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ATENEO REPUBLICANO DE ASTURIAS

ARA

Categoría: Periódicos digitales

18 Enero 2008

La libido sexual de la Corona de España, de Concha Barrigós en El Confidencial

El de un rey, Fernando el Católico, muerto a causa de una sobredosis del "viagra" de la época, o los muchos de la viuda de Fernando VII, María Cristina, con Fernando Muñoz, con quien tuvo ocho hijos, son algunos de "Los grandes polvos de la historia", destacados por José Ignacio Arana en su nuevo libro.

Arana, médico y profesor de Pediatría de la Universidad Complutense de Madrid, quería que su libro tuviese el "recatado" título de "Historias Curiosas de la Sexualidad" pero, según ha revelado en una entrevista con Efe, "las mujeres de Espasa Calpe", que ha editado el libro, "son tremendas y viendo su contenido decidieron que no podía llamarse más que como se llama".

"Los grandes polvos de la historia" es un ensayo riguroso sobre la sexualidad a lo largo de la historia, aunque escrito "en tono desenfadado". De entre todas las pasiones amorosas, Arana destaca la que embargó a Fernando el Católico, ya viudo de Isabel, por Germana de Foix, a la que llevaba 36 años.

Se casaron, tuvieron un hijo, Juan, que murió, y una vida sexual inusual entre la realeza. Para atender a los requerimientos de su esposa, Fernando el Católico se "medicó" con cantárida, un insecto que contiene una sustancia responsable de una vasodilatación muy parecida a la que produce la "viagra".

El problema es que la cantárida puede provocar graves episodios de congestión, que es lo que le pasó a Fernando el Católico cuando en 1516, con 64 años "en la espalda" y de camino al monasterio de Guadalupe, hizo una parada en Madrigalejo y tomó, "para satisfacer a la fogosa Germana", una "sobredosis" que le provocó una hemorragia cerebral.

Fernando VII, "lujuria de animal".

También inusual es la historia de María Cristina de Parma, la cuarta esposa de Fernando VII, a pesar de que era su sobrina, y que "aguantó dignamente" los cuatro años de matrimonio, durante los que tuvo dos hijas -Isabel II y Luisa-, con "un sujeto de repulsivo físico" que solo "yacía con ella con lujuria de animal y no con amor de esposo". Murió él, y ella, a los tres meses, se rindió a la pasión que despertaba en el soldado del cuerpo de Guardias de Corps Agustín Fernando Muñoz. Contrajeron matrimonio secreto pero ella continuó de regente viuda hasta que Isabel II, con 13 años, fue proclamada reina.

Hasta entonces, María Cristina combinó la regencia con los embarazos, sin que pasaran desapercibidos en los mentideros: "Lloraban los liberales que la Reina no paría, ¡y ha parido más Muñoces que liberales había", decían las coplillas de la época. Esos escándalos serían hoy impensables porque la vida ha cambiado mucho, fundamentalmente gracias al mayor avance en la sexualidad: la contracepción, que ha permitido desligar reproducción de sexo", afirma el autor.

Arana pide "indulgencia y respeto" para casi todos los protagonistas de su libro porque, para algunos, como el general Serrano, "un sinvergüenza que violó a Isabel II cuando era aún una niña", guarda el mayor de sus desprecios.

También tienen su espacio los "polvos" que desembocaron en hijos siempre cuestionados porque a su padre se les atribuía impotencia, caso de Enrique IV, y en "ilegítimos", entre los que el autor, "en un atrevimiento impertinente pero sugestivo", incluye a Alfonso XII. "Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía", dicen que dijo Isabel II, titular de una "agitada vida sexual", a su vástago.

Arana, autor de la novela "El telón de terciopelo", que acaba de editar Gran Guiñol, dedica a Alfonso XII y Alfonso XIII un capítulo con el título "Las 'aficiones teatrales' de los Alfonsos" para referirse a las relaciones que tuvo el primero con Elena Sanz, con la que tuvo cuatro hijos, y el segundo con Carmen Ruiz Moragas, madre de Leandro.

