En Cabueñes, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Nadie pudo ni podrá detener las ambiciones territoriales

La Arcadia feliz. El Edén. La Tierra. «El templo de la Virgen poesía». Cabueñes, el rapto de la tierra prometida. La guerra de Troya. Cabueñes, la más rica de las islas que rodearon el Peñón catalino. Horacio. Ovidio. Homero.

Las otras islas mayores, la de Somió, anterior a La Pondala. «El mar, en lo más caído de la marea, descubre un arenal firme y limpísimo, por donde cruzan las gentes y carros que vienen a la villa desde Somió», escribió Jovino. En su tiempo, fue el Saint Malo de la Costa Verde, con el Monte Alegre de Riánsares-Tarancón, la torre de Cenfueus; y en Villa Manín, la posesión de Ángel García Rendueles, y frente al arenal, la Meca de Pidal don Alejandro, cada uno de ellos casado con una de las hermosas hijas de los Campos Sagrados, de las que hubieron numerosa, rica y feliz descendencia.

La otra fue la isla de «Deva», escuela de primeras letras, en cuanto haya «ordenanza municipal» contra ruidos, harase verdad el sueño del poeta: «Agora verás Xixón ensin ruidos, col cordal de Deva tan cercanu, cíclope con su único "güeyu", el de su río, milagroso Peñafrancia, cerrado por el muro con que el fiero conde lo separó del terreno común que, hasta entós, el aldeanu disfrutaba llibremente».

«La isla», de Cabueñes, «con sus ondas de luz y armonía, y sus verdes hojas que la brisa mece», fue gloria, antaño, de su dueño y creador, don Florencio Valdés y Menéndez Morán, que no cobraba por visita. Como hoy pertenece al Ayuntamiento del Peñón, se cobra por la visita, porque allí, entre ríos y robledos, se conserva, y cuesta el conservar el trisquel de la tierra prometida.

Don Anselmo Cefontes y Díaz, el impulsor del Peñón, que en el ensanche de la villa, calle de la Cruz esquina del Carmen, tuvo su morada, y a la vera de la colina sagrada de Begoña sus industrias, inició en aquel Edén el disfrute culto y civilizado de natura, construyendo, antes de comenzar la década de los años setenta del siglo XIX, rica quinta de recreo... Justo cuando agonizaba el reinado de Isabel II, nacía aquel paraíso al que, además de casa y cuadras a la inglesa, espacioso y arbolado parque, conejeras, palomares, gallineros y casa de cisnes, realizada de madera y vidrio..., añadió el encanto del trato de la sociedad culta, allí florecieron con los jazmines de las hijas del gran Caveda las ideas humanitarias de doña Concepción Arenal y las republicanas de don Gumersindo de Azcárate y Menéndez Morán.

Aquella soberbia muestra del poderío económico e industrial del pionero y de las inquietudes intelectuales del impulsor, decaída con la muerte su grandeza, fue vendida en parcelas, albergando hoy las discretas moradas burguesas de mil familias, desde el camino de la Iglesia a lo que fue casa Eloy, donde los domingueros del Peñón, entre risas, tortillas y el picor burbujeante de la sidra, jugaban a la «llave»... «Y daba gusto oír el clic de la chapa al pegar en la llave».

Aquella isla, edén, paraíso, tierra rica de manzanos, robledos y castaños..., y sus rincones deliciosos, que regaron antaño las aguas del Peñafrancia, y que coronó después el orfanato, convirtiose en tentación irresistible con el nacimiento del hospital, parque, tanatorio, Laboral, Jardín Botánico, RTPA, hotel no nato, ingenierías fastuosas...; y a comprar y construir allí, «a la busca de la paz soñada», acudieron nuevos y viejos burgueses del Peñón y hasta descendientes del rey Casto capitalino, que, a la vista está, no lo fue tanto...; y a su conquista para ensanche del Peñón acudió la autoridad armada de su PGOU con densidades y alturas, buenas para los constructores, pero incompatibles, a juicio de los lugareños y los allegados, con la paz, la rosa y el jazmín... y la leche de la vaca...

Contra el rapto de la tierra, resistiose Cabueñes con tesón, comisión y constancia, como antes ocurriera en Troya por Helena, y Llanes por Trevín; y los defensores levantaron barricadas y ocultas trampas y por ganar tiempo pidieron negociar con el estratega del urbanismo, y fueron desechadas sus pretensiones... hasta que, ¡oh, suerte adversa!, el blanco Ovidio, encargado de las líneas, cayó en su propia red de Horacio, dejando, en primer momento, desconcertado al Peñón..., descolocado al estratega y confuso personal... por sus 600.000 euros de nada. Más de 600.000 toneladas perdió el crecido Musel y no pasa nada..., o nada pasa. Sin embargo, nadie pudo antes, ni podrá detener después, las ambiciones territoriales del Peñón creciente... Podrán negociarse palmeras y rosales; evitar alturas y sus malas sombras; hermosear las fuentes; asegurar los caminos, limitando velocidades y tonelajes, pero nadie, ni tirios ni troyanos, debería olvidar, antes de que la guerra haga estragos, con Ovidio, Horacio, Homero y Camín, el comienzo de «Entre manzanos»: «No me dio la coz la burra, / no me dio la coz la vaca; la mayor coz de mi vida / me la dio la bestia humana».

Moderación. No seamos bestias.