El primer teatro Jovellanos se levantó en la calle de su mismo nombre, con planos de Coello

La rehabilitación del teatro Jovellanos, que esta semana reabrirá sus puertas, sirve de excusa al abogado y gran conocedor de la historia local Francisco Prendes Quirós para recuperar la memoria de este histórico recinto gijonés cuyos orígenes se remontan a finales del siglo XIX

Han vuelto a abrirse, por cuarta vez, con solemnidad y boato, las hermosas puertas del que fue viejo teatro Dindurra, que desde 1942, lleva el honroso nombre de teatro Jovellanos.

Llevó el nombre de Dindurra, su propietario constructor, en aquella primera andadura que se inició, entre vítores y aplausos sin fin, la noche del viernes 28 julio de 1899 y terminó «manu militari» un infausto 14 de octubre de 1937, cuando el coliseo fue bombardeado y destruido por la gloriosa acción de la aviación nacional, que con sus bombas preparaba nuestra villa para su liberación, fiesta local recuperable, que en adelante, y hasta dos años después de la muerte del «bombardeador», se celebraría en la villa cada 21 de octubre, en conmemoración de aquel jueves 21 de octubre de 1937, que unos gijoneses tanto esperaron, y otros, con razón, tanto temieron?

Hermosamente reconstruido, se volvió a inaugurar el coliseo de Begoña la tarde noche del día 7 de agosto de 1942, merced a la importante inversión de la firma minera Ortiz Sobrinos, muy vinculada a la villa, con una representación algo más que mediocre de «Rigoletto».

Ni que decir tiene que la inauguración constituyó un gran consuelo social y cultural para las gentes de bien, todavía con el susto dentro del cuerpo, realzado, al decir de la prensa diaria de la época, «por la presencia de las autoridades provinciales y locales y público distinguido de toda la provincia».

En 1989, con la municipalización del teatro, se inició la tercera etapa, que supuso una importante renovación que no deslució algún ahorro inoportuno; y en estos momentos estamos en los compases iniciales de este cuarto tiempo de nuestra sinfonía inacabada, que vuelve a vestirse de gala gracias al «plan E» del señor Zapatero, quizás el primer paso en el camino que ha de llevarnos hasta el momento solemne de los fastos del II Centenario de Jovellanos, cuando en el convento de las Reverendas Madres Agustinas Recoletas, ¡ay, señor!, ni hayan comenzado las obras del gran Museo.

El primer Jovellanos, en la calle de su propio nombre, un Real en pequeño, se levantó con planos del señor Coello, y con importantes sacrificios particulares y municipales, y se inauguró en el mes de febrero del muy remoto 1853, con una representación de la compañía dramática de la señora Chimeno y del señor Lumbreras.

Resistió aquel Jovellanos hasta que al cumplir los 81 años acordó el municipio declararlo amortizado, y procedió a la subasta del local, que remató el Banco de España para convertirlo en su sede, siendo hoy Biblioteca Pública...

Don Armando dejó dibujado aquel primer teatro de la villa de Sarrio, bañada por el mar Cantábrico, en su «Cuarto Poder», como «no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus pacíficos e industriosos moradores. Estaba construido como casi todos, en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el primero, los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada colocados en torno al antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar al propio tiempo el asiento?». Albergaba, con discreta comodidad, 160 butacas, 32 palcos y 500 asientos de anfiteatro y galerías.

En sus 81 años de vida, el primer Jovellanos vio y oyó de todo. Desde grandes funciones dramáticas a los abonos de ópera, no faltando notables conciertos y, por supuesto, siendo frecuentes las galas benéficas que los aficionados locales ofrecían a sus amistades y seguidores para recaudar fondos para las mil necesidades que el vecindario menos favorecido, mayoría natural, padecida cada dos por tres. Allí se estrenó el cine de forma estable, y no como atracción de feria.

Allí se reunieron una y otra vez las fuerzas vivas en sus frecuentes «magnas asambleas», misas mayores cívicas, ofrecidas en aras del constante progreso local. En uno de sus palcos, según las malas lenguas, Eladio Carreño y el señor conde de Revillagigedo urdieron artimañas supersecretas en perjuicio de la candidatura republicana del buen Felipe Valdés, y a favor de los proyectos muselistas? Allí, en una fiesta de Inocentes, su empresario, Macario Menéndez y Jove Huergo, escandalizó al Gijón conservador, monárquico y devoto, haciendo salir a escena a dos hermosos burros a los acordes más que solemnes de la «Marcha real».

Cuando ya el Jovellanos andaba alicaído y cerrado temporalmente, surgió, en tan solo diez meses, en el jardín de Begoña el magnífico teatro Dindurra, en el solar de un teatrillo anterior, El Cómico, que el señor Manuel Sánchez Dindurra, el empresario de los mil milagros, había instalado en 1893 en los bajos de una casa propiedad de la abuela de su señora, María García-Rendueles y Fernández Castañón, que en sus días fue, la pobre, tachada de simple.

Don Manuel había nacido en Gijón en 1859, y cuando apenas contaba 40 años de edad, inauguraba, con tan sólo diez meses de obras y con apenas sus propios medios, su más que hermoso y monumental teatro en el paseo de Begoña, o de Alfonso XII, como se llamaba entonces: «Si exteriormente es muy bonito, el interior es magnífico sobre toda ponderación», resumía, admirado, un cronista del acontecimiento.

En el mismo solar, seis años antes, ya había explotado don Manuel, aunque a nivel de digna humildad, el teatro Cómico, desde el que introdujo en Gijón la novedad del «teatro por horas» (funciones de una sola hora). Fórmula teatral que tanta aceptación, y tanta recaudación, consiguió en las siguientes temporadas de verano.

