Las grúas y los tiempos, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
Gijón no es Numancia, pero tampoco puede convertirse en plataforma pasiva y barata de una errática política energético-portuaria
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Desde, por lo menos, los cilúrnigos las generaciones han ido sucediéndose y formando Gigia -como las olas han ido labrando «La Arena», «La Mar de Pando» o «El Cascayu»-, donde la J.O.P. acordó impedir con verja de hierro el acceso a la escalera que daba a la mar para evitar que los marineros de Cimavilla usasen escalones y descansos para «hacer» sus necesidades mayores, por no bajar hasta el «pedreru» en horas de pleamar, o de azote de lluvia intensa y, en compensación, les instaló dos retretes en la Cuesta del Cholo?Los progresos de la villa no pararon ahí; con los tiempos, fueron de la pesca a las salazones y conservas; y de los primeros astilleros en la Barquera, a los buques y las grúas de más de 20 toneladas de fuerza, que de la Puerta del Infante, o después, de los talleres del Natahoyo, salieron de la «Fábrica y Dique de Cifuentes, Stoldz y Compañía» camino de obras y puertos de toda España; y de la inicial Fábrica de Tabacos llegamos a las más de 300 altas chimeneas de ladrillo, de otras tantas industrias, que a diario, de lunes a domingo, lanzaban penachos de humo a los cielos, como oraciones de progreso más sentidas y humanitarias que las que canónigos y prebendados desgranaban en las salmodias catedralicias del piadoso Oviedo.
«Incontables tinglados, naves, cercas y edificios?», contabilizaba el asombrado viajero, que comprobó más de cincuenta casas «haciéndose» -albañiles, carpinteros y canteros- aquel mismo día; obreros contó por miles? y las sirenas por cientos, pitando todas a un tiempo?
Y vio el Ferrocarril minero de Langreo, traqueteando, contaminando y arruinando la salida a Candás, o camino de la Gloria? que marchaba humeante hacia su dársena para multiplicar el tráfico del puerto? Y en los muelles y el antepuerto, cada año, por lo menos, pudieron contarse siete mil velas y vapores cargando y descargando mercancías de toda clase... Y por el abrigado Liquerique, después de aliviarse en «El Ancora», de Abtao, asistimos a idilios de criadas y artilleros; y al paseo de burgueses y americanos, recontando hazañas e intereses, mientras gozan del incomparable paseo...
Y en el Casino y los teatros; y en los clubs, de uno y otro signo; y en los cafés y tabernas del centro; y por Corrida en invierno y por Begoña en verano, corriendo, y saltando muy viva, entre muselistas y apagadoristas, como liebre antes de caer en la buena olla de «El Trole», la eterna disputa por la mejora del puerto, corazón de la industria, de la banca y del comercio local.
Gijón disputó, razonó y escribió, incansablemente sobre su puerto, mientras pescaba, cargaba y descargaba, fabricaba y comerciaba, para no errar su senda? y poder seguir creciendo. Con los debates sostenidos por unos y otros en los cafés -Suizo, Oriental, Colón-, o en el comedor de Pedro Elías o en el de doña Ramona Vega, nadie pretendió, por supuesto, paralizar ni obstruir la actividad industrial, ni la comercial, ni el desarrollo naviero, ni, mucho menos, arruinar el crédito de la villa, sino que la intención de tanta reflexión, disputada palmo a palmo, era el poner la liebre de «El Trole» en la vía del progreso para que Gijón pudiera alcanzar todo el bienestar posible? Que aquellos hombres, hechos en la navegación, la emigración y las luces de la Escuela de Navegación y Cálculo, que fundara Jovino, bien sabían que su objetivo no era otro que el de afianzar los cuatro pilares útiles sobre los que Jovellanos había asentado la nueva Gigia: crédito, industria, comercio y navegación...
En la encrucijada del XIX disputaron los gijoneses activos como teólogos en celo. Unos, defendiendo ampliar servicios y mejorar calados del viejo puerto; otros, por construir, allá, en el «lejano» Musel, el puerto de refugio y comercial, grande y capaz, que los aparadoristas de Santa Catalina veían como un lejano sueño rosa que, de alcanzarse, acabaría destruyendo el valor de la propiedad del Gijón levantado sobre la sangre de mil generaciones, de los cilúrnigos a la de los Cifuentes, Rodríguez, González, Martínez, Menéndez y Acebales, porque «sentían» que en los alrededores de El Musel nacería un pueblo nuevo, higiénico, vigoroso y rico, capaz de atraer a almacenistas y capitalistas, y con ellos a los obreros y artesanos, de cuyo sudor se alimentaba la poderosa máquina del progreso gijonés.
Fueron aquellos, tiempos de «mareas» muy vivas. Desde la perspectiva de hoy, de madrugadas felices; en su momento, como son todos los tiempos para quienes los padecen, de temor a las epidemias, caciques e impuestos, y, además, de los naturales desconciertos frente a lo que deberían hacer los rentistas para asegurar el futuro de sus viudas y el toda la villa?
Pocas grúas, ningún piloto «de todas las derrotas», mucho temor y todo el desconcierto del mundo son los cuatro dolores del Gijón de nuestro tiempo. Los rectores sociales, políticos y económicos y, con ellos, buena parte del cuerpo social han vuelto a prescindir, por comodidad y codicia, como en los peores tiempos pasados, que denunciara Labra con ocasión de la muerte de don Vicente Innerárity -uno de los cuatro barones de Cabueñes- «de ideales y entusiasmos para entrar en el falso camino de las opiniones hechas, las conveniencias triunfantes, los honores fáciles y los acomodamientos inmediatos».
Hoy, muy cerca de los 200.000 pies cuadrados dedicados al trabajo duro e innovador, que ocuparon en el Natahoyo la fábrica y talleres de don Anselmo, ni quedan instalaciones, ni grúas? achatarradas o mal vendida, incluso la que, durante semanas, sostuvo el camión, y la de la alegre gesta del «Roxu» que, cuando lo vio todo perdido, bajó de su grúa con el propósito de plantar «fabes» en Caldones, en recuerdo del «mecheru» que tantas esperanzas iluminara en sus días?
Gijón, hoy, no necesita convertirse en Numancia, ni precisa numantinos, como han demostrado los mártires aceptando el socorro externo, pero tampoco puede convertirse en plataforma pasiva y barata de una desquiciada y errática política energético-portuaria. Necesita, sí, ganas de volver a correr? al trabajo y decisión y constancia para conseguirlo.
