Saurios nuestros, tenei piedad de nosotros
O sea, en el Museo, delicia infantil con que se adorna la Colunga preciosa, cuyas lomas y costas fue noble asiento y paso de dinosaurios, y después de Vigones, mis generales; y de don Braulio, Vigón sabio, sobrio y discreto asturianólogo; y de los ricos Pablos, que a más de «poder, industria y dinero» tenían en su Consejo a don Alejandro Pidal y Mon con sinecura anual de nada despreciables 12.500 pesetas ¡de las de entonces!, muy rico bocado que nunca se le atragantó al linajudo personaje, a pesar de ser como era el ferviente ultramontano, diputado de Villaviciosa, y presidente del Congreso... Como para que alguien, de los de vista a la derecha, se vaya a asustar hoy de los trajes, camisas, corbatas y turrones que se «abrocha» el riente «curita» valenciano...
Asturias, como se ve en su Museo, fue muy antaño tierra privilegiada de los grandes saurios; lomas y rocas de Colunga-Lastres, Argüero, Tereñes guardan huellas y más huellas de ornitópodos, saurópodos y demás familia...; como las lomas y rocas de Torres-Musel guardan las de los monstruos marinos de la Rula, la cabeza decapitada del señor Palao, el libro rojo de las cuentas de la ampliación del Puerto, la nave «chupona» de las arenas de las Amosucas... y los planes verdaderos de la mortal regasificadora explosiva...
Por el resto de las lomas y tierras astures, monte, valle o marina, las huellas humanas que hicieron historia fueron hasta hace poco, a más de las de Pelayo y Jovino, las de los Torenos, Santas Cruces, Camposagrados, Pidales, Inclanes, Revillagigedos... «Patria, nobleza, inteligencia y propiedad», conjugadas con la diputación perpetua, el senado vitalicio, la salvación eterna... y al momento del punto final, esquela a toda página; funeral solemne; meses de misas gregorianas en parroquias, oratorios y capillas...
Si así se escribió la historia antaño, no iba a dejar de escribirse hogaño, aunque sea en tardes de letargo y en las páginas rayadas del dietario familiar de cada día... Tal como si la sociedad asturiana viviera en el angustioso debe y haber de la cocinera...
Si no despertamos de este letargo, mañana todos seremos parte del Museo Jurásico Astur, o del muelle de la Osa: siervos recoge huellas, servidores de privilegios, echadores de sidra, monaguillos intonsos de todos los poderes, terrenales y celestiales. En definitiva, servidores de los grandes saurios, que si antaño fueron episcopales o nobleza titulada son hoy poderosos líderes de los «bussines», la política, la patronal, los sindicatos, cuyos rastros inocentes y primeros podemos encontrar por el siglo XIX, no en Argüero o Tereñes, sino en la villa y en su dársena, imprentas, cafés, gremios, ateneos, tertulias... Son los poderes nuevos en que se ejercitaron y crecieron los Valdés, Cifuentes, Cerras, Condes, Carreños, Inneráritys, Huergos, Vigiles... y Malladas, y que pueden resumirse en la figura de un don Melquíades, que de «escolín» pobre llegó a gran patrón del posibilismo, y de Gijón, aunque fuera en su calidad de «patrón» ausente.
Tan de actualidad y tan de moda está la larga pervivencia de las huellas que los mismos personajes, sean los conspicuos parte de la oposición sean parte del gobierno, sin turbación alguna, o se heredan a sí mismos o se dejan heredar por sus descendientes, directos o indirectos, formando dinastías sin trono ni corona, pero indesmayables, indestructibles, infatigables...
Horizonte éste, como de castillos inexpugnables con pretendidas raíces nuevas, pero anclados en el pasado y adornados sus salones interiores con viejas panoplias de supuestos servicios y desvelos. Para tal horizonte no es el del futuro pluscuamperfecto. Al contrario, es prueba de la esterilidad de un tiempo, y de la falta de empuje y de ideas de dos o tres generaciones acomodadas en el poder...
Un alcalde de humilde, pero bella villa, cuenta seis quinquenios al mando; un alcalde capitalino cumplió los dieciocho años, seis trienios en su poltrona; una magistrada local va a cumplir doce, y si no le encuentran sucesor/a que dé el «perfil», le impondrán que concurra a los dieciséis; una lideresa tan enérgica como frustrada quiere alcanzar al «cuarto comicio» el ambicionado poder... No falta el empresario, ni falta el sindicalista, que bien dotados de luces pueden ser reconfirmados hasta veinte años en sus cargos, sin disputa..., y después confirmarán a sus hijos. Enfermedad del poder. La Gripe A, sin vacuna, del gran poder...
Oración final: «Dueños de la opinión y los destinos; amos del mundo; patrones de patronos; patronos de tierras y aguas... Jefes de dinastías sin corona; hombres y mujeres de la Huella sauria y el Dique seco. Vosotros, los que hicisteis y hacéis nuestra historia, escuchad nuestra súplica, Descansai por unos años..., Permitii la renovación...
¡¡Saurios nuestros, tenei piedá de nosotros!!»... Dejad que Asturias resurja y viva.

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