a la lucha libre, que entonces era algo menos falsa que ahora. Uno de mis héroes era Peltop, un luchador bajo y fornido que dejaba siempre K.O. al adversario dándole un cabezazo en la frente. De él se decía que entrenaba dando cabezadas contra un poste. Yo quería ser como Peltop, y confieso que alguna vez traté de imitarlo con un árbol. Más tarde aquel habitante de la mitología de mi infancia, que resultó ser un viejo republicano, reapareció como buceador y experto en rescates, una especie de lobo marino de las profundidades, y como luchador por la democracia. Finalmente tanta vida vivida, y lo mucho que sabía de las cosas, le hizo sentencioso, sabio, poeta y algo predicador en el mejor sentido de la palabra. Los mitos de nuestra infancia suelen venirse abajo, pero Peltop nunca fue apeado de su pedestal, aunque mudaran los motivos de la veneración”.
Esta cita de Pedro Silva, que tan magistralmente resume en cuatro palabras la vida del amigo que recordamos, me sirve de pértiga para saltar sobre los años que llevan del PELTOP luchador y con P final, al PELTO mayor que renunció a la última P; republicano, sentencioso, poeta, y luchador por la libertad, como amigo y colaborador que fue de don Enrique Tierno Galván, en el Partido Socialista del Interior primero, y en el PSP después. Y que en los mil objetos de su exposición “El hombre y la Mar”, quiso resumir su vida.
Y por fin, remansado el tiempo, quietas las alocadas pasiones, se alza del cuadrilátero del Campo de Gas y de las profundidades marinas, el ciudadano crítico, observador, dispuesto siempre a colaborar en el procomún, aquí o en Salinas donde se inicia con su donación, el museo de las anclas, que, según su premonición, un día llevará la mar...
Es el momento en que PELTO, enriquecido por la experiencia de su viaje existencial, y por las lecturas que incansablemente frecuenta, vive con pasión los problemas de la sociedad en que está inmerso. La cosa pública le apasiona. Y por vocación republicana, se coloca en la línea de aquellos gijoneses del primer tercio del pasado siglo, que hicieron de las libertades, la igualdad y la fraternidad el motor de sus vidas.
Es la fuerza de la virtud republicana la que corre por sus venas, y es tan poderosa la corriente, que comienzan las arterias a precisar de reparaciones serias. Y en cada estancia hospitalaria, en Gijón o en Oviedo, PELTO “predica” y trasmite a médicos, pacientes y enfermeras, su fe republicana. Reparte entre todos, optimismo, doctrina, insignias y llaveros.
Termino recordando la visión que PELTÓ confesaba tener de sí, y del pueblo español, en una entrevista en La Nueva España, julio de 2.007
“Soy José María Peláez Prieto, pero he creado un personaje llamado “PELTÓ” que comenzando por mi familia, asume todo el mundo(...) Amo profundamente la vida, valoro la amistad por encima de todo, y aún considerándome un firme cristiano, sé respetar los credos de los demás. Mi trayectoria es la de un republicano que ha tomado como punto de partida la sinceridad del servicio a la ciudadanía sin renunciar a los principios. Sueño con que un día el pueblo español sea capaz de saber qué es lo que siente y lo que quiere”.
Si alguna tarde, paseando por el muro de San Lorenzo o por la playa de San Pedro de la Ribera, oís como un murmullo que parece repetir “SOY HERMANO MELLIZO DEL OSO QUE EN EL MONTE MATÓ AL REY FAVILA”, no lo dudéis, son las cenizas de PELTÓ que desde el fondo de la mar, siguen proclamando su fe republicana.
¡Dichoso sea!.

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