Jovellanos y la Plaza del 6 de agosto, un 6 de agosto por Francisco Prendes Quirós
Señoras, Señores, Señora Alcaldesa
A falta de razones de peso, pues me faltan títulos y saberes para ello, tengo que atribuir mi presencia hoy aquí, Señora Alcaldesa, a vuestra generosa amistad... Y puesto a buscar otros motivos para justificarme en este solemne acto, sólo se me ocurre el de que pasé buena parte de mi niñez y casi toda mi juventud en esta plaza del Seis de Agosto y sus alrededores. Presidía la plaza, como hoy, esta severa estatua de Jovellanos en traje de magistrado.
De niños, la pandilla de pequeños vecinos de Jovino, que componíamos los Sarmientos, Salman, Carrascos y algunos más, por la acera grande de la casa de los hermanos Álvarez, los honrados carniceros del “Mercado del Sur”, entre la peluquería, que en su lugar sigue, los ultramarinos de Santos, la peluquería de Florina y los escaparates de “La Villa de Gijón”, -de donde sin rudeza procuraban apartarnos las hermanas Puente-, jugábamos a las chapas, a la peonza, al pío campo, a carreras, o al escondite, practicando, sin saberlo, una sociabilidad activa que los sabios echan hoy muy en falta... Y cuando el querido y malogrado amigo Jesús Oliva lo consentía, en su bici con motor, novedad inaudita en los comienzos de los años cincuenta, dábamos vueltas al jardín donde, descansaba impertérrito Jovino...
Más adelante, cuando comenzaban los sesenta, gracias al insistente consejo del doctor Marcelo Juliana compré los “Diarios de Jovellanos”, en la edición de tres tomos del Instituto de Estudios Asturianos en la pequeña Librería Stella, que Mina y Avelina habían abierto en la calle de San Agustín después del cierre de la Stella grande. Y en aquellas páginas que sigo leyendo con fruición, comencé, y en ello sigo, dando vueltas y más vueltas a los días, paseos, lecturas y trabajos que cada jornada emprendía don Gaspar en el pequeño Gijón de su tiempo. Y en su lectura he sentido con él, el vértigo por todo lo gijonés, que le acompañó, incluso, en sus días más amargos.
En este 6 de agosto 2009, tan próximo al año del bicentenario del regreso y muerte del señor Jovellanos, sólo pretendo, reviviendo dos de sus grandes deseos, formularos, señora, tres peticiones: Que recabéis el regreso de su retrato; que levantéis su panteón y, por fin, que declaréis este día como el de su fiesta, haciéndola la fiesta oficial de Gijón....
Fue, hoy lo sabemos con certeza, en la mañana del día 7 de agosto de 1.811, cuando Jovellanos, viejo y estropeado, llegó a besar su cuna, con el confesado propósito a Lord Holland, de vivir y morir aquí, entre los suyos.
Habían pasado desde que dejó su casa familiar de Cimadevilla, preso y humillado, once años, cuatro meses y veinticinco días, los más en prisión. Todos, de trabajos y sufrimientos.
A su regreso, encontró Jovino su casa en pie, pero ultrajada; sus pinturas y librería, casi destruidas; su Instituto, arrasado; y como no todo habían de ser amarguras, halló también el cariño inalterado de su pueblo, de sus íntimos y familiares y, particularmente, el de su inseparable Petris, al que tres meses después la muerte, casi simultánea en Puerto Vega, uniría para siempre.
Hoy, una imagen del Jovino mozo, que con el arenal de San Lorenzo al fondo pintara Goya en Madrid, descansa, perfectamente instalado, es justo reconocerlo, en una de las salas del Museo de Bellas Artes de Oviedo.... Pero, señora Alcaldesa, señores y señoras, para las solemnidades del 2011 es preciso que su retrato se encuentra ya en su cuna gijonesa, pues el propio Jovellanos le había destinado a formar parte de su casa familiar, como lo estuvo durante muchos años.
No olvidemos que él, en vida, nunca acabó de “encontrarse” en la capital: “nadie tiene menos apego que yo a Oviedo”, escribió en carta de 1.792 al canónigo González Posada. Y también, con la misma confianza, le confesó otro día, “No me encuentro sino en Gijón”...
Y a pesar de ello, desde que un notable, que sin haber nacido en esta villa se honra de gijonés, dispusiera por su autoridad que el retrato se depositara en el Museo de Bellas Artes de Asturias, -donde es una obra de arte más, y no la más notable, como tampoco es el mejor de los retratos de la mano de Goya-..., por creer que en su cuna no contábamos para acogerlo con espacio suficientemente digno, o suficientemente seguro, allí sigue...