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4 Enero 2008

El Rey y el Príncipe, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

El Rey don Juan Carlos I cumple 70 años y casi la mitad de ellos al frente del Reino de España y con un excelente balance de su reinado. Aunque en este preciso aniversario el horizonte político y económico que se presenta ante los españoles no sea nada halagüeño y está preñado de nuevos y viejos desafíos que tienen que ver con asuntos de calado, como son la identidad y la unidad nacional, así como serias divergencias entre españoles a las que se les va a sumar un mal ciclo de la economía que amplificará la situación.
Es verdad que, desde que accedió al trono, don Juan Carlos ha encontrado momentos mucho más difíciles como el inicio de la transición o el golpe de Estado del 23-F. Pero sorprende que, con treinta años de Constitución y de convivencia en paz y prosperidad económica y social, ahora, a estas alturas, reaparezcan en el escenario español cuestiones que parecían erradicadas y a las que se les ha abierto la puerta la pasada legislatura durante el mandato del presidente Zapatero. Como, también, en esa legislatura, hemos asistido por primera vez a un ataque político contra la Corona, provocado desde los sectores más radicales del nacionalismo, como los que lidera en Cataluña ERC, el partido que comparte el gobierno de la Generalitat con el Partido Socialista. Un acuerdo “contra natura” democrática y constitucional que ha incluido la tensa reforma territorial del Estado en curso, y también la fallida negociación con ETA, y el posterior regreso del terror.

El Rey ha sabido reaccionar, y ante la pasividad de los partidos políticos y de las instituciones, ha sido el monarca quien ha puesto en valor su figura y la propia institución monárquica con discursos donde ha reivindicado el rol de la Corona en la transición. Y con iniciativas decididas y premeditadas, tales como el viaje a Ceuta y Melilla (para subrayar la unidad de España), la visita a las tropas españolas destacadas en Afganistán (como Capitán General, para que no se olvide que sigue al frente del Ejército, en contra de lo que pretendió, en el Senado, ERC), y su imperativa y sonora petición de silencio al presidente Chávez, entre otras cosas y gestos que han merecido el aplauso y el apoyo popular.

Y una posterior y un tanto tardía reacción del Presidente Zapatero, de su Gobierno y de su entorno mediático (RTVE y Prisa/El País), temerosos todos ellos de que los ataques al Rey y el prestigio del monarca puedan influir en la posible derrota de los socialistas en las próximas elecciones de marzo. Porque el Gobierno, el PSOE y esos medios de comunicación saben que los pactos de Zapatero y del PSC-PSOE con la Esquerra Republicana están en el origen de esta crisis sobre la Corona, a la que se han sumado de manera grotesca un ruidoso sector de la extrema derecha del PP, que lidera la Conferencia Episcopal a través de la COPE, desde donde se ha solicitado la abdicación del Rey, también agredido, en dichas circunstancias, por un eurodiputado del PP.

El Rey ha pasado, otra vez con éxito, un nuevo desafío y contratiempo, pero hay algo que no podrá evitar: que entre los nacionalistas se dio un paso, premeditado, de agredir a la Corona como medio para presionar al Estado en sus reivindicaciones de soberanía o independencia. Los ataques no iban dirigidos al presidente del Gobierno, sino al Rey, sabedores del efecto mediático y político de semejante actuación. Algo que ya sabía y había intentado ETA, con la preparación de un magnicidio en Palma de Mallorca que, afortunadamente, fracasó.

Y quizás este ataque a la Corona, como consecuencia del desvarío federal o confederal de Zapatero, sin la previa reforma de la Constitución, y el deseo del presidente de revisar la memoria histórica de la Guerra Civil y todos los pactos y consensos de la transición, nos lleva a la conclusión de que dicha y famosa transición —cuyos males o errores nadie ha querido subrayar en aras de un cierto triunfalismo oportunista— está bastante agotada, como Régimen y sistema de poder, y empieza a enseñar sus flaquezas. Y bien merecería un punto y final para pasar de la transición de la partitocracia (el gobierno de los partidos) en vigor, a la democracia (el gobierno del pueblo) verdadera.

