En relucientes tazones de loza blanca sellados con la cruz negra de Pola, gustaban su chocolate vespertino los presbíteros gijoneses, el buen chocolate «fabricado a brazo» en Begoña por don Narciso Estrada, mientras que las señoras de posibles acompañaban el suyo, de La Primitiva Indiana, con «esponjaos» de la acreditada confitería de don Fernando Muñiz, abierta todo el año en la plaza Mayor...
En el puerto de Tazones, hace cientos de años, desembarcó el joven Carlos que ni hablaba asturiano ni castellano, ni era todavía emperador, pero como «rapaz» que era, ya traía bien sentada, sobre su escudo de armas, el águila imperial bicéfala: una cabecina mirando a la derecha, o sea al pasado; la otra cabecina, mirando a la izquierda, o séase a su futuro pluscuamperfecto.
Los tazones de Pola y Rosal, hace decenios que rompieron todos, menos los que Marcos Vallaure conserva en el Museo Provincial; el otro Tazones, el del puerto, sigue vivo, y no gracias al emperador, sino a la esmerada cocina de sus buenos chigres, como Lastres vivió, o casi, de los besugos y merluzas de Eutimio, hasta que con la televisión llegó, todavía el otro día, el alegre doctor y su cortejo de bobalicones.
De nada le valieron a Lastres antes de las curas de don Mateo, ni las matemáticas de Pedrayes; ni las conservas y gaseosas de los Lleras; ni las máquinas de liar pitillos, «La Victoria», de los Victoreros.... ni las ganas de anidar allí, que en su juventud tuvieron, dos águilas reales, -hoy, de los reyes de la SGAE, cuatro bicéfalos y dos mil bocas- doña Ana de Belén y don Víctor Manuel I.
Recuerda la historia que tampoco al joven Carlos I le valió de mucho la merluza de bienvenida con que la obsequió La Rula de Tazones, regentada entonces por don Alonso de Llames, dueño de unos ahorros, algunas letras sobre Amberes, una casa, un molín y una Manta Parda de grueso paño de Bejar, con más de dieciséis años de uso, a cuyo calor pensaba viajar en carreta a Xixón «por sacar a la villa y puerto de la crisis que los paralizaba», repetía en cada entrevista...
La bicefalia es, desde entonces, preocupante y confusa enfermedad política... En la corona, hay dos cabezas, la del rey y la de la reina, y muchas bocas; en la autonomía austero-principesca, en la que tan «rebién» vivimos, hay cuatro cabezas que van «dos a dos», Areces/Fernández, Lastra/Álvarez.
Con la doble bicefalia pasa en las Asturias lo que pasa: lo de la Sindicatura y Sogepsa, a la que unos dicen sí, y los otros dicen no; lo de la crisis económica, que para unos es mucha y para los otros, no es tanta...; y, por si fuera poco lío institucional entre los de «casa», ahí están las partidas de los enseñantes, dispuestas a tirarse en su protesta al caudaloso y bravo «Río Pedre»; o la de los médicos, que pretenden dejar sin «guardias» los castillos de Quirós y Lena...; y, a mayores, las deudas del Musel, que miran «Palao», con les dos cabecines y los cuatro güeyos, ciego de espanto, por la «caída» del carbón y del mineral de hierro..., que no logra compensar, ni con las tarifas, ni con los destajos de su gran servicio de agitación, información y propaganda.
Tan emocionante está la cosa, que no son pocos los que hacen apuestas sobre quién va a ganar la partida, si los del equipo de «casa» que aspiran a ser «Gobiernín», o los esforzados de «casa» que ya son el «Gobiernín»...
De la bicefalia popular, pocos se fían y poco se habla, que no sea sobre los muchos tejemanejes del «Águila» sin gobierno; para la generalidad, ni vale la cabecina que mira ambiciosa las pardas colinas del poder. ¡Ojos secos de llorar tantos años repetidas derrotas electorales; ni la que sólo aspira a endulzar su maltrecho sueño europeo con dulces bartolos de Laviana...
¡Ay, Señor! cabecines lloques, «cigarras despreocupadas», según San Serafín Abilio, el patrón del agua, que quieren ganarlo todo sin haber trabajado en nada..., que no fuera salvar, al precio que fuera, «el puestu vitaliciu, la congrua generosa y la dieta apetecible...».
En este histórico principado, lloramos todos por los estragos de la bicefalia... Nada me extrañaría que, por ejemplo, a «Pin, el del Popular», que de México, al parecer, no trajo ni la gripe ni les perres, lo eligiesen los de Tineo como el «Candelas» del año; o que al «pilarín», de Corrida, quieran usarlo otra vez, ociosos y paseantes, para aspirante al «Reló y el Bastón» que marcan el mando y el tiempo de la Villa.
¡¡Las cuatro y sereno!!... ¡¡Y los inocentes que «ensueñen» por mucho tiempo!!, oigo cantar la hora por Corrida al uniformado don Gabino Iglesias, cabo de los serenos de la villa, que ya suspira por el tazón de buen chocolate que a las cinco en unto le aguarda en la confitería de don Ramón Álvarez.

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