El ojo del tigre
La reciente constitución pública de una asociación de demócratas asturianos, que lleva el nombre de José Maldonado -el último presidente del también último Gobierno de la República Española en el exilio, cesado en marzo de 1977- podría ser una buena ocasión para reivindicar La República desde la serenidad del estudio histórico y riguroso del republicanismo español, considerándolo como lo que realmente debe ser: una ideología que basa sus principios en la educación cívica (individual y colectiva); punto de partida para el ejercicio práctico de la cultura democrática. Una serena reflexión ideológica, como primer paso para aproximarse a La República, es preferible a un planteamiento emocional voluntarista, reivindicativo, inspirado en la urgente recuperación del pensamiento republicanista mediante la agitación política desmesurada o utilizando el alboroto lúdico para llamar la atención de una opinión pública española, actualmente demasiado engolfada por un adoctrinamiento antirrepublicano que, incluso, ha sobrevivido al fenómeno de la rápida mutación de la dictadura militarista (1939-1975) en una democracia que no es tan plural, como se prometió, ni tan democrática como debería serlo...
Una República sin un espíritu republicanista, fielmente contrastado, probablemente acabaría tan dañada políticamente como lo está la presente Democracia avalada por la Constitución de 1978. Los riesgos que correría La República, sin ciudadanos republicanos severamente formados, serían los mismos que aceleraron el final de la República de 1873 y después el final trágico de la República del 14 de abril de 1931. En este aspecto, conviene recordar lo que opinaba, recién concluida la Revolución de 1868, Francisco Pi y Margall; el cual decía que las repúblicas unitarias, que lo son sólo de nombre, entrañan todos los vicios y todos los gérmenes de discordia de las monarquías.
Una República con dorsal (I República, II República, III República, etc...) acabaría siendo un cross de velocidad republicanista, pero no una carrera de fondo de permanencia republicana en el tiempo... Hablemos, entonces, lisa y llanamente de La República. La de 1873 llegó en aquel momento porque había que escoger rápidamente entre ella o el vacío político. La de 1931, llega impulsada por una oleada de opinión favorable, multitudinaria, para su urgente institucionalización. Ahora, no estamos ni en 1873 ni en 1931; pero sí coincide el momento actual (2008) con el de aquel segundo período histórico republicano en una cosa fundamental: la presencia de otra crisis económica parecida a la que estalló en los Estados Unidos en octubre de 1929, cuando un dólar representaba, al cambio en España, 6,84 pesetas. Dos años después de declararse la bancarrota norteamericana, España sufriría las consecuencias económicas y sociales de aquella depresión económica de siglo XX. Para entonces, un dólar valía 10,51 pesetas.
En política, la crisis española se planteaba en 1930 con la imposibilidad de poder alcanzar acuerdos entre los viejos partidos canovistas y los llamados constitucionalistas -entre los segundos estaba Melquiádes Alvarez- con los cuales se confiaba en recuperar el antiguo ritmo plácido de los consensos monárquicos, aunque en esta ocasión con criterios republicanos. Es este un barullo político, consecuencia del choque frontal de intereses personales y partidistas cuando se funda la Agrupación al Servicio de la República , cuya cabeza pensante era la del filósofo José Ortega y Gasset (el pensamiento de este ilustre filósofo también encandilaba a José Antonio Primo de Rivera).
Ahora, con esta flamante Asociación José Maldonado, -a cuyo rodaje asistimos con cierta dosis de esperanza y una tímida confianza en que consiga recuperar la reflexión política inteligente, para oponerse a la confusión ideológica interesada, que, probablemente, volvería a ser provocada por los que solo saben pescar en río revuelto- no creo que se pretenda imitar a la histórica agrupación orteguiana, pero sí podría ser -al menos para la sociedad asturiana- un buen comienzo para iniciarse en el arte de reivindicar el pesamiento republicano desde una serena y culta reflexión ideológica y el activismo político, con fundamento histórico, para una práctica del democratismo racional.
Al republicanismo español le hace falta, en la actualidad, mucha serenidad doctrinal; en cambio, le sobra el exceso de voluntarismo político y las trepidantes prisas para alcanzar la meta. Entre las prisas y el voluntarismo se cuelan, a veces, excesos partidistas que oscurecen la esencia del republicanismo interpretado como una política con fundamento ideológico y como una cultura cívica, tan necesaria para recuperar la normalidad propia de una convivencia social basada en la libertad de conciencia y, obviamente, en el rechazo a los vicios y todos los gérmenes de discordia de las monarquías. Como diría un Pi y Margall de este siglo que corre. Opino.
Lorenzo Cordero. Periodista.

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