La República, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
La República, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
Treinta años después de cancelar el compromiso "ideológico" -entre comillas- con el franquismo, aquí se sigue pensando que todos los males sociales -incluso, y sobre todo, los asociales- que ha padecido este país se le deben a la República. A quien se le ocurra plantear este sistema de gobierno como una opción natural para resolver los conflictos de poder -más los complejos problemas sociales que ahora nos agobian-, lo mejor que le puede ocurrir -si no le da tiempo antes a salir corriendo- es que lo clasifiquen como un espècimen social utopista. Por lo tanto, un inútil prácticamente. La República (he escrito La ...) es una idea que, al parecer, pertenece a la prehistoria del pensamiento político. Pero, sobre todo, a la prehistoria de la moral sociológica.
Hemos consumido estúpidamente treinta años de pedagogía democrática, para concluir absurdamente que la República no es un sistema de gobierno representativo -quizás, el más idóneo- de la cultura democrática. Sino todo lo contrario. Con lo cual, se puede afirmar que en este singular país, después de haber hecho un tremendo esfuerzo (teórico, más que práctico) para intentar civilizar socialmente las relaciones plurales, nos hemos quedado anclados -mejor dicho, frenados...- en la sociedad instintiva del (no tan) antiguo Movimiento Nacional. El dragón que se tragó la República de 1931.
La actual democracia española, -dicho sea con inocente optimismo ideológico-, como cultura política es, fundamentalmente, un instinto. No es la fuente de una ideología abierta, plural, favorable al hombre y, por consiguiente, a la sociedad. Es un mero instinto de conservación de privilegios. Ser demócrata (estandar) hoy es, principalmente, ser partidario de blindar nuestros privilegios personales. La democracia que se defiende, en estos momentos -probablemente, también en los que vengan- tiene mucho más que ver con la prehistórica democracia orgánica que con la culta democracia de la moral universal.
Hay que advertir que esta clase de democracia para uso privado no era la democracia de las libertades que defendieron tantos como dejaron su honra, su dignidad ideológica y su honestidad personal, al meterse por la angosta gatera que el régimen antidemocrático dejó abierta para que entraran los que iban a ayudarle a salvarse, con decoro, de su propio naufragio político.
Cando cito a la moral me estoy refiriendo a las costumbres. Sobre todo, para insistir en recordar la necesidad de recuperar, en democracia, las buenas costumbres. Especialmente, para que estas nos ayuden a convertirla en un hábito, que se le exija observarlo al individuo y a la colectividad de la que forma parte. En este país, hubo un tiempo en el que ser republicano era un hábito social. Y moral. Compatible con las libertades humanas y con la dignidad de las personas. Esta era la moral que representaba la República. Hasta que la inmoralidad de sus enemigos la aniquilaron.
Durante casi medio siglo, República fue sinónimo de caos. O como dice actualmente el diccionario de la RAE: Lugar en donde reina el desorden por exceso de libertades... ¿A qué espera la Real Academia de la Lengua Española para corregir este disparate semántico...? Por no decir, servil.
Despues del larguísimo proceso de depuración ideológica y política -como demuestra el Diccionario de la RAE-, dirigido con mano firme por aquel general que, en la intimidad, cantaba zarzuela, y, luego, del no menos prolongado periodo de ambigüedades democráticas -llamado Transición- aún es arriesgado no sólo ,apostar, simplemente hablar de la posibilidad de la República como una opción para lograr un gobierno genuinamente democrático. Unas veces, porque quienes insinúan su reivindicación suelen optar por la vía de la irreflexión o la folclórica; otras, porque puede más la mala educación ideológica recibida durante el franquismo y el posfranquismo. En general, porque la recta moral republicana choca contra los intereses personales y gremiales de quienes prefieren convertir a la República en un foro para desahogos frívolos.
Sobre todo, a los juancarlistas, que - lo mismo que les ocurría a los franquistas- no son partidarios de una ideología concreta, sino de un personaje providencial... Dicho esto, lo único que se me ocurre añadir es lo que dijo en cierta ocasión un republicano español llamado Manuel Azaña: Lo que yo desprecio es la necedad.
Lorenzo Cordero. Periodista.
