Patronas y patronos, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
A finales de 2006, vio la primera luz de la providencia un muy interesante trabajo de doña Gracia Suárez Botas, titulado «Hoteles de viajeros en Asturias»; y, hace sólo algunas fechas, se inauguró en la Vieja Rula una vistosa exposición (buena, como todas las que patrocina la Autoridad Portuaria, que todo lo hace bien, menos el relleno de El Musel y la tremenda instalación de un «indigno portón» en su vieja sede, que rompe, aunque puede que sea de seguridad e irrompible -como rompió el adosado del Colegio de los Arquitectos sin piedad la casona de los Ramírez-, con la tradición, el sabor, el orden y la armonía de nuestro primer suelo) sobre el puerto trasatlántico, donde tiene especial trascendencia el componente «fondista» de nuestra villa, como puerto de viajeros y playa de bañistas...
Al Gijón de siempre Dios le puso la mar a la puerta de casa; y Jovellanos, la casa (los destrozos los pusimos entre todos). Y la mar trajo la pesca... Casas de huéspedes y barcas de pescadores. Patronas de fonda y patrones de lancha... Y muchos mirones.
Doña Gloria, en su primer trabajo, se ocupa de los hoteles y las fondas de toda Asturias; y en el que aparece en el libro de la exposición «El puerto de Gijón, escala turística», de los grandes hoteles de Gijón, que primero fueron fondas, La Iberia, El Comercio, El Malet, La Marina.
De los famosos «patrones» de Cimadevilla, hoy Cimavilla -sin la distinguida «de», por decisión de la Comisión Toponímica, del que tan hermoso libro, «Diccionario», ha editado nuestro Ayuntamiento, acompañado de una topografía magnífica, obra, me dice el señor D'Andrés, de un funcionario callado, aunque no omitido en los créditos, DdonAgustín Lanero- se ocupó, en sus días, don Víctor Labrada; a él debemos los recuerdos de Peraldillo, Pedrón, y tantos otros como desfilan por sus páginas; y la pervivencia en la historia local del gran trío de patrones formado, cada uno en su barca, por Placidín, «El Rey»; Julianín, «El Príncipe», y Maiximín, «El Infante».
Pero, a más de los establecimientos y nombres que doña Gloria nos recuerda, como el de la patrona doña Ramona Vega, que descubrió, en La Esperanza del Rastro, hoy Linares Rivas, el arte de atender económicamente, pero a cuerpo de reina, a las carbayonas menestrales y a las leonesas del «sábanu», «probines, -solía decirles cuando las animaba a salir al paseo del boulevar bien acicaladas-, en Gijón todes somos como princeses»; o el de doña Juanita Malet, «Mme. Malet», la hija madrileña del famoso don Luciano, natural de Dax y enamorado de Gijón, que después casó con don Manuel Pérez Conde, el hijo de la tía Rita, que ejerció su patronato local, a lo gran dama -como nos informa, siempre exacta, doña Gloria- desde su cómoda butaca, instalada en el hall del gran edificio traidoramente derribado, que, gracias al poderoso capital de don Florencio, hizo la admirada esquina francesa de Corrida/Munuza...
Supo doña Juanita en su corta vida de patrona, 40 años contaba cuando falleció de fulminante neumonía el 17 de octubre de 1918, atender y servir tanto a la encumbrada realeza borbona, como a los exigentes viajeros de la «guerra», mixtos de lujo, carbón y caprichos...
Pero no de todas las patronas pudo ocuparse doña Gloria, que su misión era Asturias entera, por lo que será oportuno recordar hoy brevemente a la primera patrona conocida de la villa, Mme. Garreau, que estableció en el Gijón creciente, fonda a la francesa y restaurante parisién. En la fonda-hotel, dio albergue al viajero de posibles; y en el restaurante, descubrió al «pudiente» local poco viajado, que era minoría, las finezas de la cocina del tercer Imperio francés.
Y entre las patronas menores, no deberíamos olvidar, por honrar nuestra propia historia, ni a doña Francisca Olavaria -hermana de apellido, pero no de padre, del opulento naviero y ferviente republicano-, que en su «casa» de la calle de la Vuelta, hoy Cervantes, ofrecía muy apreciados baños templados de tina a la oficialidad de la marina mercante, cuyos posibles no llegaban, como llegaban los del capitán Ribot, a las alturas de La Iberia; ni a doña Carmen Díaz, que tuvo su fonda en la calle de San Bernardo, n.º 1, donde luego se establecería el hotel Madrid, con entrada, en su tiempo así se bautizó, por la plaza de la República. Esta casa fue muy apreciada por sus guisos de «maruca», que a los de tierra adentro, y a más de un gijonés de toda la vida, pero no a los «playos», «colaba» por bacalao...
Y a los viejos patronos ya citados, a los que mitificó, como Hércules de Basurto, don Víctor en sus nostalgias de Cimadevilla y Gijón, podemos añadir los Quiñónez de los Rufino y Eduardo Marino; Xuan Laviada; José Tamargo; y tantos otros que también pasan por sus páginas, y sumar otros, que me apunta el añorante Chema Allongo, que aún recuerda, entre sustos, cuando «la muerte» -cura, monaguillo y campana- visitaba el barrio alto: Nani, patrón y jugador del Sporting, y Nani su hijo; y Pedro Marino, y Miguel Regalado y Juan Carlos, «El Playu», último rey de la sardinada gijonesa..., escuadrada que hoy sólo vive en el recuerdo. Sin olvidar a los pescadores de a pie, el Monroyu; Tarabicu; El Manquín, El Pitorru, de los Montotos de Lastres...
Quizás el paciente lector pensara que iba a ocuparme en este cuento de patronas y de San Pedro... Ya lo ve, ni por un momento.