Naturalmente, para ello, haría falta una reforma en profundidad de la Constitución, y por lo tanto un gran pacto entre el PSOE y el PP, si es que sus dirigentes saben lo que es y quieren una democracia, renunciando al poder y privilegios de los jefes de los partidos para que el pueblo recupere su soberanía —estos pasados 30 años cedida al aparato de los partidos— y, de una vez, se imponga un sistema electoral directo, sin ventaja alguna para los nacionalistas, y verdaderamente representativo. Para que también quede escrita en la Constitución, como tal, la verdadera separación —que hoy no existe— de los poderes del Estado: la independencia de la Justicia, sin que los partidos y otros poderes intervengan en su control y dirección; la autonomía del Parlamento frente al Gobierno, para controlar y no para servir al Ejecutivo; y la autonomía de Ejecutivo y supremacía sobre los partidos, lo que solo será posible si no se construye una monarquía nueva y presidencialista (una buena idea que en su día avanzó Maurice Duverger y de la que tuvo noticia don Juan de Bordón, padre del Rey), que permita la elección del jefe del Gobierno por sufragio universal, en una votación que integra a todos los españoles y ajena a los comicios legislativos.

Esta es la tarea pendiente en España. El Rey impulsó la transición y ahora le toca al Rey impulsar el trasvase hacia la democracia en condiciones más fáciles que la que habitaron el final del franquismo, para que el Príncipe don Felipe pueda acceder, en su día, a un Reino nuevo, más modernos, más democrático y más representativo. Lejos de las corrupciones, intrigas y los desvaríos autoritarios o centrifugadores del Estado, a los que nos llevaron (González, Aznar y Zapatero), en los pasados 30 años de Constitución, en el vigente sistema político con su tentadora acumulación de poderes —ese es el verdadero fantasma o mal de la Moncloa— y déficit de representatividad directa y verdaderamente justa y proporcional de todos los ciudadanos españoles. Treinta años, justo es decirlo, de grandes progresos económicos, sociales, de modernidad e integración internacional, y sobre todo de paz y de convivencia en libertad. Pero incompletos en lo que a la democracia de verdad se refiere.

Aunque en los últimos seis años, a raíz de la crisis abierta por el último gobierno de Aznar (Irak y 11M) y de sus maneras autoritarias y patrioteras, y por el disparate confederal de Zapatero, la situación y convivencia de los españoles se empezó a deteriorar, en casi todo. Hasta en la economía, frente a una crisis anunciada que el gobierno no ha previsto, y con ataques a la Corona, al poder judicial y a la unidad e identidad nacional. Y, en estas circunstancias, nos acercamos a unas elecciones en las que se habla mucho de empate entre el PSOE y el PP. El que, de producirse, debería favorecer un gobierno de concentración entre las dos grandes formaciones políticas para hacer tres cosas esencialmente: recomponer la convivencia rota en los pasados años de Aznar y Zapatero; abordar la crisis económica y social que se avecina; y afrontar la reforma democrática, el paso de la partitocracia a la democracia.

El Rey don Juan Carlos I tiene tras de sí una ingente labor que la Historia le reconocerá. Pero falta todavía un impulso más, el salto hacia la democracia, porque el agotamiento y las carencias del régimen de la transición a la vista están y son la causa de muchas de las crisis vividas estos años e incluso de la incipiente debilidad del Estado, frente a la fragmentación autonómica que los partidos nacionalistas quieren llevar hasta el final. Y si no se ataca el mal de raíz, con clarividencia y decisión, entonces el cuerpo enfermo de la transición, con la Corona incluida, empeorará camino de su perdición. No se trata de regresar a los años pasados de estabilidad, sino de avanzar hacia la consolidación democrática, de manera inequívoca y poniendo en valor la fuerza y la autoridad del Estado sobre todo lo demás. El Rey tiene aún nuevos retos por delante, y el Príncipe don Felipe lo debería de ayudar.

