Categoría: En los Periódicos
8 Noviembre 2009
El magistrado Alfonso Villagómez recordaba días atrás, en LA OPINIÓN A CORUÑA, el derecho constitucional de los ciudadanos a ser protegidos judicialmente y a que se presuma su inocencia en tanto no recaiga sentencia condenatoria.
Y añade que el procedimiento judicial en averiguación de un posible delito se ve muchas veces perturbado por la información mediática que da por supuesta la culpabilidad del acusado. Advierte contra este incompleto juicio paralelo de los medios de comunicación y señala, igualmente, que el derecho fundamental a recibir información veraz no debe poner en peligro la presunción de inocencia ni atentar contra la independencia de los jueces. Es comprensible la alarma.
Pero aún siendo oportuno y cierto el aviso, conviene matizar que la fiscalización de conductas que la sociedad reprueba no pertenece exclusivamente al ámbito judicial, entre otras razones porque el rechazo legal no satisface ni agota otras pretensiones de matiz ético, no por ello menos relevantes.
Dada la trascendencia grave de sus irremediables disposiciones, el procedimiento judicial exige un cuidado extremo en el tratamiento previo al juicio, para no incurrir en error o estigma de muy difícil reparación, como la pérdida de libertad o reputación. Por el contrario, las consecuencias del reproche social aunque inmerecido, exagerado o sectario, dispone de recursos legales para ser enmendado y reparado. De ahí que el principio de inocencia tenga su aplicación solamente en sede judicial. Así pues, la responsabilidad emanada de comportamientos indeseables no pasa exclusivamente por el juzgado, pues este actúa solamente para restablecer el orden jurídico. En el ámbito político, ideológico, corporativo, o de mera convivencia ciudadana, el mero cumplimiento de la legalidad resulta insuficiente para exonerar un desvío culpable.
Todos los actos de las personas están sometidos al escrutinio público: la desidia, traición o mendacidad en el ámbito político; el incumplimiento o la incoherencia en el obrar respecto a los dictados sociales; también la rapacidad de mercaderes, como la insolidaridad e incivilidad de tantos. Cuando a esos comportamientos insociables se añade la comisión de un delito, tan indecente proceder no ha de ser incluido en esta clasificación más abarcadora, debiendo depurarse en espacios diferentes. Aquí no juega el axioma jurídico de no juzgar dos veces por lo mismo.
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6 Noviembre 2009
La historia del «encontronazo» del juez José Prendes Pando y Díaz Laviada con el dictador Primo de Rivera
Mucho antes de que doña Pilar Pardo, o alguno/a de sus conmilotenes/as, lanzara a la parda basura un copiador con los restos de las cartas que el derrotado capitán Álvarez Cascos enviara al mundo y, por tanto, mucho antes de que el "dividido" Partido Popular Hispánico contribuyera con el voto de su mayor oreja a proteger la imagen del "gominolo" y millonario, dueño y señor de la prensa y televisión de su país, y eximio político "juerguista"..., un gijonés de limpia y marinera cuna, el bergantín "Julián" mandaba don Ceferino, caricaturista de mérito y modelo de juez, osó, como osan hoy los jueces italianos con su Berlusconi, enfrentarse con el que en Madrid hacía sus veces entonces, el "director" Primo de Rivera, al que sus cortesanas, en el fragor de las batallas nocturnas de "Villa Rosa", llamaban mimosamente Miguelito-, por la cuestión de la famosa "Caoba".
Don José Prendes Pando y Díaz Laviada, desempeñaba por aquellos años dictatoriales el Juzgado de Instrucción del Distrito del Congreso en la capital del reino alfonsino, donde, como hoy en Roma, toda necedad y vicio tenían reservado en su circo asiento preferente. Desde la "Casa de Canónigos" siguió don José la vida tragicómica de aquel Madrid rechulapo y verbenero. Allí, se topó el magistrado con personal en apuros de toda clase; distinguido y notable alguno, como don Miguel de Unamuno, o don Indalecio Prieto; del mundo del crimen, los más, como el famoso José Romero, el del crimen de la calle de Jovellanos, en el que perdió la vida el señor Novo, encargado de las obras del teatro Alcázar Español.
Marchaba sin sobresaltos el Juzgado, hasta que don José en su quehacer instructivo se topó con la explosiva "Caoba", cortesana de oscuro color, ojos ardientes y poderosos pechos, los preferidos del director general del concierto nacional para sus noches de toco mocho, vino y rosas...
