Se sentaba adelante, en las primeras filas, su gorra marinera se oteaba desde la popa de la sala. Cientos de veces había escuchado lo mismo y sin embargo su gorra asentía una y otra vez las palabras aireadas desde la tribuna republicana para, cuasi en trance, elevar su serena y grave voz con un “¡eso es! ” o un “!Viva la República! Así era José María Peláez Prieto (“Peltó”), un joven octogenario apasionado en lo que hacía y convencido en lo que creía.
Peltó era ante todo un Ciudadano y sabía que ese título honorífico no lo concedía Rey alguno si no que debía ganárselo en el día a día comprometiéndose con la sociedad sin mirar para otro lado, estando atento al cumplimiento efectivo de la igualdad, diferenciando con claridad el espacio de todos y de cada uno, respetando la conciencia de cada cual y ofreciendo igualdad en dignidad sin distinción de ningún tipo. Peltó era súbdito del humanismo y de la libertad del ser humano y todo ello le hacía ser Republicano.
En el turno de palabra, una vez que los oradores habían finalizado sus diatribas y loas a La Niña, Peltó hacía uso de la suya capitaneando al auditorio y exhortando en voz alta : ¡ A qué estamos esperando! ¿ Dónde está ese ciudadano que encarne estos valores y al que hay que seguir? ¿A quién hay que votar? ¡Que aparezca ya! El ímpetu de este lobo de mar provocaba una sonrisa cómplice en nuestros rostros sabedores que, una vez más, enderezaba la nave republicana poniendo pié en tierra firme. Peltó nunca apeó la esperanza de una España republicana creyendo que la siembra que se hacía tendría su correspondiente cosecha a la vuelta de la esquina. ¡Viva la República! Ciudadano Peltó.


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