La señora de la Paz Fernández, alcaldesa marinera, aún espera dulces disculpas

Las historias de pueblos, villas y naciones no se escriben sólo en campos de matanza o de labranza..., también se escribieron páginas estupendas de su historia en los balcones de las casas consistoriales... y en los particulares, hermosas escenas de amor, entre ellas, la del balcón de Julieta y su Romeo al pie, musitando: «¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? Es el Oriente, y Julieta, el sol... ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece!» Amor sin odio. En los balcones consistoriales se celebraron antaño muchos fastos de «iluminar y colgar», bien fuera por nacimientos, coronaciones, victorias, o bien por defunciones y... hasta por misiones en tiempos de cuaresma, cuando todavía el pueblo practicaba lo de la bula, el ayuno y la abstinencia, garbanzos, espinacas y bacalao, que es el plato que queda de todo ello...

Más reciente, de anteayer, como quien dice, es la costumbre de usar los balcones municipales para la adoración pagana de los esforzados practicantes del fútbol, bien cuando triunfan en ligas y copas, o bien cuando logran esperado ascenso de categoría...

En este viejo reino gijonés de don Pelayo, los balcones consistoriales dieron, de siempre, mucho juego... Cuando la Casa del Pueblo estaba en la Cimavilla portentosa -donde, entre honestos Liñeros nació la fabada en lata «Litoral»-, el balcón consistorial servía, a más de para ver pasar procesiones, para que el Fiel Portero tocara campanilla de plata convocando al reducido vecindario a la sesión semanal de buen gobierno, donde se debatía de aportaciones, consumos y alcantarillas... En la nueva Casa Consistorial, la de 1866, tuvo el gran balcón no pocos momentos gloriosos. El primero, o uno o de los primeros, habrá sido el protagonizado por el gijonés don Claudio que allí recibiría el homenaje de su pueblo al regreso de la gloriosa hazaña de Abtao, que dio nombre al mismísimo muelle. Después de un largo etcétera de recepciones y de lanzarse desde él sonoros vivas por triunfos, pontífices, reyes y reinas..., al balcón llegó, por fin, la ansiada República.

Fue el 14 de abril de 1931 cuando, a plaza llena, la Corporación republicana recién elegida por el pueblo soberano ocupó balcón para saludar y poder para ejercer; y mientras don Dionisio Moran glosaba el histórico momento con su palabra más ardiente, desde uno de los balcones de la que había sido casa natal de don Claudio, hotel entonces y hoy, el señor don Manuel Meana, el Aldeano, sombrero en mano, asistía, perplejo, mudo y descubierto, al multitudinario acto que abría una nueva época. Cuando llegó el tiempo del hambre nacional, en que por mil desafueros terminó aquella esplendorosa jornada de abril, la mano generosa del Aldeano libre ya del sombrero, no se cansó de repartir sopa en los tanques, y patatas con alguna carne en los platos que le presentaban los menesterosos. Al balcón no le faltó, por no faltarle, ni la presencia del Difunto, el despojado de huevo, honores e hija; ni la arenga apasionada que en exaltación de sus virtudes le dedicara una mínima parte de la villa por boca de don Marino Busto, el buen camarada, camisa azul, brazos al aire, un domingo de 1965, acompañado de don Luis Adaro y don Julio Paquet, como remate de una procesión «de desagravio al Caudillo», improvisada por orden del camarada Mateu de Ros, uno de los 59 «procuradores en Cortes» que en 1976, con el cuerpo del Difunto bajo el mármol, votaron contra el proyecto de reforma política con el que don Torcuato, don Adolfo y el Sucesor traicionaron al finado. La procesión concluyó en la plaza Mayor y desde el balcón, tras la arenga, el bueno de Busto lanzó aquellos gritos tan nacionales como irracionales y estrambóticos de ¡Viva la justicia social! ¡Abajo el capital!... que entusiasmados contestaron los asistentes. Y de la disparatada coyunda no nació nada... ¿Esterilidad, preservativo, o aborto?... Ya dirán los blancos de la defensa familiar.

Hogaño, desde que doña Paz preside la Casa Consistorial, con evidente disgusto de la camarilla que alrededor de la foránea doña Pilar Fernández aspira a sucederla, al balcón no le faltan cada año ocasiones de juicioso y ponderado regocijo: en su noche de enero acuden los Magos; en su tarde de agosto, los pregoneros; y en el festejo de su último ascenso a Primera no faltó la presencia y la palabra educada y conveniente de los festejados atletas del equipo de los amores gijoneses...

Nuestro balcón consistorial fue testigo y es motor de emociones, contentos y alegrías. Por eso ofende tanto al buen sentir gijonés que desde el balcón de la vecina -odio sin amor- cuyas alegrías balompédicas resultan tan raras como canijas, ensuciaran el otro día, con malos gestos y peores palabras, no a nuestra villa, que el estiércol no ofende, simplemente «fiede», sino al honrado vecindario de la propia Invicta, con los insultos lanzados al Limosnero y al venerable pueblo costero que desde su balcón nunca les había ofendido...

La señora de la Paz Fernández, alcaldesa marinera, aún espera dulces disculpas... ¡Mujer, inocente y bondadosa! ¡Despiértese del sueño de su angelical Alcaldía!... Y no espere de las gentes vecinas, las de mando, mentalidad y educación parda, más que coces y coscorrones... Que la rencorosa, aunque pequeña porción de bellaquería capitalina, con sus inquinas y fobias, ni amasa los buenos bombones de Peñalba, ni reparte los ricos carbayones... que, de siempre, tanto gustan a todos los asturianos.