Pero el teatro que estaba a punto de inaugurarse al mismo tiempo que abría sus puertas la Gran Exposición Regional, cita magna del Gijón que estaba a punto de vivir el momento de su mayor resurgimiento, superaba todo lo que la villa había podido esperar de su empresario milagroso.

Construcción, toros, espectáculos de toda clase, nada era ajeno a la actividad del señor Dindurra. «Manolito», para unos; «Boroñero», para otros, y el «Bandurria» para no pocos. «En todos los campos vence el tesón, la gracia y la actividad imponderable de Dindurra», afirmaba admirado del teatro el señor Belaúnde, que poco después haría nacer otro gran milagro gijonés, el Crédito Industrial, al que también dotó de noble edificio, hoy en incompleta rehabilitación. Iniciativa ésta a la que la gran crisis económica que sobrevino a partir del año 1904 cortó las alas, y por la que cambió de manos la propiedad inmobiliaria de medio Gijón, justo cuando estaba a punto de llegar la bonanza minera e industrial, propiciada por nuestra neutralidad en la Gran Guerra.

«En el corto espacio de tiempo en que concluyó su obra, demostró que aquí, en la "tierruca", todavía hay gentes activas y emprendedoras capaces de convertir Gijón en un pequeño Londres», sentenció «El Comercio» cuatro días después de la inauguración del local, retraso con que el rotativo tradicional demostraba al mundo que no tenía precisamente al señor Dindurra entre los santos de su devoción, porque el «Boroñero», a pesar de sus millones y de sus éxitos, nunca fue admitido en el reducido círculo de los «gijoneses de toda la vida», a pesar de haber sido bautizado en las aguas de San Pedro.

Es necesario recalcar, para ejemplo de los tiempos venideros, y particularmente de los actuales, donde nadie da un paso sin que el zapatero le subvencione el zapato, que el señor Dindurra, sin sociedad ni ayudas, contando sólo con su carácter y medios, acababa de levantar para Gijón un coliseo monumental que en nada desmerecía al lado del Campoamor de Oviedo.

La amplitud y la riqueza de la sala fue uno de los constantes comentarios de los admirados espectadores el día de su inauguración. Sobre el patio de butacas se levantaban cinco pisos, que se denominaban platea, entresuelo, principal, segundo y galería, perfectamente dispuestos en semicírculo. Las butacas, más de 450 en el patio, según los entendidos, eran «cómodas y lujosas como hasta ahora no se habían visto aquí en ningún teatro».

«La platea, el entresuelo y el principal -seguía describiendo el cronista-, se dividían en bolsas proscenios, palcos y butacas de anfiteatro. A cada lado de estos tres pisos, cuatro bolsas que por su amplitud parecen elegantísimos salones, y cuatro palcos algo más reducidos que las bolsas. Su capacidad, casi llegaba a las dos mil personas»... Y para rematar tal obra... ¡sólo diez meses de trabajo!

La verdad es que el señor Dindurra no reparó en gastos, ni escatimó en los medios. Buscó el arquitecto más indicado, Marín, y la empresa de construcción de hierro más reconocida, Laviada y Compañía. Para los detalles del coliseo, reclamó la colaboración del escultor José María López, el autor de la estatua de Pelayo, que había acreditado su buen gusto en la decoración de todos los locales donde se efectuaron los principales fastos locales; mientras que para las decoraciones de la sala y telón de boca de escenario acudió al mejor de los escenógrafos de entonces, al taller de Amalio Fernández, a cuyos pinceles se debieron las alegorías de la música en el techo y sobre el escenario; la de la comedia, rematada por un jarrón de flores, y unos medallones con los retratos de los románticos Zorrilla y Hartzenbusch.

Toda la obra, así como el gran telón, se reputó de magnífica, «como salida de los talleres del gran escenógrafo Amalio Fernández», formado en la escuela parisina y que por aquellos finales del siglo XIX triunfaba clamorosamente en el Madrid grande y chico, «pintando decoraciones / es un artista de veras / ¡Cuántas obritas ligeras / se salvaron con sus telones!», cantaban los admiradores de su ingenio.

No menos admiración causó el escenario entre los entendidos, con sus 29 metros de ancho y 11 de fondo, con salidas a las calles de la Magdalena (Casimiro Velasco) y Covadonga: «Construido a la moderna con todas las condiciones de comodidad y seguridad», desde el que, corriendo el tiempo, se escucharon todas las voces que en Gijón importaron, desde la de Miguel de Unamuno a la de Miguel Fleta...

En la gran sala de Dindurra se vitoreó a los Reyes, y el 14 de abril se preparó la proclamación de la II República.

El Gijón biempensante admiró, tanto como temió, las ocurrencias e iniciativas del señor Dindurra. Era fama que donde entraba no salía sin haber exprimido el último céntimo de la última peseta. Por ello fue rico, temido y poderoso. Durante muchos años, todas las diversiones del verano gijonés estuvieron en sus manos. Su vida y milagros bien merecen una historia completa...

Algunos bocetos íntimos nos dejó en sus cortas memorias (1892-1893) su primo Genaro Palacio Dindurra. Quizás en este momento en que revive en el remozado Jovellanos el recuerdo de don Manuel fuera el momento ideal para darlas a conocer. Al fin y al cabo, son cien bonitas estampas del Gijón pequeño, pero, como el teatro de Dindurra, lleno de ambición, sueños y actividad.