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2 Enero 2008

El Rey y la gran coalición, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

¿Ha insinuado el Rey que el PSOE y el PP se encaminen hacia una gran coalición después de las elecciones de marzo, en su discurso de Navidad, en el que tanto habló de unidad, cohesión y Constitución? El Rey Juan Carlos I, con su mensaje de Navidad, ha puesto un poco más de misterio al día del gran misterio de la cristiandad, en el que el Papa Benedicto XVI ha vuelto a reclamar la existencia de Dios y ha lanzado un mensaje de paz, al mismo tiempo que su obispo de San Sebastián, Uriarte, trataba de equilibrar, en su homilía navideña, el dolor de los asesinados por ETA con el de los asesinos encarcelados y sus familiares, lo que no deja de ser un sarcasmo y una hipocresía propios de quienes ponen un vela a Dios y otra al diablo.

Sobre todo porque en ciertas cuestiones, como las del terrorismo, no hay escapatoria salomónica posible, aunque eso es, precisamente, lo que quiso hacer el Rey Juan Carlos I en su tradicional mensaje de Navidad, en un intento inútil de satisfacer y acercar, a la vez, al Gobierno de Zapatero y a la oposición de Rajoy. Al tiempo que recordaba su compromiso, como Rey, con España en un gesto que parecía responder a los ataques sufridos por la Corona en el año que se acaba. Aunque lo hizo con igual tibieza y parca intención con la que, también, destinó una especial alusión a Iberoamérica, subrayando todo el respeto español a sus pueblos e identidades, en recuerdo del “por qué no te callas” a Chávez.

Los discursos del Rey suelen estar llenos de obviedades y ambigüedades y, como los pronunciamientos de la Sibila de Delfos y otros adivinos, trata de convencer a quien los oye de que les da la razón, aunque sean personas de uno u otro bando o partido que están enfrentadas por una misma cuestión. Por ejemplo, el Rey pide unidad de los partidos para la lucha contra el terror de ETA y desde el PSOE se dirá que eso es un tirón de orejas al PP porque los de Rajoy no apoyan al Gobierno de Zapatero, que es quien debe dirigir esa lucha contra los terroristas. Mientras que, desde el PP, la lectura que se hace de las palabras del monarca es, precisamente, la contraria: que se trata de una dura crítica a Zapatero por haber roto el Pacto Antiterrorista y también porque le dice que tiene que actuar con el poder judicial y todas las fuerzas de seguridad para derrotar a ETA y, por tanto, para nunca más negociar, que es lo que dicen en el PP. Al final, el Rey apela, con una decidida claridad, a la unidad contra el terrorismo diciendo que ello es “una obligación y un deber” de todas las fuerzas políticas.

El Rey también se refirió a la unidad de España y su diversidad, creemos que para contentar a los españolistas y nacionalistas, aunque a estos últimos, desde que Zapatero les dijo que la nación española es discutida y discutible, lo de la diversidad y el pluralismo español y constitucional les suena ya a monserga, porque ellos ya están en otras cosas, como la autodeterminación o la independencia.

En cuanto a las varias alusiones al consenso, cohesión y unidad de un país, más justo, integrado y solidario, o su llamamiento a la “cultura de unidad”, todo eso no deja de ser una letanía que a los políticos, y máxime durante la presente campaña electoral, por un oído les entra y por otro les sale. Entre otras cosas porque nadie se quiere dar por aludido, aunque una cosa está bastante clara: el monarca ha enunciado un listado de problemas y hecho un especial hincapié en la unidad, la cohesión y consenso entre españoles, reiterando, una y otra vez, la vigencia e importancia de la Constitución, y todas estas citas y alusiones, que no han sido habituales en otros discursos, se han hecho especialmente en este año que cierra la legislatura, porque las cosas de la política y de la convivencia en España han ido bastante mal. Y ¿quién es el primer gobernante del país sin consenso, unidad, cohesión y con la Constitución en cuarentena? Pues José Luis Rodríguez Zapatero, sin duda, el primer aludido en la misteriosa alocución real.

