En Cimavilla, concluidas con el verano las faenas de la sardina, llegaban, con procesiones, verbenas, cohetes y rosquillas, las fiestas de la Soledad que, de siempre, y más con las «Ritas», cerraron las del «todo» Gijón, y que, a pesar de las dificultades que puedan suponer ahora tanto la modernidad de los tiempos como el nuevo vecindario o la ola gigantesca de la crisis deben seguir cerrándolas...

Cimavilla, Atalaya sobre la mar, Norte y, a un tiempo, germen y primera morada de la villa, marcó el rumbo y definió el carácter popular e industrioso del Gijón que hoy vivimos, y en el que todavía, y pese a pardas y viperinas lenguas de gaviota que todo lo enredan, los gijoneses normales aún disfrutamos de paz y alegre vida...

Gigia, al contrario que casi toda Asturias, no creció, como los champiñones, en lo oscuro de una cueva (cuevas famosas: las del Miñor y de La Fundición, en Oviedo; la de les Yegües, en Benia; la de la Granda, en Gozón; sin olvidar la caprichosa del metrotrén, «cosa» nueva en nuestra villa), sino que la Gigia germinó y creció al aire, libre, salitroso y mercantil, de las viejas tiendas de «todo», abiertas al cielo junto a la pescadería, que Piñole, en su «soledad», eternizó para siempre...

Y desde el aire, aún más libre Eolo, de aquel campo alto, tuvieron los gijoneses, hasta recientemente -perdida «la rayita» por culpa del brazo inútil del gran pecado de El Musel (mientras haya obra hay vida)-, vista privilegiada, casi infinita, gracias a Tea, sobre la inmensidad inquieta y fresca de la océana mar, nuestra frontera natural con el hoy casi hundido «Reino Unido». Mejor flota el nuestro, aunque «desunido», y falto el reino, de letra en el himno, de amor en el trono y de fiesta nacional...

Los sufridos vecinos de la alta Cimavilla desfogaron sus primeros humores: ellos, en las faenas de la pesca de la mar de verano; ellas, en la fábrica de tabacos, en el arrastre del «pexe» a las bodegas, o en la venta callejera de «les sardines fresques» y, sobre todo, con los seriales comunales en el campo de la Quintana, tras las casas bajas del filántropo y honesto Batalón, donde recibían las vecinas electrizantes descargas con las «tragedias» de las tres: anuncio, del negrito del Cola-Cao; letra, de D. Guillermo Sautier Casaseca y D.ª Luisa Alberca; voces, de Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa, Juana Ginzo; lágrimas, y muy sentidas, de todo el grave senado femenil, silente, alrededor de la «radio»: escuchada, por cada una, desde su trono bajo, el de coser, el del «asientu d'enea»...

La Soledad, calle y plaza; de siempre, estuvieron en la media altura del Gijón alto. Cuando más baja estuvo la popular plaza fue cuando en ella tomó vivienda el verdugo local. Su sola figura, negra, cazurra y huesuda, imponía temor a los mayores y aterraba a las criaturas, con el espanto del «¡que viene el coco!...».

Por fin, a la Soledad llegaron, el ruedo, la capilla y la comedia, cada cosa a su tiempo y en su lugar. La comedia y el ruedo, a la plaza, frente a la Consistorial, y a la que sería después casa de todos los Tamargo; la capilla, chica, llana y devota, sobre la Artillería, al otro extremo de la calle, la limpia pescadería de Agustín, hijo del viejo Agustín, el rey sin corona del arte del abaraque...

Sardinas de abaraque o albareque, las más brillantes, y las pescadas de Agustín, las más buscadas; sardinas deslumbrantes que entraban en la red con la luz «falsa» de la media noche.

La sardina, como la realeza, subía, entre julio/agosto, a nuestra costa «por gozar la fresca». Refrescadas, volvían las sardinas de plata a sus aguas templadas, y las realezas, tostadas, a sus aislados alcázares, letizias de ensueño... Y cada quien, como podía, aprovechaba los generosos rayos que el dios del verano ponía a su alcance, mar y corona...

Los pescadores, como Agustín, con su lancha, redes y tres o cuatro agustinos, los aprovechaba para pescar y vender la mejor sardina de albareque; los señores del Consistorio y la nobleza titulada tiraban a los pies de las realezas, guapas o feas, gordas o flacas, sus redes, tejidas de mil halagos, por pescar con ellas, títulos, prebendas y pensiones, y, generosos, hasta embellecimientos y mejoras locales; como hoy el Mayoral, señor Areces, aprovecha a fondo el buen rayo que le da de no tener opinión crítica, ni oposición, activa ni ovidia, para deslumbrar a la opinión pública con el farol de su buena labia, con la que pregona su incansable actividad política, aunque, mayormente, sea la tal, a más de confusa, dispersa y difusa...

En Soledad total sufren hoy grave crisis, con el dorado banquero nacional, el oscuro industrial multinacional..., y hasta el modesto zapatero de portal. La señora alcaldesa lo hace en su sillón..., y el obispo con los hijos de San Juan... en su calesa.

En la Soledad está hoy la asociación de vecinos, y en la capilla, el Nazareno..., el ruedo en el Bibio, y en la Atalaya, la comedia de don Elogio, mientras enfrente, mar por medio, caen a mínimos trasiegos de graneles y de aceros...

En la Soledad del gran aprieto, económico, social y político, que se nos viene encima comprobaremos los astures de hoy si los mayorales de nuestra nación son malos o buenos...

¡Arrea carreteru,/ mira que llueve!