Exhumación de Riego, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
Aniversario del «injusticiamiento» del militar asturiano en la plaza de la Cebada
El día 7 de noviembre de 1823, viernes, como hoy, amaneció en Madrid sereno. En la plaza de la Cebada se había levantado una horca "más alta que de ordinario" para que la muchedumbre, "tan variable e insegura como las olas", dice el Eclesiastés, pudiera contemplar el espectáculo-ejecución del general D. Rafael del Riego, que fue injusticiado por "el horroroso atentado" de haber votado en Cortes la traslación a la isla de Cádiz del rey Fernando VII y y la creación de una regencia (sic)».
Con él, de los asturianos, fueron condenados por igual delito D. Agustín Argüelles, D. José Canga Argüelles y el canónigo D. Rodrigo Valdés Busto, todos ellos refugiados del fiero Borbón en Inglaterra. Sólo Riego permaneció en España combatiendo al francés, hijo de S. Luis, hasta el último momento, tal como narró George Matthews, primer ayudante de campo del general Riego, texto prologado por el profesor Gil Novales y traducido por la profesora Sanz Testón, también del Ateneo.
Exhumar hoy su recuerdo, y, más que su recuerdo, su significado, no es ocioso, aunque 185 años sean cortina bien pesada de levantar. Y no es ocioso porque Riego, en su tiempo, sobre todo en su primer tiempo, durante todo el año 1820 concitó pasiones y sueños de cambio, como hoy lo hace en Norteamérica otro digno ciudadano: encarnó en España y ante el mundo civilizado la revolución urbana con la que la España pensante soñaba poner fin al milenario poderío de la España rumiante...
Como no podía ser de otra forma, por eso todavía estamos hoy como estamos, fracasó la «burguesada» que había nacido en las cabezas de unos cuantos iluminados, y Riego, como otros mil, pagó el alarde con la suya. Riego, según cuenta D. Vicente Blasco Ibáñez en su «Historia de la Revolución Española», tenía un corazón puro y generoso y era desinteresado cual jamás lo ha sido ningún hombre de su prestigio y popularidad. Si hubiera querido subir con su Ejército a Madrid, en lugar de llegar solo y en secreto, hubiera entrado entre vítores por las puertas de palacio y tomado el poder y la Corona, bendecido por el pueblo. En lugar de ello, negoció con el Ministerio para que la revolución emprendida no naufragara por salones y sacristías. Y ahí estuvo su perdición, ahí comenzó su fin.
En aquellos primeros días del mes de septiembre de 1820 en los que Riego pudo tomar y no tomó el poder absoluto, ni siquiera el relativo, comenzó a alzarse el elevado cadalso y a tejerse la hopa con la que fue puesto en el serón del que habría de tirar el jumento que le arrastraría hasta la plaza de la Cebada, tres años después.
En tal día como hoy, en 2002, en la misma plaza, el Ayuntamiento de Madrid, en solemne acto presidido por un todavía muchacho gijonés, hijo de Adolfo Menéndez y subsecretario en el Ministerio de Francisco Cascos, descubría una humilde placa de latón en la que se recordaba el significado del general Riego y su muerte, 179 años después. Y por primera vez desde que la República abandonara temporalmente el solar madrileño, resonó, «en el escenario mismo de su lejana ejecución», el Himno de Riego, magníficamente interpretado por la Banda de la Policía Local de Madrid, en uniforme de gran gala. Cuando llegue la Tercera, habremos de repetir el emocionante acto, con los vivas que se dieron.
Una música y una letra, un himno marcial para una gran ocasión frustrada.
El canónigo D. Miguel del Riego, hermano del general, alma de poeta y dotes de adivino, que falleció virgen, devoto y pobre, dejó escrito sobre la muerte de su hermano:
«Envidiosos y traidores / en esta horca me pusieron... / ¡Alerta, pues, españoles! / No os confiéis en ellos, / que quien fizo aquel dogal / si le dejan fará ciento». Y «ficieron» los ciento, y la «dogalera nacional», en silencio, otros ciento sigue «faciendo».
Exhumar el significado de Riego, aunque sea una vez al año, o recorrer la plaza como hace cada 7 de noviembre D. Ramón Villanueva, embajador de España, es propiciar que una bocanada de aire puro recorra la historia nacional.
Sin Riego, ciudadanos, no habrá cosecha.
FRANCISCO PRENDES QUIRÓS. ABOGADO.