Entiendo que Gijón sí tiene lugar para depositar con toda dignidad la imagen de Jovellanos, que aquí, entre nosotros, en su cuna natal, es mucho más que una obra de arte, aunque fuera la mejor pintura del mundo; porque aquí, en su Gijón, Jovellanos es el símbolo y el faro; el pendón y el ejemplo, y es el estandarte mayor de la villa. El retrato puede encontrar buen acomodo en el Consistorio; o bien, en la Casa familiar, despojada de las adherencias actuales, que para entonces adelantada irá la gran obra del Convento que acogió a su hermana, que podría ser la tercera ubicación posible del lienzo de Goya...
Imaginad, señora, para el año 2.011, el salón de recepciones de la Casa Consistorial ennoblecido con la sola presencia del retrato de Jovellanos sobre el arenal de San Lorenzo, presidiendo la solemne ceremonia de presentación del último de los tomos de su Obra Completa... O, imaginadlo, por un momento, presidiendo el salón de vuestras sesiones: ordenando y conteniendo con su silenciosa presencia, los brotes, que más de una vez despuntan en la sala, de alguna de las dos plagas que él ya señalaba como males connaturales de la villa: la de “los muchos envidiosos que no son de fiar”, y la de los no pocos ignorantes, que ante cualquier novedad “lloran como los niños cuando les limpian la caca”.
Supongamos, señoras y señores, que la imagen de Jovellanos ya está en Gijón..., y aún quedará, señora Alcaldesa, por cumplir el último de sus deseos, todavía inalcanzado. Deseo, por cierto, reiteradamente expresado en sus memorias testamentarias: “Que me entierren o (de no morir en Gijón) se trasladen mis restos al cementerio de Gijón”.
Y sin embargo, el mejor de nuestros vecinos, aunque quizá el más desgraciado de los hombres, nunca, en ningún momento de estos 198 años que en noviembre van a cumplirse de su trágica muerte, vio cumplido el sencillo deseo de que sus restos descansaran en el Cementerio de Gijón.
Señora, aún está a tiempo la Corporación, porque aún hay días para disponer lo necesario para que el 6 de agosto de 2011, o el 27 de noviembre, los restos de nuestro primer vecino sean conducidos solemnemente hasta su Panteón, que debería erigirse en la corona del cementerio de Ceares, aprovechando, es una posibilidad, la capilla que allí existe, hoy prácticamente en desuso.
Allí, rodeado de los restos de otros gijoneses escogidos, deberían encontrar sus cenizas definitivo reposo.
Panteón gijonés, en lo alto de la villa, dominando la planicie que se extiende hasta Veriña y Torres, y desde los Pericones a las colinas que cierran Somió y San Martín, por los otros costados.
Señora, si lograsteis estos últimos años hacer de Gijón, como Jovino soñara, una villa de umbrías y arboladas sendas, con barrios dotados de cuidados jardines y paseos; si pronto vais a lograr culminar el gran parque de los Pericones que rodea el viejo cementerio del Sucu, dando aquel lugar de dolor, nueva significación cívica; Culminaríais admirablemente tan gran obra, erigiendo el Panteón donde se acojan los restos del gijonés más ilustre. Vos podéis, señora, dar con toda dignidad, al noble magistrado que nos preside, el último de sus deseos...
Y termino, pidiendo mil perdones por haberme extendido; y atreviéndome a realizar la última petición: Que la ceremonia de este señalado día que el amigo Alfredo Liñero impulsó para conmemorar el esperado regreso del hijo bien amado, de paso a la fiesta oficial de Gijón.
La figura de Jovino es la figura indiscutida de Gijón, casi, me atrevería a decir, que desde la misma fecha de su nacimiento. Bien amado hoy del Gijón conservador, Jovellanos fue admirado también por el Gijón republicano. En marzo de 1.873, a las tres semanas de proclamarse la 1ª República, los probos ciudadanos que ocuparon las sillas consistoriales, aprobaron por unanimidad el encargar la estatua de Jovellanos en mármol para instalarla en el centro del pueblo, o sea en la Plaza de la República, hoy Plaza Mayor...
Con los planes de Jovellanos, Gijón configuró su futuro... En su ejemplo y en su obra, está, tanto nuestra identidad como el mañana de la villa. Con él, se inician las preocupaciones por el Puerto...
Pocos lugares pueden tener la honra de contar con un protector laico. Gijón la tiene y debe celebrarlo. Con la suya, señora, podrían iniciarse las fiestas oficiales del Agosto gijonés, tan alegres, luminosas y sonoras...
Que así sea. Mil perdones. Y otras tantas gracias por vuestra paciencia.
