Nadie sabe si se concluirá el superpuerto, como nadie sabe si volverá a nuestra playa la manta canela
Dos orgullos, a más de otros mil, tuvo el Gijón y el gijonés de los viejos y felices tiempos de nuestra expansión: el humo negro de las chimeneas de sus fábricas y el manto de canela del arenal de San Lorenzo. Hoy, apenas quedan chimeneas. Sola, entre los horribles barcos de Poniente, la que fue de Basurto; más allá, las del Aboño industrial. Y poco va quedando del manto de canela del arenal.
La mar durante los pasados temporales parece haber trabajado de firme nuestra costa. Y el arenal de San Lorenzo o el Salinas muestran mil heridas. En San Lorenzo, de la parroquial millonaria a poco más allá de la antigua «garita», los embates han dejado al descubierto, como nunca se hubieran visto, los restos pétreos y cementeros de los balnearios que dieron limpieza y salud a los cuerpos, y «sociedad» y elegancia a lo Balbec a nuestros primeros veraneos. Hoy, a la vista del curioso están los restos y cimientos de La Favorita, La Sultana, Las Carolinas...
No son pocos los vecinos que acuden al paseo para ver «desde arriba» los daños que hizo la mar «en bajo». Se escuchan mil lamentos y otros tantas esperanzas... «Lo que la mar lleva, lo trae la mar»... A veces, no.
Pero también hay otros comentarios. Hay quien sostiene, el gran Peltó, «profesor práctico de la mar», que fue «contramaestre» fundacional de la Cofradía de la Buena Mesa, lo dejó dicho hace más de un año, que a más de a los «embates» hay que achacar la pérdida de parte de la cabeza del manto de canela de nuestra playa a la succión intensísima, durante meses, para rellanar con la arena del entorno de Las Amosucas los «cajones» sobre los que se alza el nuevo Musel. Parte de las arenas finas y doradas de San Pedro, lamentan los pesimistas, han ido a cubrir los vacíos dejados por los «Dragados y Construcciones» del gran puerto, sin acabar... Nadie sabe si se concluirá, como nadie sabe si volverá o no volverá a la cabecera de nuestra playa la manta de canela, que cantara don Gerardo Diego...
Gijón de cara a la mar de Martínez Abades, de Álvarez Sala, de Piñole... Gijón contemplando las ruinas «balnearias» y la extensión de un pedrero nunca visto... Gijón, siempre tranquilo y confiado... sólo gruñón por tontunas. Por ahorro, y quizá también por comodidad y seguridad (hasta es posible), los cajones que sostienen el nuevo Musel se rellenaron de arena del fondo de la mar... ¿cuántos millones de metros cúbicos? Los señores del Puerto nos lo podrán decir muy fácilmente... Cabida del cajón por el número de cajones; y como decía el otro, sale la cuenta de c...
Los efectos de los dragados, como el de los embates de la mar, nunca se conocen de antemano. Ahí está el dragado de la ría de Avilés: Salinas, a punto de ver derrumbarse su muro. Ahí está San Lorenzo, a punto de quedarse sin «parrilla» y a riesgo que se desborden las arenas por el Piles...
Dicen los entendidos que no «viven» de, ni «ganan» la vida con, las construcciones de caminos, canales y puertos, que la política del Gobierno autónomo en lo referente a las construcciones costeras es auténtico despropósito que habrá de resultar a medio plazo de gravísimas consecuencias. Puerto de Vega, Candás, cabecera de San Pedro, Tazones, Luanco, Salinas, y supongo que otros muchos más ejemplos habrá, son prueba.
Para consolarse, un vecino de esta villa me decía ayer, bajo el sol esperanzador vuelto a nuestro cielo, mientras me señalaba las ruinas de los balnearios: los de San Miguel catalogan y, según pueden, «musean» las ruinas industriales que van dejando a su paso los hermanos de San Vicente.
Gijón, y resto de costa asturiana, ni humo, ni manta: ruinas de San Vicente.

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