Es posible que, como piensan muchos españoles, el monarca debió hablar más claro y más directo. Pero aunque podría quizás no debería, a pesar del mandato moderador que le otorga la Constitución. Y puede que con mayor motivo en precampaña electoral. Entre otras cosas porque, dentro de muy poco, van a ser los españoles los que van a hablar en las urnas del próximo 9 de marzo, si es que les quedan ganas para ir a votar. Aunque a lo mejor el misterio oculto del mensaje real no era otro que el de sugerir a los grandes partidos, PSOE y PP, que se preparen para una gran coalición en el año en el que se va a celebrar el 30 aniversario de la Constitución. Desde luego, lo que sí sabemos ya es a quién votará monseñor Uriarte, el obispo de San Sebastián.

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2 Enero 2008

Conceptualmente pobre y políticamente miope, de Jesús Cacho en El Confidencial

CON LUPA

Sobre el discurso del Rey

Flor de un día. El espíritu del discurso navideño pronunciado por Su Majestad el Rey Juan Carlos el año pasado ha resultado ser flor de un día. Los lectores de este diario recordarán la confidencia que el 26 de diciembre de 2006 hicimos en esta misma columna , relativa a Alberto Aza. Resulta que, en días previos al 24 de diciembre, el jefe de la Casa del Rey se permitió aconsejar a algunos amigos muy particulares seguir con atención el discurso del Monarca porque “esta vez no te va a defraudar”.

Y ciertamente no defraudó porque, comparado con años anteriores, el mensaje leído por el Rey hace justamente un año se convirtió en algo parecido a un hito, una piedra en un camino que el Monarca nunca debió haber abandonado, entre otras cosas porque, dijimos entonces, “si el Rey de todos los españoles no defiende la esencia y existencia misma de España, es decir, la unidad de España, que es su principal obligación constitucional, entonces sobra el Rey y sobra la Monarquía”.

El dardo real del año pasado debió, por obvias razones, gustar muy poco en La Moncloa. En realidad, debió gustar tan poco que da la impresión de que Presidencia del Gobierno ha entrado esta vez en el texto real como burro en cacharrería, ha metido la mano hasta el corvejón para dar a luz una cosa plúmbea, salida del magín de un contable poco leído, con una sintaxis impropia de alguien capaz de expresarse con elegancia y soltura en español. Un discurso conceptualmente pobre y políticamente miope, tan torpemente redactado que no me extrañaría nada que su autor haya sido el mismísimo Moratinos o alguien de su talla.

Por no acompañar, ni la propia vestimenta del Monarca –chaqueta de un indefinible color oscuro y corbata naranja- era la adecuada para la ocasión. La verdad es que da un poco de pena que, en su momento estelar del año, el Jefe del Estado no sea capaz, en casi 200 líneas largas de discurso, de elevarse sobre los tópicos y los lugares comunes para embarcar a los españoles de buena voluntad en un mensaje ilusionante cargado de futuro, sobre la base de un adecuado análisis del presente, un análisis realista, tan duro como la ocasión lo requiera, pleno de esas verdades del barquero capaces, a veces, de causar dolor pero cuya relación, en figura tan prominente, termina por reconfortar a cualquier cabeza justamente amueblada.

En su lugar, el juego del escondite, el gato y el ratón con unos españoles a quienes se presupone menores de edad o cortos mentales sin remedio, con alusiones mojigatas a un futuro deslumbrante que nadie acierta a entrever. “Me parece de especial importancia reclamar de nuevo a nuestros partidos políticos mayores esfuerzos, para alcanzar el necesario consenso en los grandes temas de Estado”. ¿A qué temas de Espado se refiere, Majestad? ¿Nos está hablando de la reforma de la Constitución del 78? ¿En qué dirección? ¿Qué hacemos con la Nación Española y sus tironeros, cada día más envalentonados? ¿Qué piensa usted de ese Estado Federal o Confederal con el que viene tonteando el señor Zapatero desde hace cuatro años? ¿Es un tema de Estado, por ejemplo, conseguir que en todas las CC.AA se enseñe una cierta, por mínima que sea, idea de España común a todos los niños españoles? Y así hasta el infinito.