Así contaba don Vicente Blasco Ibáñez, -¿Qué tiempos padece ahora su costa levantina, (para costas, los de Levante) que en vez de naranjos y esforzados campeones de la verdad y la república, florecen chorizos, fabras, curitas, ricardos y bigotes?- la historia del "encontronazo" entre el Juez honrado y el General de vida alegre:
"La familia de un empresario de teatro de Madrid, reblandecido por los años y los excesos, denuncia a la justicia el secuestro en que se hallaba éste bajo el poder de una cierta trotadora de aceras apodada "La Caoba". El juez, al enterarse de que la Caoba daba cocaína y otros estupefacientes a su viejo amigo, ordenó su procesamiento (y prisión). Y es al llegar a este punto, cuando el "director" encargado de hacer la felicidad de España, olvida sus importantes ocupaciones para concentrar todas sus facultades de guerrero y estadista en la solución de dicho caso.
Y para devolver la libertad a su "Caoba" querida, "ordenó" al juez gijonés que decretara su inmediata libertad..., y desatendida la orden verbal, como el "director" sabía, además de beber y joder, mandar, leer y escribir, dirigió al juez un volante particular, reiterándole que sin perjuicio de la tramitación correspondiente, estimaba (él) que la señorita Caoba no debía seguir detenida mientras que los cargos que se le hacían no estuviesen plenamente confirmados. Don José, -como gijonés de tres cepas, caballero y fino-, contestó al dictador en términos medidos y corteses, anunciándole que para que no se perdiera el ejemplar volante, lo unía al sumario...
Rebotóse el golpista, amante y pendón, y sin dilación puso en conocimiento del presidente del Supremo la desobediente conducta del juez gijonés. Don Buenaventura Muñoz y Rodríguez, que era digno del alto cargo que ocupaba, amparó la independencia de don José... Y el dictador, ni bebido, ni corto, ni perezoso, pidió la firma de su rey, abuelo del actual, y jubiló forzoso al honrado presidente por decreto dado en Palacio el día 7 de febrero de 1924.
El 13 siguiente, a las dos de la tarde, y con gran solemnidad, tomaba posesión del alto puesto el señor Tornos. Don José, que había sido apartado temporalmente de su puesto, se posesionaba nuevamente de él, el mismo día a las 9:30 de la mañana. El día 11 de abril siguiente, don José era alejado de Madrid y enviado a Albacete como magistrado de su Audiencia Territorial.
La historia nos enseña así que en cada una de sus momentos, 1924, 1936, 2009, sea en Madrid, sea en Roma, aquí mismo, o en Murcia, siempre hay un político, o un ciento; una obra, o un papel que tirar a la basura.
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4 Noviembre 2009
Para dar un respiro entre tanto dogma y ceremonial, el cristianismo permitió a sus fieles disponer de un espacio temporal festivo, con el fin de hacer menos rigurosa la observancia de sus gravosos preceptos. Eso sí, moderadamente y sin atisbos carnales, como si se tratara de simples juegos infantiles. Nada que ver con las tradiciones remotas de los llamados paganos.
Los antiguos señalaban determinados días del año para celebrar acontecimientos que se repetían, como el advenimiento de las cuatro estaciones. Las más antiguas tradiciones tienen que ver con la recolección de cosechas, y era tal el regocijo que les producía aquella abundancia, que solían terminar en orgías tumultuosas.
Conforme avanzaba la cristianización, estas costumbres fueron erradicadas, con lo cual desaparecieron casi sin dejar rastro. O fueron suplantadas convirtiéndose en una nueva versión edulcorada del suceso.
Algunos cristianos mantuvieron la fiesta del Halloween nacida entre los celtas hace más de 3000 años.
Se decía que en la noche del 31 de octubre las almas de los muertos regresaban a visitar los hogares terrenales.
Los celtas creían que en esa noche la ventana que separaba el mundo de los vivos y el de los muertos desaparecía. Para mantener a estos espíritus contentos y alejar los malos espíritus de sus hogares los celtas dejaban comida o dulces fuera de sus hogares.
Aquí y ahora, algunos obispos fundamentalistas arremeten contra esa celebración, por anticristiana y considerarla extraña a nuestra tradición. Pero ni lo uno ni lo otro, pues es lo cierto que la iglesia ocupó de forma fraudulenta ese acontecimiento nombrándolo víspera de todos los santos (all hallow's eve), para así arrebatarles la fiesta sin despertar su ira.
Con carácter general, las confesiones religiosas proscriben toda manifestación lúdica que no incorpore la visión trascendente de la vida, reduciendo así el carácter jubiloso a mera celebración piadosa. Planea sobre el impulso de gozar, la consideración de que la felicidad humana solo es posible en el más allá, es decir, cuando ya no hay vida terrenal. Solo el alma puede engendrar placer por su naturaleza incorporal, en tanto su envoltura material tiende al pecado concupiscente.
