Cuando don José Moreno Villa, natural de Málaga, institucionista, soberbio diletante de la pintura y las letras, cumplidos sus treinta y seis años, llegó a Gijón, al declinar el verano de 1921, para desempeñar su plaza de bibliotecario del Instituto Jovellanos, el primer contacto que tuvo con la realidad de la villa fue con el barrio obrero de El Llano, donde residía su rico pariente político, el ingeniero de minas, capitán de industria y promotor de mil actividades en la villa gijonesa, el también malacitano, don Domingo Orueta Duarte, que de la declinante «ferrería» malagueña del señor Heredia, había venido a Asturias como miembro del cuerpo oficial de Ingeniero de Minas, designado profesor de la Escuela de Capataces, entonces Escuela de Auxiliares de Facultativos de Hornos y Máquinas, que el Estado mantenía abierta en Mieres.

Fue don Domingo Orueta, desde niño, devoto, a la jovellana, es decir, de verdad, de las ciencias útiles, que cursó en Inglaterra; su amor a la geología, que había heredado, junto con regular fortuna, de su señor padre, lo llevó a descubrir en la Serranía de Ronda yacimientos de diversos minerales y entre ellos, unos de rico platino...

Llegaba Moreno Blanco a la casa de los Orueta por relación familiar y amistosa: su padre era primo de doña Manuela Castañeda Ramírez, la esposa de don Domingo y, además, él mismo mantenía desde años íntima amistad, a pesar de la diferencia de edad, con Ricardo, hermano del ingeniero, que en tiempos «normales», llegaría a desempeñar brillantemente la Dirección General de Bellas Artes.

Los dos hermanos Orueta, y su primo Francisco, además de a Gijón, estuvieron unidos un tiempo al muy gijonés ideal melquiadista, del que don Domingo se apartó, aproximadamente sobre 1919 para acercarse al Rey; y Ricardo, por irse a la izquierda, con el señor Azaña; continuando fiel a don Melquíades, Francisco, diputado por Gijón entre 1920 y 1923, también ingeniero, y vecino de Somió.

Con Ricardo, había convivido Moreno en la Residencia de Estudiantes de Madrid. García Lorca, también huésped de la casa de los estudiantes, dejó, entre su genial obra seria, unos divertidos diálogos en los que, entre otros residentes, aparecen Moreno Villa, Ricardo Orueta y Luis Truán cargando con sus respectivas máquinas fotográficas y tratando de viajar a Gijón... del que Moreno recuerda, en su «Vida en Claro», la gran casa del pariente rico: «espléndida, anchurosa y revestida de madera por dentro, como las casas inglesas. Tenía un gran huerto y la fábrica de vagones y herramientas dentro de la finca, enclavada en el barrio de El Llano».

Pasados quince días, el recién llegado abandonó el palacete y tomó pensión económica, proporcionada a su sueldo de funcionario, y desde ella, vio Gijón de otra manera, «como una mina, como un túnel sombrío...», del que escapaba sumergiéndose, las tardes de invierno en la Enciclopedia Francesa, del Casino; jugando al tenis en el club de este deporte, bautizado con el muy londinense nombre de Gijón Lawn Tenis Club, ubicado en el hermoso parque de recreo de los Campos Elíseos, donde se duchaba con agua fría, por carecer la pensión de tal adelanto higiénico y el club de calentador; y dando largos paseos, los atardeceres sin lluvia, con el pintor Piñole, que también, en su casa, se duchaba con el agua fría de Llantones...

La finca de los Orueta, en El Llano de Arriba, se encontraba justo en el entronque de la carretera Carbonera con la del Obispo, donde hoy está el parque dedicado al recuerdo del hijo de don Domingo, trágicamente muerto... lugar conocido como La Jabonera. No lejos, se encontraba la célebre Cuchera, gran llanada a la vista del cementerio de Ceares -hoy perfectamente urbanizada- monumento maloliente y antihigiénico, donde la villa acumulaba lodos, basuras y desperdicios de toda clase, también de pescado, por lo que el olor a podrido corría, como las ratas, libremente, medio kilómetro a la redonda... Por aquellos años, buena parte de la población obrera de El Llano moría, sencillamente, de peste que, según los vientos, también llegaba, hasta que fue desecada, a los buenos aires de la finca-fábrica del señor Orueta, a cuya puerta, llegó el adelanto del tranvía «de sangre», en 1905 y, en 1909, en auto y de visita, la Infanta Isabel, «La Chata».