Pero no. El Rey pone el huevo del “consenso” y se larga con la música a otra parte, en concreto a la lucha contra el terrorismo, a saber: “La lucha contra el terrorismo reclama, sin duda, unidad” (…) “Necesitamos cuanto antes una cultura de unidad que haga efectivo el compromiso de todos los demócratas para acabar definitivamente con el terrorismo”. La monserga de la unidad de siempre, en una Legislatura donde la inmensa mayoría de los españoles hemos vivido ignorantes, de espaldas a la estrategia urdida por el señor Zapatero con los embajadores del separatismo vasco en la trastienda del Poder, el famoso “proceso”, todo de espaldas a un pueblo dizque soberano aunque en realidad más pastueño rebaño que nunca.

El hombre que llegó al Poder como abanderado de la democratización del mismo, del cambio de usos y costumbres, del acercamiento de las instituciones al pueblo, ha protagonizado a lo largo de la Legislatura un absolutamente hermético ejercicio de poder en asunto tan trascendental para el futuro colectivo como el final del terrorismo vasco. El proceso ha fracaso, obviamente, y ahora es el propio bombero pirómano leonés quien reclama unidad, unidad que a su vez replica el Monarca en su discurso navideño.

Y se acabó lo que se daba. Se acabó el mensaje del Rey. Porque el resto fue un pot-pourri, una olla podrida en la que se mezcló el crecimiento económico –naturalmente en plan reparto de excedentes-, la alta calidad de nuestra educación -¿Ha oído el Rey hablar del informe Pisa?-, los contenidos televisivos e infancia –¿por qué no sienta un día a su mesa, Señor, a un tal Paolo Vasile y le lee la cartilla?-, las drogas, los malos tratos, los accidentes de tráfico y el medio ambiente… Un discurso propio de las rebajas de enero, muy del gusto de la progresía local.

Del resto, de las relaciones de amistad con los países mediterráneos –a Franco le gustaba más hablar del Magreb-, y del cariño que debemos profesar a nuestros hermanos –¿o eran hijos?- iberoamericanos, prefiero correr un tupido velo, porque toda esa parte despedía un inconfundible aroma a mercancía rancia, cuando se han cumplido ya 32 años de la muerte del en su tiempo llamado Generalísimo. Discurso, en suma, pobre, propio de final de Régimen.

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2 Enero 2008

¿Elogio o epitafio? Prisa reivindica su papel de defensor del Rey, de Jesús Cacho en El Confidencial

“Ah, queridos amigos -exclamó de repente Madiárov-, ¿os imagináis lo que es la libertad de prensa? Una hermosa mañana después de la guerra abrís el periódico y en lugar de encontrar un editorial exultante, o la habitual carta de los trabajadores al gran Stalin, o un artículo acerca de la brigada de fundidores que ha trabajado un día extra en honor de las elecciones del Sóviet Supremo, o las historias sobre la desesperación con que los trabajadores de Estados Unidos han recibido el nuevo año a cuenta del paro creciente y la miseria, imaginad que os encontráis… ¡Información! ¿Os imagináis un periódico así? ¡Un periódico que ofrece información!”El párrafo anterior corresponde a la novela Vida y Destino (página 348), del periodista soviético Vasili Grossman, testigo del infierno que fue la batalla de Stalingrado, y sin duda una obra maestra para quienes han leído casi todo sobre los horrores del stalinismo, y viene a cuento para parodiar la situación de la prensa española, víctima ella de la creciente desafección de los lectores por culpa precisamente de la falta de información. Con muy pocas excepciones, todo en la prensa escrita es hoy ideología, todo manipulación interesada. Y como no hay información sobre las entrañas de lo que realmente ocurre en las sentinas del poder, acudir cada mañana al quiosco se ha convertido en una divertida aventura o casi, porque nadie sabe, particularmente los domingos, qué se va a encontrar uno en las portadas de los dominicales.

