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La Coctelera

ATENEO REPUBLICANO DE ASTURIAS

ARA

7 Octubre 2009

Horror de los horrores de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Las obras de la Iglesiona y el glamour posveraniego de baronesas viudas y actores famosos

Regresa uno de la vecina República del Oeste, ¡cuándo no será necesario, señor, viajar «fuera» para «tostar» republicanamente y a precios convenientes!, y se encuentra la patria chica, la urbe querida, aplastada por ingente suma de horrores.

Nada del «Cantar de los cantares». Nada del rey Salomón. Nada de aquel mágico inicio, donde la sensualidad de las hijas de Jerusalén se diviniza: «Oh, si él me besara con besos de su boca! / Porque mejores son tus amores que el vino»...

Casi todo, menos el atardecer paseando el Muelle, y el amanecer, el Poniente... y la tribuna de El Molinón, ¡cuidado con los asientos que se «levanten» solos! ¡Cuánto error de los errores y horror de los horrores!

La Iglesiona, hoy basílica menor (si fuera mayor, emigraríamos), emerge, todavía medio cubierta su fachada, como vieja recompuesta (¡ay, tita, en cirugías no estás sola!).

Si horribles y amenazadoras fueron sus formas desde el primer día, más horrible son hoy con los «colores» de la fachada recién sacados... Y el sumo horror, horripilante, lo alcanza la obra con la recomposición, en la antigua entrada del Instituto, de la discreta hornacina, cristal y hierro, que guardaba, casi en secreto, tal era la sempiterna suciedad de su cristal, la imagen clásica de la Virgen de Covadonga... Hoy, «piedrina» sobre la calle, ¡ay, señor Obispo venidero, como de fachada de «chalé de verano» de estraperlista rico y devoto!...

La Iglesiona va a quedar, cuando luzcan enteros los nuevos tonos con los viejos humos, (¡Ay, tita no estás sola!), como el globo multicolor que gobierna y dirige el capitán Meana.

Lo mejor que se pudo haber hecho con la vieja iglesia era, por ejemplo, haberla desmontado piedra a piedra, relevantándola, reducido el tamaño, en lo alto de Santa Catalina, solar de la vieja capilla...

Allí, haría junto al «Elogio», como de «atractivo» Sagrado Corazón parisino; y del barrio alto, Montmatre. No hubiera habido en el mundo don Brad que resistiera un viaje y una inversión para la capitis disminuida diversión nocturna gijonesa. (Por Fomento, con la crisis de final de temporada, de madrugada apenas si por sus mil ríos corre sangre...)

Creí, ¡bobo soy que lo pensé!, que los ánimos de la villa andarían alicaídos con las nubes y declaraciones blancas y contradictorias de H-H, don Horacio Hoyant, en el caso «Cagüeñes», más los no menos inquietantes nubarrones de las sentencias del Supremo de nuestros Tribunales, lloviendo sobre los vicios del nuevo plan, tan perjudiciales (sentencias y vicios, como necesaria la lluvia) para la estabilidad, y continuidad pacífica y confiada del ejercicio de la construcción, sangre que ha de correr para que la villa viva... ¡Viva!; desdichas éstas, no pocas, a las que hay que sumar los anhelos viejos, deseos aún latentes, de la lechería popular de ver «arrasado» en bien del «partido», el solar mismo de la villa, como lo dejó en su día la infanta portuguesa, antecesora, urraca y cruel, de la Manuela Ferreira (de la mala) Leite, candidata derrotada del PSD portugués (al fin, PP), enemiga declarada del progreso de la unión ibérica, y nuestro deseado AVE.

Y nada de todo eso. Siguen las alegrías. En el Náutico, después de la lengua de la Caixa catalana, nos sacaron las suyas los forzudos vascos, a base de ricas piedras, tinto alavés, chacolí y sidra de la Nada...; «La Atlántica XXII», revista asturiana de información y pensamiento, sacó la suya, bien blanca, con una portada a colorines, (Ay, tita, como de la Iglesiona), donde aparece una composición del rey con medio rostro del señor «Rumaso», reconvertido en el Real Rostro de los Reales negocios... Y la Casa Consistorial, tan formal todos los atardeceres, invadida por la orgía-fiesta de fama y glamour de la baronesa viuda y su acompañante, sobre tacones Ortiz... Y en la «tenida» publicitaria, la paz por medio...

¡Ay, Señor!, parece decidido el actual gobierno municipal a hacer bueno el viejo dicho: «Las ciudades las hacen sus habitantes, y las engrandecen los forasteros».

Primero fueron extranjeros que vinieron a enseñarnos (para «agrandar») «lo» del cristal, la loza y la fundición; después, para seguir «agrandando», los que abrieron nuestros bolsillos al negocio y al comercio fueron riojanos, como los Domínguez Gil o los Velascos. Más recientemente, agotadas muchas fuentes, y arañados por las fierezas de la señora Pardo, cuando mayor será la viva imagen de la doña Manuela Ferreira de la Leite, el gobierno sueña engrandecer la villa con Baronesas, Ortices y Actores...

¡Gijón! ¡Gijón! Fiero León...

El sol, ¿por quién nos habrá tomado?

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