Lo atinente, según dicta la doctrina, es el castigo del cuerpo a base de sacrificios y penalidades, como camino hacia el paraíso. Para los creyentes, la vida en la tierra deja de ser un lugar ameno y placentero.
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26 Octubre 2009
Gijón no es Numancia, pero tampoco puede convertirse en plataforma pasiva y barata de una errática política energético-portuaria
Los progresos de la villa no pararon ahí; con los tiempos, fueron de la pesca a las salazones y conservas; y de los primeros astilleros en la Barquera, a los buques y las grúas de más de 20 toneladas de fuerza, que de la Puerta del Infante, o después, de los talleres del Natahoyo, salieron de la «Fábrica y Dique de Cifuentes, Stoldz y Compañía» camino de obras y puertos de toda España; y de la inicial Fábrica de Tabacos llegamos a las más de 300 altas chimeneas de ladrillo, de otras tantas industrias, que a diario, de lunes a domingo, lanzaban penachos de humo a los cielos, como oraciones de progreso más sentidas y humanitarias que las que canónigos y prebendados desgranaban en las salmodias catedralicias del piadoso Oviedo.
«Incontables tinglados, naves, cercas y edificios?», contabilizaba el asombrado viajero, que comprobó más de cincuenta casas «haciéndose» -albañiles, carpinteros y canteros- aquel mismo día; obreros contó por miles? y las sirenas por cientos, pitando todas a un tiempo?
Y vio el Ferrocarril minero de Langreo, traqueteando, contaminando y arruinando la salida a Candás, o camino de la Gloria? que marchaba humeante hacia su dársena para multiplicar el tráfico del puerto? Y en los muelles y el antepuerto, cada año, por lo menos, pudieron contarse siete mil velas y vapores cargando y descargando mercancías de toda clase... Y por el abrigado Liquerique, después de aliviarse en «El Ancora», de Abtao, asistimos a idilios de criadas y artilleros; y al paseo de burgueses y americanos, recontando hazañas e intereses, mientras gozan del incomparable paseo...
Y en el Casino y los teatros; y en los clubs, de uno y otro signo; y en los cafés y tabernas del centro; y por Corrida en invierno y por Begoña en verano, corriendo, y saltando muy viva, entre muselistas y apagadoristas, como liebre antes de caer en la buena olla de «El Trole», la eterna disputa por la mejora del puerto, corazón de la industria, de la banca y del comercio local.
Gijón disputó, razonó y escribió, incansablemente sobre su puerto, mientras pescaba, cargaba y descargaba, fabricaba y comerciaba, para no errar su senda? y poder seguir creciendo. Con los debates sostenidos por unos y otros en los cafés -Suizo, Oriental, Colón-, o en el comedor de Pedro Elías o en el de doña Ramona Vega, nadie pretendió, por supuesto, paralizar ni obstruir la actividad industrial, ni la comercial, ni el desarrollo naviero, ni, mucho menos, arruinar el crédito de la villa, sino que la intención de tanta reflexión, disputada palmo a palmo, era el poner la liebre de «El Trole» en la vía del progreso para que Gijón pudiera alcanzar todo el bienestar posible? Que aquellos hombres, hechos en la navegación, la emigración y las luces de la Escuela de Navegación y Cálculo, que fundara Jovino, bien sabían que su objetivo no era otro que el de afianzar los cuatro pilares útiles sobre los que Jovellanos había asentado la nueva Gigia: crédito, industria, comercio y navegación...
En la encrucijada del XIX disputaron los gijoneses activos como teólogos en celo. Unos, defendiendo ampliar servicios y mejorar calados del viejo puerto; otros, por construir, allá, en el «lejano» Musel, el puerto de refugio y comercial, grande y capaz, que los aparadoristas de Santa Catalina veían como un lejano sueño rosa que, de alcanzarse, acabaría destruyendo el valor de la propiedad del Gijón levantado sobre la sangre de mil generaciones, de los cilúrnigos a la de los Cifuentes, Rodríguez, González, Martínez, Menéndez y Acebales, porque «sentían» que en los alrededores de El Musel nacería un pueblo nuevo, higiénico, vigoroso y rico, capaz de atraer a almacenistas y capitalistas, y con ellos a los obreros y artesanos, de cuyo sudor se alimentaba la poderosa máquina del progreso gijonés.
Fueron aquellos, tiempos de «mareas» muy vivas. Desde la perspectiva de hoy, de madrugadas felices; en su momento, como son todos los tiempos para quienes los padecen, de temor a las epidemias, caciques e impuestos, y, además, de los naturales desconciertos frente a lo que deberían hacer los rentistas para asegurar el futuro de sus viudas y el toda la villa?
