Sobre el despilfarro en las grandes obras públicas

Antes de que en el remoto 1908 naciera en el «foyer» del teatro Jovellanos, el primitivo de la calle del Jovellanos, hoy Biblioteca Pública, la Sociedad Filarmónica, impulsada por los melómanos don Domingo Orueta, don Adolfo Solares, don Francisco García de la Cruz, don Alfredo García, don Julián Cifuentes y don Diego Murillo, nuestra villa a lo largo de su historia había sido testigo de numerosos conciertos y, a decir verdad, de no pocos desconciertos, como los que originó la batalla por la propiedad y la de la cruel lucha portuaria.

Sin remontarnos más allá de 1878, gobernando don Antonio Cánovas del Castillo y siendo ministro de Fomento el señor conde de Toreno, y ordenando en la Alcaldía de la villa don Óscar de Olavaria, cuando se derribó la casa vecina a la suya para poner en «cinta» todo el muelle, nos encontramos con las juventudes musicales, o sea, las melómanas gijonesas, encuadradas en varias sociedades. Principal, la del «Quinqué», que presidía el joven ingeniero del ferrocarril del Noroeste don Eugenio Laban, que en seguida abandonaría su destino para triunfar como barítono de ópera por todos los teatros del universo mundo, que acogía a los «pollos» y «polluelas» bien de las cinco calles; los y las jóvenes artesanos y artesanas tenían su sociedad musical en La Constancia, que contaba con su banda, y con academia modelo en la calle Alfonso XII, hoy de Begoña; también tenía banda la sociedad musical La Armonía, a la que, de alguna manera, estaba unida la Asociación Filarmónico-Religiosa de Santa Cecilia, que durante muchos años de su corta vida presidió don Sergio Cifuentes, modelo de uno de los personajes del cuarto poder, «cuyo único objeto era el de costear la educación de los niños pobres destinados a solemnizar el culto de la parroquia (de la villa)».

La infancia pudiente tomaba sus lecciones de música a precios sumamente módicos, bien en la academia de don Justo Buznego, solfeo, violín, piano, flauta, que tenía abierta en su casa-habitación, principal del número 23 de la calle Corrida; o en la del profesor de piano don Emilio Passuti, que la tenía abierta en la suya, piso segundo, de Moros, 29. Tanto don Emilio como don Justo dedicaban varias horas al día a dar clases en los hogares de sus alumnos más pudientes.

La burguesía melómana de cierta edad solía concurrir de buen grado a los conciertos que se ofrecían a última hora de la tarde, bien en el Casino o en el teatro Jovellanos, o en algunos de los acreditados cafés de la villa. Fuera el Suizo, fuera el Colón, fuera el Oriental...

De tantos conciertos y activas sociedades como hubo en otro tiempo, pasamos casi sin darnos cuenta a los actuales desconciertos y despilfarros, motivados en buena parte por la lamentable falta de sociedades. Falta que ha provocado el desarme y la desvertebración de nuestra sociedad astur, caracterizada de siempre por su individualismo, y que en estos momentos, salvo algunos consejeros de sociedades públicas, vive atemorizada la severa crisis institucional y económica del sistema, mientras asiste más que perpleja a la especulación constructiva de palacios de justicia, sea en Gijón sea en Oviedo, donde existen miles de metros cuadrados dedicados a la Administración de justicia: dos rancios palacios de la vieja aristocracia, en el casco viejo; un caserón ad hoc en la parte alta y un edificio, casi recién aunque mal hecho, en Llamaquique.

Nuevo espacio en el solar del Vasco, en el que, a falta de otro destino, el desgobierno titular de la competencia se dispone a enterrar un par de cientos de millones de euros, o sea, más de treinta mil millones de las antiguas pesetas, para que sobre él levanten los Jovellanos cuatro grandes edificios dedicados a sede de la Administración de justicia, «para comodidad de los profesionales». Mucho más económico saldría al desgobierno autonómico el compensar a cada uno de ellos con, por ejemplo, dos mil euros al año por causa de la «incomodidad» que supone la dispersión.

Desconcierto y despilfarro en el gran Musel, donde, más que mediada la obra, a falta de buques, mercancías, duros y «belinchones», sólo resta en pie el proyecto de la posible mortal planta regasificadora..., para la cual se chupan y chupan millones de metros cúbicos de arena que han dejado las dos conchas vacías de peces, calamares y gaviotas... Desconcierto y despilfarro en el gran Hospital, con pocas camas y sin comunicaciones; desconcierto y despilfarro en la «gran pirámide» de Cabueñes, suntuosa tumbas de euros y «frescos»; desconcierto y despilfarro en vías secundarias y ferrocarriles y estaciones esenciales, que después de los años, ni se sabe.

O los melómanos nos unimos en vivas sociedades para procurar concierto y ahorro, o, con permiso de San Pedro y sin misa unida en asturiano, será mejor marcharse a vegetar por la Cabrera...