Gijón no gozó del beneficio de las aguas salutíferas hasta 1880

De siempre, incluso desde antes de siempre, fue esta poética, industriosa y multirracial «Villa de Gijón» amante de las aguas; por eso Xijón, su fundador, hijo primogénito de Bormanicus, la instaló al pie de la mar, muy cerca de las saludables termas romanas y del chorro de la Fontica, donde las vecinas de la vieja villa hacían la aguada cotidiana.

También el prudente Xijón tuvo muy en cuenta a la hora de elegir ubicación para la villa el que, muy próximos a Gigia, discurrían varios ríos: «el Cuti» -hasta ha poco de mala fama y olor-, sobre el que un señor Obispo para cruzarlo rumbo a su palacio por la parte de Roces mandó hacer un puente, naturalmente a costa del pueblo llano; y los caudalosos Viejo, Llantones y Piles, que sumadas sus fuerzas motrices llegaron a impulsar hasta diecisiete muelas harineras que aseguraban el pan blanco a todo el pueblo. Al otro lado, por el Oeste, corría el industrial y deportivo Aboño, que contó con barca de la matrícula de Candás (¡Aúpa, el Carreño sano y sin regasificadora, aunque no contemos ni un solo céntimo de los 300 millones de los «eurogases»!) para facilitar el tránsito entre los concejos de Carreño y Gijón porque, según Jovino, que tanto fue y vino de Gijón a Carrió para ver a sus sobrinos, ya conocidos entonces como los «bombones de Peñalva», el río, y es importante recordarlo hoy, que se disputa, dividía los dos concejos.

Las primeras aguas del «Xixón», como quiere llamar al Gijón del alma en cerrado bable nuestro edil Churruca, ni fueron malas ni buenas, sino escasas; los caños de las cuatro fuentes apenas alcanzaban para las necesidades de la villa, de ahí el dicho de la dulce concejala: «La abundancia llegó con Cadasa»; y el remate de una vecina de Roces?, «Y las dudas constructivas, con Sogepsa».

Gijón no gozó del beneficio de aguas salutíferas hasta 1880, y eso por algún tiempo, cuando don José Palacio Rodríguez, bajo el consejo del notable galeno local don Antonio Cachero, pusiera en explotación el manantial de aguas bicarbonatadas que brotaban en su maravillosa finca de El Llano -plena de aromas, flores y artificiosos peñascos-, que antes del consejo del esculapio sólo aprovechaban a su huerto, prado y cocina, pues con ellas preparaba su señora, con leña y tiempo, «les mejores fabes» que, por rigurosa invitación, se comían en la villa...

Que los descendientes de Xijón, sobre todo los auténticos, los que lavaron su pecado original en las aguas tibias de la pila de S. Pedro, siguieron desde la fundación fieles a las aguas milagrosas, a más del negocio de «Fuen-Palacios», lo confirmen los llenos en los balnearios de San Lorenzo, «Las Carolinas», «La Favorita», «La Sultana» y «La Cantábrica», de don Policarpo Herrero...; sin olvidar los baños de la Coroña, donde el inteligente don Marino Iglesias Menéndez preparaba con buena hoguera los famosos baños de «carquexia», que tanto recomendara a sus enfermos y amigos de la Taberna Gallega el inolvidable doctor Gamallo.

Sucesora de los «pioneros» es hoy la «Talasoterapia», que reflota sobre la mar de Fomento sus palaciegas instalaciones donde el vecindario del común, el mayor y el no tanto, cura articulaciones, dengues, depresiones, dolores del paro y hasta los sabañones del salario congelado y el turno de oficio, a base de baños en las aguas hirvientes de San Serafín.

Antes de amanecer ya hacen los primeros fieles el camino a la terapia milagrosa, compitiendo en puntualidad con los funcionarios de la Agencia Tributaria, aunque procurando, siempre, eso sí, evitar los encuentros con las juventudes bullangueras que, a falta de mejor cosa, hacen del «subterráneo» caribeño y alrededores de D. Faustino San Pedro, lugar para sus encuentros, desencuentros, necesidades, voces, amores, desamores y peleas, que tanto trabajo dan a los ecuánimes «linos» judiciales y al paciente y esforzado «huergo» policial.

Nuestros antecesores, ¡agua para Mr. Jameson!, no se conformaron sólo con las aguas locales. Los burgueses de alcurnia con Sagasta bebían y bañaban en Borines; los comerciantes y oficiales de notarias y registro, en el mesocrático Buyeres de Nava; mientras que a las sulfurosas del valle de Lada peregrinaban los «americanos» de la villa y las familias representativas de la industria y el carbón.

Hogaño en Poniente, gracias a las suntuosidades de la instalación balnearia y a las aguas saladas del santo, que todo lo curan, cualquier gijonés, sin descender de don Fernando II de León, puede sentirse, aún sin confesor en su casa, Felipe, pachá, princesa o sultana, al pie de los chorro de San Serafín, que regando, bañando, «afiliando» y aliviando?, y con la otra mano levantando pisos en Castiello de Bernueces, alcanza su milagro gijonés, «Agua para el cuerpo; cemento para la casa». ¡Misas y aleluyas para las aguas de San Serafín! Por supuesto, que no le pondremos calle, ni le daremos copetín?