La reina y yo, de Álvaro Ruiz de la Peña en La Voz de Asturias
Como éramos pocos parió la güela. Si no había problemas en España, con la crisis, con la judicatura, con las universidades del PP, con la policía, con el paro, con los emigrantes, con Educación para la Ciudadanía, con la boda de la duquesa de Alba, con los maltratadores, y hasta con el coche de Fernando Alonso; por si fuera poco todo esto, llega la reina Sofía y se larga unas declaraciones para que sean publicadas en un libro de una periodista de la casa, vieja amiga de mesa camilla y confidencias, que ve ahora su honorabilidad en entredicho porque la Casa Real cree que hay muchas inexactitudes en lo que la reina dijo.
Vaya por delante que doy por hecho que la periodista, Pilar Urbano, miembra numeraria del Opus Dei y comunicadora de orden donde las haya, ha transcrito con fidelidad profesional lo que su real amiga ha afirmado sobre los distintos temas propuestos. Aunque a mi el tipo de periodismo de Pilar Urbano no me interesa lo más mínimo, no dejo de reconocer que se trata de una periodista veterana y seria (tediosamente seria, diría yo), a la que no veo inventándose respuestas para vender más ejemplares de su best-seller. La Urbano no es tan estúpida como el ex gacetillero de la Zarzuela, Jaime Peñainfiel, que se pasó de listo como cronista de la corona y se pasea ahora por todas las cadenas del corazón exhibiendo una mala baba que solo es comparable con su irremediable necedad.
Por qué se ha levantado este descomunal cirio en todo el país? No lo entiendo muy bien, la verdad, porque la reina ha dicho lo que diría cualquier hombre o mujer educados para ser precisamente rey o reina, príncipe o alteza o serenísima majestad, nombrados por herencia divina (no hace tanto tiempo de eso) o por consensos impuestos por las circunstancias (como en el caso de España, tras la muerte de aquel que había sido elegido también por la providencia de Dios).
O es que algún incauto pensaba que la reina, muda irreversible durante más de treinta años, ocultaba un corazón progresista, igualitario, laico y moderno? Porque una cosa es que doña Sofía sea una reina que cumple -o ha cumplido hasta ahora- con las responsabilidades que le otorga la constitución de manera satisfactoria, y otra muy distinta es que, por tradición, por familia, por educación, por amistades y por cargo, se pudiera esperar de ella una libertad de pensamiento (alimentada por una razonable rebeldía), que la hiciera expresar opiniones en sintonía con, al menos, la mitad de la ciudadanía a la que se debe o debería deberse, me parece.
Naturalmente, no estoy de acuerdo con la mayor parte de las respuestas de la reina, sobre todo aquellas que se refieren a la religión (al batiburrillo de religiones, en las que no se si incluye la católica, pero bueno), a la religión como explicación última de los orígenes, a la religión como materia escolar obligatoria, a la religión como única garante de la moral, a la religión como valor simbólico (por ejemplo, manteniendo el crucifijo en las ceremonias de juramento -¿por qué de juramento y no de promesa?- en la Zarzuela). Ni estoy de acuerdo con lo que dice de la orientación sexual y sus manifestaciones externas, que yo no comparto porque me parecen ridículas, pero que debo respetar sin decir ni pío, aunque repito que me parecen ridículas y hasta grotescas. Ni estoy de acuerdo con lo que dice de la eutanasia, "porque la muerte no está en nuestras manos" (¿en manos de quién está entonces? de los consejeros de sanidad de Esperanza Aguirre?). Ni estoy de acuerdo con la consideración que le merecen los masones ("Ni mi padre, ni mi hijo, ni mi marido, ni mi hermano. Cero !Nada! En esta familia no hay masones"), que denota una repugnancia casi física y visceral hacia unas personas que han sido vilipendiadas y atropelladas, de forma despiadada e injusta, por el sector más reaccionario del siglo XX en España. Pero con todo, la respuesta más decepcionante por lo que revela de tosquedad intelectual de la reina (soy de los limpios de corazón que pensaban que doña Sofía era una mujer culta, tolerante, leída, viajada y con capacidad intelectual para discernir entre sistemas de gobierno), es la que se refiere a las personas de ideas republicanas: "Para los republicanos nadie tiene derechos de cuna. Ahora bien, cuando esos republicanos son ricos o tienen un negocio o una casa, bien que dejan las propiedades en herencia a sus hijos!". Hombre, señora, el argumento me parece de una banalidad insultante. Comparar la herencia de un chalet en una urbanización de Llanes, o de un Ford Fiesta, o de una zapatería en la calle Mon, o de tres cuadros de Linares, con la herencia del trono de un país de cuarenta y cinco millones de habitantes, desprecia la inteligencia de quien lo lee. Sea republicano, monárquico o biznieto del fundador de la CNT. Pero quiero expresar algún acuerdo con las declaraciones de la reina, para que no parezca que lo mío es personal. Es cuando habla de la insensatez de Bush (y de sus amigos de las Azores, claro) por haber invadido Irak. Qué cara se le habrá puesto a Josemari. Claro que Josemari nunca fue monárquico, porque los de la revolución pendiente nunca hicieron buenas migas con la corona. Dios, Patria y Rey. Rompan filas y a correr.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.
