En «el Fomento», de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
En «el Fomento», de trágica actualidad en estas fechas, ocurrieron antaño escenas, unas similares, otras muy diferentes, a las que hoy ofrece el lugar en el amanecer de casi todos los fines de semana, sean cortos o largos, como en su día fueron los Celtas...
En un principio, fueron las playas. La de Pando, de arenas blancas y suavísimas; luego la del El Natahoyo, algo mayor que el Poniente de hoy, que terminaba en la punta de Coroña, arenal más áspero, calizo, y luego, la última, la del Arbeyal, de grijo menudo, con figura de arbeyos... Por allí, como hoy por sus bares se pescan descomunales moñas y colocones, se pescaban antaño hermosas doradas y sabrosos mariscos de toda clase.
En 1852, mientras veraneaba en Contrueces, después de la rumbosa inauguración de su Ferrocarril de Langreo (gasto que corrió a cargo del municipio), en la de Pando se bañó la reina María Cristina, y en 1858, lo hizo su hija la regordeta y deseada Isabel II. Y así, se afirmó la real fama de la playa de Pando. Al lado, don Faustino Fernández construyó su Casa de Baños, la primera de nuestra costa, no lejos de la actual Talasoterapia. La Casa de Baños llegó a ser muy concurrida, aunque no contara con el provocativo reclamo luminoso de la actual instalación. En 1872, el mismo empresario obtenía licencia para compatibilizar la playa con un modesto malecón, origen del luego poderoso muelle de Fomento, sobre el que reinó a lo absoluto Faustino Rodríguez San Pedro, personaje de mil facetas, una de las cuales destacó el centenario órgano local calificándolo de «bilioso leguleyo antipatriótico, cuya olímpica necedad es tan proverbial en Madrid como en su patria». Cuando el «bilioso» alcanzó, casi anciano, estatus ministerial, el mismo órgano lo ensalzó con las blancas luces reservadas a los venerables «padres de la patria».
Mucho antes de que los jóvenes caribeños impusieran por Fomento el estilo de sus madrugadas, en 1911 el lugar se vistió de luto por la trágica muerte del joven de 18 años José Ignacio Cangas Carvajal, que se desnucó al caer contra el solado, tras chocar en plena carrera contra un cable tendido a un metro de altura entre la casa del «Santo Varón» y la que hoy es la ya tricolor Agencia Tributaria (sólo será necesario cambiar, para corresponder a la próxima nueva situación, el color azul por el morado), con el que el encargado de las obras que allá se ejecutaban intentaba impedir la circulación de carros...
Gijón lloró la muerte accidental del joven con la sinceridad con la que hoy lamenta la del infortunado Cristian Rogelio Díaz, estúpidamente apuñalado.
Después, llegaron con la industria los astilleros, y después de la victoria del recién designado aspirante a «genocida», llegaron los humildes «coreanos», como se conoció en su día a los esforzados extremeños, pana, boina y maleta de madera, que llegaron a nuestras tierras de mano de «Entrecanales» para construir El Musel y «aplanar» el Coroña. Hoy, en lugar de traer, don Florentino, dicen que se nos va a invertir al «Brazil» de sus amores...
Los domingos, único día del descanso semanal, principalmente por la tarde, toda aquella zona sirvió a los «extremeños» para aliviadero de sus ardores. Junto al palacete del Banco Minero, tenían su entrada; allí, como expuestas para examen, las trabajadoras del amor aguardaban su turno, y allí, al amparo financiero del banco, se regateaban y pagaban los servicios. El acto propiamente dicho se realizaba, deprisa y corriendo, entre los mil «resguardos» que ofrecían las pilas de madera de mina, los vagones parados, las mil casetas que se alzaban en aquella olvidada espalda de la villa.
Como hoy ocurre, en aquellos tiempos de orden y paz augusta no faltaron, como nunca faltan en los campos del amor mercante, algaradas, carreras, gritos y cuchilladas,... espectáculo sólo visto desde las ventanas del «servicio».
Entre las vías de Fomento, para bien, creció la fama de Casa Montaña. Y allí, entre accidentes y ajustes, se perdieron más de tres docenas de vidas humanas
Hundidas las industrias de Fomento por los gruesos temporales de tantas reconversiones, cuando al fin se urbanizó la zona, como por ensalmo, los almacenes industriales se convirtieron en «boites», «cafés» y «discoteques». Allí, que durante más un siglo la jornada laboral comenzó al alba, para terminar con la luz solar, las jornadas se invirtieron, y comienzan a media noche para terminar a la plena luz del día, con el vaso por montera.
Jumas, jaranas, jaleos, jetas y jicotes. Caídas, desmayos, suspiros y jipíos. Desafíos, desvaríos, desgarros, desplantes, lágrimas y pocas sonrisas. Fomento, algunos amaneceres, más parece arrabal de Miami que fachada de Gijón; las aceras, a falta de urinarios, hacen de fuentes del Jordán, y los pacientes vecinos ejercen de hijos de Job.
Nuestro Fomento viene a ser, en las madrugadas de los fines de semana, la «zona permitida», papel que en otros lugares la Autoridad ha llevado a polígonos apartados de sus centros...
La villa no puede permitir que «el Fomento» y similares se le vayan de las manos. Sin necesidad, que no la hay, de atracar un barco de guerra en la dársena de Fomento, es preciso hacer respetar a las mocedades naturales y caribeñas las reglas de los horarios, el orden de la calle y las normas de la convivencia. Como es necesario impedir que en fines de semana, por pretendidas despedidas, inunden las tardes-noches de la villa lamentables y hasta soeces desfiles de disfraces.
No es necesario atracar el buque, pero es necesario impedir que dentro, y hay que exigirlo a los explotadores de los negocios, o fuera de los establecimientos el matonismo pandillero imponga su ley. Nada en el interior del establecimiento contra la ley, pero mucho menos fuera, sea la hora que sea. Frente al desmán, cuya amenaza crece, la sociedad ha de reaccionar con fuerza.
