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ATENEO REPUBLICANO DE ASTURIAS

ARA

10 Septiembre 2009

Las nereidas de la Postinera, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Las nereidas de la Postiner, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

La famosa «casa» gijonesa que instalara la conocida Teresa del Arroyo al retorno de su celebrada aventura parisina

Habían transcurrido dos siglos desde que su padre, el viejo Nereus, las reinstalara como castigo en la punta de San Lorenzo, de nuestra concha, por haberse permitido «trocar», en A Cruz de Riba del Eo, con don Raimundo Ibáñez, al que soldados asturianos dieron horrible muerte, doradas arenas de la ría para pólvora por más de tres centos de metros del mejor lino del Báltico, con el que las cuatro «nereidas ribadenses» pensaron armar vistosas túnicas para lucirlas en los recitados y cantos que las noches de luna llena ofrecían a Lua para alejar de la costa la peste. Como hoy la Autoridad y su don Florentino «trocan» arenas de las Amosucas para relleno de cajas/«ones» por miles y miles de arcones rellenos de ricos euros, sin que todavía el viejo Nereus -«el viejo de la mar»- haya intervenido en tan enorme despilfarro/desafuero. Cuando Tetis, Amfitrite, Galatela y Oreitila lograron escaparse, por fin, de las gruesas cadenas con que su padre las tenía bien sujetas a las profundidades rocosas de San Lorenzo era el tiempo de entresiglos. Y la mejor «cosa» que encontraron para vengarse del viejo y arruinar su honra fue sentar plaza y ejercer sus artes, bajo identidades supuestas, en la famosa «casa» de la Postinera, que muy recién instalara la conocida Teresa del Arroyo al retorno de su celebrada aventura parisina, durante la que ganó modales, relaciones y «casi cien mil francos áureos», gustaba secretear con sus admiradores de mayor capital -don Florencio o don Luis- y confianza -don Alberto. La casa, lejos de las villanías habituales de Cimadevilla, La Rueda, Langreo o Libertad, abría sus celosías a partir de las 16 horas, salvo los viernes, en la calle de Adosinda, casi esquina de la Costa, «tan próxima pero tan distinta de los humildes Tres Doses», comentaban en el salón rojo los señores del Casino, y no lejos del hotelito del afamado don Felipe Valdés, que, en su día, había acogido como huésped de honor al mismísimo don Francisco Pi i Margall, que en misión de apostolado federal visitara nuestra villa, una vez que el veloz Ferrocarril del Norte pusiera en comunicación directa la cortesana Madrid con la Gigia moderna. Ellas, en Adosinda, para desesperación de doña Felipa, no eran las mitológicas nereidas ribadenses, sino Luisona, Marujina, Lola y la Dositea, que, además de «hacer» lo de la casa, como las enseñara su madre, la bella Doris, recitaban y bailaban para sus enamorados. La primera decíase originaria de Monforte de Lemos, hija de honrado ferroviario; mientras que las otras tres, por no perderse en quimeras, hacíanse a todos los efectos como primas hermanas, nacidas en la provincia de Lugo, localidades de Cedofeita, Berreiros y Trabade. Por eso en el salón principal de la Postinera, antes de que sentaran plaza otras beldades procedentes de Madrid y Levante, los sones eran gallegos; los recitados, de Rosalía, y los bailes, de sentidas muñeiras. Después llegarían, con la pianola, los dolores de los tangos, y con el organillo, las esperanzas verbeneras. Los horas de máximo esplendor de las beldades fueron, no obstante, las de las tardes de agosto, horas de las corridas que el señor Dindurra -empresario del coso de El Bibio y del Jovellanos musical, y constructor, por si fuera poco- ofrecía a gijoneses y turistas, con la salvedad de la tarde del 15, en que revestidas de sencillas y discretas túnicas asistían las pupilas, perdidas entre el público devoto, a la procesión, novena y sermón en honra de nuestra excelsa patrona, la señora Virgen de la Asunción de Begoña. La discreción y piedad de la tarde procesional contrastaba, como la noche y el día, con los ricos vestidos y floridos mantones, caprichosamente bordados con escenas amorosas, que las nereidas lucían en el coche de caballos descubierto que transportaba las cuatro olas, recién regada la carretera con las aguas de Llantones para evitar polvaredas, de la parte de los Campos, luego Casa de Socorro, al tendido de sol -que de ser de sombra las sombrillas no tendrían ocasión de lucirse-, que la Postinera reservaba en el coso para el caso... Allí eran la admiración de la concurrencia. Las cuatro, a cuál más, bebían sin duelo ni embriagarse las mejores manzanillas, que para las fiestas ofertaba el importante comercio de los hermanos Menéndez, y comían sin tasa deliciosas rajas de la mejor mortadela de Vich, importación exclusiva para las corridas del opulento don José Las Clotas, reconocido comerciante y almacenista al por mayor de productos coloniales. Tanta era la diversión y contento de las gallegas, tales las generosas invitaciones que hacían a sus vecinos, tales los vivas y bravos que recibían cuando alguna de ellas se adornaba, para simular un rubor por un piropo de tono subido, con un bien ejecutado pase de abanico, que los caballeros de la plaza perdían la cuenta de los pases de pecho y los naturales, y hasta el compás, el incomparable maestro Llaneza, alegría de la plaza, y si no fuera por los lastimeros ayes de las damas de sol y sombra, parte del público ni se hubiera enterado de que uno de los Veraguas acaba de despanzurrar a dos de los escuálidos équidos, que de los acarreos de las maderas de Castrillón o Posada, nunca de la serrería del humanitario don Magnus Blikstad, iban a terminar sus tristes días entre los cuernos del toro de lidia..., que no de Eladia. Fueron tiempos aquéllos de mucha ganancia para médicos de las «secretas». Incluso más de un doctor frecuentaba el salón de la calle Adosinda la tarde de los jueves, destinada a justas poéticas -que atraían a la Postinera, representación selecta del mundo literario de la Gigia culta, y destacados «fornicadores», de la industrial y minera-, tanto por gozar los doctos de la declamación y la danza como para asistir en el mismo acto a quien lo hubiera menester. Las «secretas» de hoy son otras, aunque, como las de entonces, anden los males y los enfermos de boca en boca... Aquí, cosas del terruño y de la mar; allí, de los escandalosos vestuarios del curita-mártir, y en el disparatado ruedo ibérico, lucen del señor Aznar los pletóricos pectorales y las carreras de sus Agadez Antaño el reconocido doctor Toral, practicando curaba la enfermedad secreta. Hoy, para desesperación general, cualquier don nadie practica todos los días la fornicación del erario, sin «fartase», por lo menos, en cuatro años.

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