Ayer, El País, que pasa por ser lo mejorcito del lugar, nos sorprendió con su habitual separata dominical dedicada a loar a Su Majestad el Rey Juan Carlos I, acertadamente elegido “Personaje del año” por el diario. “El Rey se defiende”, rezaba el titular de portada en una de esas grandilocuentes puestas en escena que, por no venir a cuento, obligan al lector avisado a preguntarse qué hay detrás de semejante operación de imagen. Y lo que hay, o así me lo parece, es un intento de El País, o mejor dicho, del Grupo Prisa, de reivindicar su papel de defensor en exclusiva del Monarca, papel puesto en cuestión últimamente por la briosa irrupción en el escenario cortesano de un personaje tan imaginativo como Pedro José Ramírez, de la mano de la prestigiosa Carmen Iglesias, miembro de la RAE, recientemente nombrada presidenta de Unidad Editorial y preceptora en su día del Príncipe Felipe.

De modo que a los mentores de El País les traicionó el subconsciente, porque, en lugar de ese “El Rey se defiende”, el verdadero titular tendría que haber sido otro más realista del tipo “Prisa defiende su papel de defensor del Rey”. Y en cierto modo no les falta razón a la hora de reivindicar tal condición, aunque, en el río de tinta dedicado al Monarca se eche en falta, eso también, alguna que otra verdad, ¡Ay, de nuevo la Información!, referida a la condición del Grupo Prisa como factotum del Régimen en las últimas décadas, las idas y venidas de Jesús Polanco, que en gloria esté, como recadero entre el Monarca y Felipe González, su entronización como auténtico poder fáctico en Palacio durante los ocho años de Gobierno Aznar -¡cuántas bromas en Zarzuela a costa del bigotudo!-, y así sucesivamente.

En realidad la separata de ayer de El País es un documento para conservar, siquiera unos meses, dada la cantidad de disparates contenidos en la muestra, el menor de los cuales, imposible descifrar si casual o intencionado, era colocar junto al Monarca una entrevista a doble página con ese fino pensador murciano que responde al nombre de Luis del Rivero, prototipo de arrivista que ha hecho fortuna en la Legislatura, un tipo que preside una empresa valorada en Bolsa en 7.500 millones de euros y que arrastra una deuda de casi 20.000, metáfora perfecta de los riesgos que hoy acechan a la economía española. Del Rivero, presidente de una empresa que en puridad se halla en quiebra técnica, enseña a los lectores de El País su colección de coches deportivos arracimados en Hoz de Anero, Santander, como quien enseña una colección de sellos. Perfecto trasunto de la jerarquía de valores que hoy gobierna la sociedad española.

Por desgracia para el Monarca, el despliegue de El País en defensa de la institución -¿o era solo de la persona?-, apenas un magro adelanto de la avalancha de incienso que nos espera en los próximos días con motivo del 70 cumpleaños regio, no podía haber sido elegido en peor momento. En efecto, la portada del resto de los grandes diarios estaba ayer dedicada a un acontecimiento de tan innegable importancia como el aquelarre separatista montado el sábado en Bilbao por el nacionalismo. Como ya adelantó este diario el jueves 27, los nacionalistas catalanes y vascos de derecha e izquierda aprovecharon la excusa de un partido de fútbol para montar una jornada de exaltación de la independencia de España.

Con el PSOE mirando hacia otro lado, cuando no participando activamente en el festín nacionalista –caso del PSC y del PSE-, solo el Partido Popular se presenta hoy como primer y quizá único aval de esa unidad de España consagrada en la Constitución del 78 que es la ultima ratio de la pervivencia de la Institución monárquica, de modo que haría bien el Monarca en elegir mejor a sus amigos, cosa que, justo es reconocerlo, nunca ha sido una habilidad del Palacio de la Zarzuela. Con todo, lo peor, Señor, es que, con PP o sin PP mediante, ya no hay forma de parar la marea separatista que nos inunda. Con las elites políticas nacionalistas echadas definitivamente al monte de la ruptura de España, el exceso de ayer de El País más que un elogio podría interpretarse como un epitafio.

