Y de don Augusto al «Retablo» de Gijón (y II), de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
Si al pie de la estatua de don Augusto Gijón buscara, como quieren los amigos de la pancarta «pro Estado laico» (casi una hora con ella en alto, aguardando terminara su lucimiento el señor obispo), patrón civil para su barca, a fin de lograr la deseable separación de funciones religiosas y celebraciones laicas, debería saberse que, para adornar el ara y el roble de la fiesta, la Villa retablo tiene...
Y, como buenos vecinos, en el día que la autoridad señale para la fiesta, a más de saludar a Augusto y rendir recuerdo ante el retablo de la Villa, podríamos también calmar las aguas bravas del neptuno veraniego vertiendo sobre ellas litro y medio de las mansas y serenas que de la Fontica de Santa Catalina fluyen.
Para celebrar cualquier liturgia, religiosa o laica, de siempre hizo falta un buen retablo. Y el retablo ante el que pueden celebrar la Villa política y civil ni es el de San Pedro, ni es el de San Lorenzo, ni es el de San José, ni son los frescos del teatro de la «Laboralia», sino que es el «Retablo del Mar», reconstruido en madera, ópera máxima de don Sebastián Miranda, de la que el célebre pensador don José Vasconcelos, «Apóstol de la Educación Americana», escribió en su día esta bella reflexión: «La obra responde elocuentemente a los que piden un arte de estilo Republicano. El pueblo en su faena, recogidos los frutos de la mar, transidos los personajes de su emoción cotidiana».
El retablo del Gijón auténtico no es otro que el «Retablo del Mar», que, al igual que el retablo gótico-renacentista de la catedral de Oviedo, aparece poblado de multitud de figuras, agrupadas las religiosas en cuadros de iconografía cristológica y poblado el marinero por multitud de personas del barrio alto, que pueden individualizarse por oficios con sus nombres y apellidos: en la tribuna superior, por razón de su importancia, las imágenes de «balboneras» y «sardineras», «exportadores» y «fresqueros», en actitud de espera atenta para la subasta; y en el «patio de operaciones», siempre húmedo, aparecen, junto a curiosos de la villa alta y de la bajovilla, tejedoras, rederos, patrones, mozas y neños del barrio, más los «acarreadores» y las «focas», que habrán de transportar el pescado recién adquirido por la tribuna, sobre la espalda o a la cabeza, a los carros, o, por la cuesta del Cholo, a las bodegas... Y en el santo suelo, junto a «goxos» y «paxos» que esperan, quedó perpetuada la mejor representación de la riqueza de Neptuno, de la que, como los raros relojes del Lombardero de los Oscos, casi ni quedan: abadejos, agujas, angulas, besugos, bugres, cabras, cangrejos, congrios, estrellas, golondros, julias, langostas, merluzas, meros, ñoclas, ostras, palometas, pulpos, ratones de mar, rayas, reyes, rodaballos, emperadores, salmonetes tiñosos y birreyes... Cada especie, con su aspecto y su sabor: y en cada cocina, el secreto de una receta...
Ricos, frescos y abundantes pescados que por los años del «Retablo», 1931-1933, guisaban estupendamente en El Mercedes, El Nalón, El Planeta, Casa Víctor, Las Delicias, La Cueva, La Parra, La Flor de Veranes, Los Doce; o en Benigno, Corripio, Fornos y Zabala... y hasta en el Savoy-Hotel, cuya cocina tenía renombre... antes de que dos extranjeros, siendo el Saboya de don Ramón, cayeran a Corrida en la buena compañía del balcón.
Don Sebastián Miranda, gastrónomo y farándulo, amigo de toreros, poetas, filósofos y gitanos, trabajó junto a la rula del muellín de don Florencio su «Retablo del Mar» con devota unción y verdadera mala suerte, aunque al fin y al cabo, si dos veces rehízo la obra, dos veces la vendió sin pérdida...
En escayola policromada quedó fijado en el primer «Retablo» el barro con que amasó el artista las figuras del Gijón Alto de su tiempo, precursor del nuestro, sucesor del Gijón de las ballenas y las traineras; allí, con hombres y mujeres de Cimavilla y con las glorias del Cantábrico, quedó para siempre, en alto y bajo relieve, perpetuada una parte del Gijón clásico; obra que viajó, sufrió los avatares de la guerra y fue, por fin, y al cabo de muchos años, recuperada para ser el retablo definitivo del primer oficio de la villa.
Gijón, hasta nuestros días, prácticamente hasta ayer, sólo celebró tres veces ante el «Retablo» de Miranda. La primera, sin ser dueño de la obra, en mayo de 1933, a dos meses de la inauguración de La Escalerona, el altar mayor de la playa. Ofició aquel solemne gaudeamus en el salón del Instituto, donde quedó instalado el «Retablo», don Indalecio Prieto, ministro de las Obras Públicas, asistido por el alcalde, don Gil Fernández Barcia, y por don Secundino Felgueroso, presidente de la JOP.
La segunda celebración, con llegada en enero de 1973 y adquisición municipal en marzo, por el precio de cinco millones de pesetas, con aplauso de las multitudes y el voto en contra de un concejal, que consideraba «que se trataba de un gasto demasiado elevado», la presidió el entonces alcalde, don Luis Cueto Felgueroso.
Y, por fin, la tercera ofrenda, el pasado viernes 27, con reparto de magnífico libro-catálogo, obra de doña María Soto Cano, prólogo del celebrado Barón Thaidigsmann, la presidió nuestra señora alcaldesa, doña Paz Fernández Felgueroso.
Setenta y cinco años, un «Retablo», el de don Sebastián Miranda, y tres Felguerosos para la villa... La amiga Luisa Peláez, cívica y a la vez devota, me decía en el santuario enmoquetado de la Torre, donde, de momento, luce el «Retablo»: «Muchas veces subo a verlo sola». Amor de Gijón.
