O figuran todos los nombres en el atrio de la Iglesiona o no debe figurar ninguno

Digamos de entrada que no penó en ellas por la libertad, el famoso don Silvio Pellico; si penó, sin embargo, en la vieja cárcel de la Torre del Reló -confesión y comunión general de presos el domingo siguiente al de Pascua, desayuno extraordinario a cargo del párroco de San Pedro-, cuarenta días por delito de injurias, el que fuera primer alcalde republicano de Gijón, don Alejandro Blanco Jove-Huergo, que con el tiempo llegó a ser conocido como «el venerable anciano». En la del Coto, cárcel inaugurada en 1909, sufrieron prisión y ayunos tantos inocentes como delincuentes. De allí salió el 21 de octubre de 1937 para ser primer alcalde «nacional» de la villa el joven don Alberto Menéndez Fernández-Setién, de los del famoso Café Setién de la calle Corrida. El periplo de don Alberto alrededor del sillón de la Alcaldía gijonesa tan sólo duró 18 días, algo más que lo que dura una gripe mal curada...

En tres ocasiones también fue prisión local, dedicada en exclusiva a la causa política, la Iglesiona de los Jesuitas. Allí estuvieron detenidos los revolucionarios del 34; las derechas peligrosas del 36; y los rojos vencidos del 37. El edificio se prestaba para ello, más que iglesia parece fortín, al gusto de los «capitanes y oficiales» de la Compañía Real, que Jesús con su nombre distinguió...

La Iglesiona, que fue levantada por suscripción popular sobre el céntrico solar de los señores de Zulaybar, sin la intervención de la Sogepsa sospechosa, ostenta hoy la categoría de basílica menor, reconocimiento vaticano de emergencia para poder cobrar las subvenciones con que se restaura.

Don José Fernández Barcia, el hermano del alcalde don Gil, el de los sombreros verdes, antes de los «sucesos» de diciembre del año 29 que costaron la vida al joven obrero don Carlos Tuero Morán, definió muy atinadamente en su «Sonatina Gijonesa» a la construcción jesuística como «adefesio arquitectónico, profusamente recargado de esperpentos escultóricos...». Seis grandes estatuas exteriores, que el monseñor Ido a Valencia, soñaba reponer al buen aire libre de la villa para humillación, ética y estética, de la ciudadanía atea, agnóstica, o medio pensionista, de este ex emporio del comercio, la industria, la construcción y la libre navegación.

La Iglesiona se levantó en diez años de ininterrumpidos trabajos en el corazón mismo de Gijón, entre lo que había sido horno y panadería de los Menéndez y la Casa de Correos y Telégrafos, luego La Madrileña, frente a la noble edificación neoclásica del Instituto de estudios laicos que fundara Jovino -al que la Corporación actual debería elevar a la categoría de alcalde perpetuo de la Villa, sustituyendo a todos los alcaldes honorarios nombrados antaño-, y no por necesidad o falta de otro lugar, que doña Barbarina Valdés Hevia bien que había ofrecido para ello a los RR PP su propiedad en la calle del Carmen, sino por la deliberada voluntad de la legión de Loyola de aquel tiempo, de enfrentar la Fe con la Ciencia, el Creer con el Saber y la Comunión de los santos con la Química inorgánica; o sea al P. La Rua con Gerardo Diego; al Rvdo. Elorriaga, ¡pobre Tuero!, con el señor Moreno Villa; y al P. Nemesio con el deportista y notable profesor don Clemente Bernardo...

El Sagrado Corazón fue muchos años, con sus 49,50 metros de la rasante de Jovellanos a la cabeza de la imagen, el hito más alto, con perdón del Caudillo despojado de honores, sin atributos ya, de nuestra villa. Fue el centro de Gijón, que ya no está aquí, ni allá, ni acullá, porque nuestro Gijón recrecido cien veces, tiene por el día mil centros que van de Montevil a La Guía; y algunos menos, pero más peligrosos, por las noches festivas, de la Arena al Natahoyo, que con tesón y energía intenta controlar la señora concejala de la Seguridad, descendiente, sin duda, de aquel don Vicente Huergo que tanto contó en los inicios del socialismo local.

Se restauran las grietas del monumento, que tanto llamaban la atención del turista curioso. Supongo que en esta restauración canovista se retirarán, como se retiraron honores locales al Caudillo Franco, por la gracia de Dios y el voto mayoritario de la Corporación, las dos lápidas del atrio que recuerdan -bajo piadosa advocación al fundador don José Antonio Primero de Rivera, los nombres de los «inquilinos forzosos» que allí encerraron los leales a la República, a raíz de la sublevación de julio del 36, con evidente olvido y menosprecio de los no menos dignos ciudadanos que, también por la fuerza recluyeron allí los recordados ahora, antes incluso (34) y después de su reclusión (37), por lo que, bajo la advocación de don Berlarmino Tomás, también deberían figurar en el atrio los nombres de los primeros revolucionarios del 34 y los de los últimos republicanos del 37, perseguidos por sus ideas y convicciones. Pues, para cumplir la ley de Protección de Datos, o figuran todos los nombres al fresco del atrio, o no debe figurar ninguno.