Para instalar su industria, don Domingo, primero, alquiló la finca, donde habría estado la fábrica de jabón, que luego compró con la ayuda del crédito industrial gijonés, del banquero Luis Belaunde. Las reformas fueron tales que, además de hacer de la vieja casa un palacete y de la huerta, jardín y vivero, convirtió las naves de trabajo en establecimiento higiénico, luminoso y espléndido...

Don Domingo, apasionado del progreso industrial, había comenzando su industria gijonesa en 1893, con la fabricación de frascos de hierro «patentados» por él, destinados a contener el azogue de las minas de Almadén, actividad sin competencia, con la que se enriqueció durante treinta años... después, 1896, la amplió con moderna instalación dedicada a la fabricación de palas, con acero procedente de la Duro Felguera... más tarde, incluyó en su catálogo otras herramientas destinadas a la minería y la agricultura y, por fin, inició la prestigiosa fabricación de coches de ferrocarril y tranvía... llegando a tener en su establecimiento más de doscientos obreros. Firme y bien desenvuelto el negocio, sobre 1923, lo dejó en manos de su hijo Manuel, ingeniero como él, y se instaló en Madrid para entregarse a sus dos grandes aficiones, los estudios de geología, que le llevaron en 1924 hasta el lejano Egipto, y la microscopia que, por el contrario, lo retenía atado a su silla.

Compaginó don Domingo, durante su estancia en Gijón, tal era su interés por todo y su capacidad de trabajo, su actividad industrial en El Llano, con la cátedra de Electrotecnia en la Escuela de Capataces y con la dirección, como ingeniero-director, de la Fábrica de Mieres; además, en tiempos bien convulsos, ejerció la presidencia de la Agremiación de Fabricantes e Industriales, desde cuyo puesto dirigió con mano firme, como nueve años antes lo hiciera el joven don Emilio Olavaria, la huelga de 1910... iniciada, ¡vaya por dios! en el servicio de carpintería de sus propios talleres, cuando quiso «imponer» (¡tantas palas fabricaba!) la jornada de diez horas para surtir de mangos sus palas, en vez de las nueve que venían realizando los operarios. Sufrió Orueta, en plena huelga y en la plaza del Carmen, donde hoy la Caja, cuando esperaba, con su esposa y otras personas, el democrático tranvía eléctrico de El Llano, (¡en plena huelga!) un atentado la tarde de San Juan, obra del joven anarquista Marcelino Suárez Sánchez, natural de Porceyo, «por ser el causante de la huelga que hoy existe en Gijón...», se justificó el autor del atropello.

A pesar de tan intensa actividad industrial y social, no olvidó ni el estudio, ni la propagación del saber, dando conferencias en diversos círculos e impulsando las actividades de la Extensión Universitaria... Ni tampoco olvidó, ni por un momento, su gran afición, la música, ¡hasta tres mil cilindros grabados llegó a reunir para el órgano eléctrico que tenía en su salón! A su iniciativa, con la de los Merediz, Solares, Murillo y otros doscientos setenta y cinco conspicuos gijoneses, se debió la fundación, el 2 de abril de 1908, de la perdurable Sociedad Filarmónica Gijonesa, de la que fue primer presidente.

A los sesenta y cuatro años, en 1926, falleció don Domingo en Madrid, cargado de honores académicos. Seis meses después, una tremenda tragedia asolaría su familia gijonesa, de la que otro día hablaremos. Don Domingo, como los más destacados gijoneses de su tiempo, entregó a la villa saber, energía y entusiasmo industrial y es de los impulsores que no cuenta -sí su hijo Manuel- ni con calle, ni con paseo... Valga este rápido boceto como intento de reparar el olvido...