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9 Noviembre 2007

La cuestión republicana. Pongamos un poco de orden, de Carlos Martínez en Rebelión (20/09/2007)

No sería bueno hoy por hoy, el que ninguna fuerza política, trate de monopolizar el sentimiento republicano. Pienso que es una flor que está renaciendo con fuerza, luego merece nuestro mimo y generosidad, si no se desea mediatizar. El que la causa republicana está siendo aceptada cada vez por mayor numero de jóvenes, por anacrónica y represora, pues últimamente esta demostrando esta faceta, puede aclarar a muchos y muchas el verdadero cariz de la monarquía del 18 de Julio, como recuerdo muy bien se definió en su momento. Pero no por eso la formulación de la organización del estado, debe convertirse en slogan electoral, lo cual no es contradictorio con que determinados partidos formulen su vocación republicana.

En cualquier caso los y las partidarias de la Republica, son diversos y se encuentran entre un amplio abanico político, que puede ir desde independientes a liberales, socialdemócratas o marxistas revolucionarios o marxianos. Esta pluralidad hay que respetarla, porque si conseguimos un Referéndum sobre la formula de estado y su jefatura, lo importante será que los y las ciudadanas voten a favor de la Republica independientemente de su adscripción partidaria o del partido del que puedan ser votantes habituales.

Se tiende además simplificar en muchas ocasiones o pensar que por que alguien se presente como republicano, captará los votos de otras fuerzas que tal vez fueron republicanas , pero que sus actúales dirigentes están en otras cosas. Eso sería un muestra de infantilismo.

Pienso, que es el momento de un Frente amplio y diverso republicano. Es el momento de profundizar en las contradicciones de la monarquía con respecto a la Democracia y sus profundas cargas de desigualdad, así como el lastre que para la universalización de derechos supone un sistema arcaico y hereditario que cercena el derecho cívico a ser jefe o jefa de estado.

Hay que informar y formar a la ciudadanía , acerca de las actitudes despóticas y corruptelas de la familia actualmente reinante. Su profunda ambición, el circo mediático y rosa que la rodea, sus despilfarros y derroches no conocidos y los “regalos” que reciben.

Debemos informar de lo que es y significa una Republica, pero no solo de lo que supuso la II , que nos fue cruel y felonamente arrebatada, sino de lo que puede representar y beneficiar en nuestro futuro. Hay que recuperar la retórica de la libertad e igualdad que esta supone y cantar sus posibilidades de que sea un instrumento cívico de superación y búsqueda de la felicidad.

Es por eso por lo que me permito pedir mucha unidad en la acción , para la consecución del objetivo republicano y ningún intento de monopolización de los ideales de Pí y Margall , Manuel Azaña , Indalecio Prieto , Fernando de los Rios, Juan Negrin, Fransesc Maciá , Lluis Companys, Casares Quiroga, Clara Campoamor, José Diaz o Dolores Ibarruri , entre otros y otras muchas incluidos los nuestros, que callada pero constantemente ponemos nuestro grano de arena, por una causa y nos solidarizamos públicamente con los dibujantes de El Jueves o los y las jóvenes de Girona.

La lucha por la Republica de los y las Iguales, es apasionante y se puede formalizar, pero uniendo voluntades , no dejando de influir y sobre todo siendo conscientes aquellas y aquellos que no nos conformamos solo con una republica burguesa y liberal, que el socialismo hoy solo es posible en un marco democrático y la democracia solo es posible en la republica. Pero para ello hay que sumar y no restar. Pido además que nadie me malinterprete, un partido como no podía ser de otra manera puede manifestarse como republicano, claro que sí, ahí tenemos el caso paradigmático de E.R.C , pero ellos con buen criterio nunca se han presentado como los únicos y exclusivos republicanos.

Carlos Martínez es polítologo

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