Recorrido sentimental por el urbanismo de la ciudad de los dos últimos siglos.
El Gijón que hoy conocemos es fruto de la dialéctica, construir y derribar para volver a construir, y así creció, durante muchas generaciones.
Primero fueron las chozas de Torres; después las «semi» de la «Zima de villa» primera; después, las pocas construcciones de piedra, algunas todavía, en pie y uso: las casas de los Llanos, los Ramírez... y el palacio del marqués... Y por «Vaxo la villa», por las calles de San Bernardo, los Moros, San Antonio, Santa Lucía y Santa Rosa, las primeras casas de piso terrero y primero con bohardilla. Y las huertas. Y los arenales y humedales. Gijón creció secando, rellanando y construyendo.
En seguida, el auge del comercio y la navegación, el inicio de la industria y el regreso de capitalistas de «indias» provocó el derribo de las casas primeras, para levantar otras de tres o cuatro pisos altos (sin ascensor), que los capitalistas construían con maestros de obras (Benigno Rodríguez), para su morada, y rentar el capital invertido en los altos al segundo el empleado, al tercero el ebanista, al cuarto el albañil: las clases sociales bajo el mismo techo.
También a estas viviendas entre los dos siglos pasados les tocó la hora de su destrucción, y en sus solares los grandes capitales y los arquitectos famosos: Mariano Marín, Manuel García de la Cruz, Antonio Suardíaz y, sobre todos, Manuel del Busto... levantaron casas vistosas, modernistas, como resumen de los últimos estilos. Calle Corrida, con sus cafés, su paseo, su reloj farola... Y por el ensanche, de la carretera de Villaviciosa y San Miguel en adelante, los «hotelitos» familiares -los que para el boulevard de Rufo Rendueles había previsto el americano Antonio Alonso, el gran constructor del Gijón moderno...
La guerra del 36 destruyó poco, lo que bombardeó Franco y lo que pudo avanzar hacia la modernidad el alcalde Mallada. Después de los veinticinco primeros años de la paz «francota» ocurrió la catástrofe.
Destrucción acelerada, casi general, del viejo Gijón, para levantar las nuevas comunidades de propietarios. La primera ola devastadora del gremio de los constructores... Y la ciudad, construyendo sin ley ni orden, creció y creció en fealdad y altura. Ahí están los gigantes, ante cada uno, podríamos dar el constructor y el de sus concejales de apoyo...
Todo el ensanche que comenzara a plantar Celestino Junquera, los chalets familiares de Uría y el muro, todo lo llevó la pica. ¡Qué gran lección para aprendida!
Y como ya no se pueden derribar los monstruos de diez, quince o veinte alturas, la ciudad y los constructores se lanzaron sobre la zona rural, aún semivirgen.
Vergeles de la villa. Aldeas bucólicas de espichas y romerías. Tierras del este que, al estilo de Cortés, civilizó el tranvía.
Posesiones de potentados e indianos. Jardines, juegos de agua, nenúfares; poemas y romances. «Helena o la mar del verano». El Somió conservador de los duques, Rendueles y Zarracinas; el Cabueñes liberal de don Anselmo, don Florencio y don Vicente, las visitas de Gumersindo de Azcárate y Concepción Arenal. El apagadorismo. La Deva ultramontana y muselista del señor Conde. El Castiello de Bernueces neutro, de los descendientes de la riquísima pupila de Jovino, garcías blancos, eustoquios, eutiquios y somozas... y sus mil caseros.
La primera trinchera de la invasión, caído el alcalde dubitativo e impuesto el resuelto, fueron los cientos de chalets adosados por estrujar mejor el rendimiento del suelo: colmenas y pareados... y para desesperación del segundo propietario, que el primero y vendedor fue el llevador convertido en propietario... el Gijón constructor quiere saltar de la casa familiar o «mariñana» a las alturas, que los precios no permiten ya recrearse con jardines y palmeras...
Y en esta locura llegó «la crisis del nuevo mundo». Quedaron los pisos de las nuevas barriadas periféricas sin vender. Las nuevas urbanizaciones, paralizadas... Y por si la adversidad fuera poca, llegaron con los amores blanco de los Ovidios las veinte sentencias, «iguales para mañana», por fallo formal del PGOU mal revisado... Y con las iguales, la desconfianza y el temor.
Los constructores locales dudan. La Caja, astur-manchega, «Liberta» del capital, ve, de pronto, peligrar con la revisión y los recursos, las garantías de más o menos ¿mil millones?
Si se nos murió la industria. Si la navegación está reducida a cuatro consignatarios, apoltronados en la rutina; si el comercio está en manos del San Isidro, las Zaras, Alimerkas, y Más y Mases (¿al fin hijo adoptivo?), ¿qué gripe A, B, o C le puede entrar a la villa si se infectan por Castiello o Roces o Granda, los constructores locales?... ¿Quedarán, acaso, capitales para mantener viva la dialéctica de construir por tesis, derruir por antítesis y reconstruir en altura, por síntesis?...
Serenidad. Pulso legal, y decisión política es lo que reclaman las circunstancias...

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