Pocas grúas, ningún piloto «de todas las derrotas», mucho temor y todo el desconcierto del mundo son los cuatro dolores del Gijón de nuestro tiempo. Los rectores sociales, políticos y económicos y, con ellos, buena parte del cuerpo social han vuelto a prescindir, por comodidad y codicia, como en los peores tiempos pasados, que denunciara Labra con ocasión de la muerte de don Vicente Innerárity -uno de los cuatro barones de Cabueñes- «de ideales y entusiasmos para entrar en el falso camino de las opiniones hechas, las conveniencias triunfantes, los honores fáciles y los acomodamientos inmediatos».
Hoy, muy cerca de los 200.000 pies cuadrados dedicados al trabajo duro e innovador, que ocuparon en el Natahoyo la fábrica y talleres de don Anselmo, ni quedan instalaciones, ni grúas? achatarradas o mal vendida, incluso la que, durante semanas, sostuvo el camión, y la de la alegre gesta del «Roxu» que, cuando lo vio todo perdido, bajó de su grúa con el propósito de plantar «fabes» en Caldones, en recuerdo del «mecheru» que tantas esperanzas iluminara en sus días?
Gijón, hoy, no necesita convertirse en Numancia, ni precisa numantinos, como han demostrado los mártires aceptando el socorro externo, pero tampoco puede convertirse en plataforma pasiva y barata de una desquiciada y errática política energético-portuaria. Necesita, sí, ganas de volver a correr? al trabajo y decisión y constancia para conseguirlo.
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7 Octubre 2009
Las obras de la Iglesiona y el glamour posveraniego de baronesas viudas y actores famosos
Regresa uno de la vecina República del Oeste, ¡cuándo no será necesario, señor, viajar «fuera» para «tostar» republicanamente y a precios convenientes!, y se encuentra la patria chica, la urbe querida, aplastada por ingente suma de horrores.
Nada del «Cantar de los cantares». Nada del rey Salomón. Nada de aquel mágico inicio, donde la sensualidad de las hijas de Jerusalén se diviniza: «Oh, si él me besara con besos de su boca! / Porque mejores son tus amores que el vino»...
Casi todo, menos el atardecer paseando el Muelle, y el amanecer, el Poniente... y la tribuna de El Molinón, ¡cuidado con los asientos que se «levanten» solos! ¡Cuánto error de los errores y horror de los horrores!
La Iglesiona, hoy basílica menor (si fuera mayor, emigraríamos), emerge, todavía medio cubierta su fachada, como vieja recompuesta (¡ay, tita, en cirugías no estás sola!).
Si horribles y amenazadoras fueron sus formas desde el primer día, más horrible son hoy con los «colores» de la fachada recién sacados... Y el sumo horror, horripilante, lo alcanza la obra con la recomposición, en la antigua entrada del Instituto, de la discreta hornacina, cristal y hierro, que guardaba, casi en secreto, tal era la sempiterna suciedad de su cristal, la imagen clásica de la Virgen de Covadonga... Hoy, «piedrina» sobre la calle, ¡ay, señor Obispo venidero, como de fachada de «chalé de verano» de estraperlista rico y devoto!...
La Iglesiona va a quedar, cuando luzcan enteros los nuevos tonos con los viejos humos, (¡Ay, tita no estás sola!), como el globo multicolor que gobierna y dirige el capitán Meana.
Lo mejor que se pudo haber hecho con la vieja iglesia era, por ejemplo, haberla desmontado piedra a piedra, relevantándola, reducido el tamaño, en lo alto de Santa Catalina, solar de la vieja capilla...
Allí, haría junto al «Elogio», como de «atractivo» Sagrado Corazón parisino; y del barrio alto, Montmatre. No hubiera habido en el mundo don Brad que resistiera un viaje y una inversión para la capitis disminuida diversión nocturna gijonesa. (Por Fomento, con la crisis de final de temporada, de madrugada apenas si por sus mil ríos corre sangre...)
Creí, ¡bobo soy que lo pensé!, que los ánimos de la villa andarían alicaídos con las nubes y declaraciones blancas y contradictorias de H-H, don Horacio Hoyant, en el caso «Cagüeñes», más los no menos inquietantes nubarrones de las sentencias del Supremo de nuestros Tribunales, lloviendo sobre los vicios del nuevo plan, tan perjudiciales (sentencias y vicios, como necesaria la lluvia) para la estabilidad, y continuidad pacífica y confiada del ejercicio de la construcción, sangre que ha de correr para que la villa viva... ¡Viva!; desdichas éstas, no pocas, a las que hay que sumar los anhelos viejos, deseos aún latentes, de la lechería popular de ver «arrasado» en bien del «partido», el solar mismo de la villa, como lo dejó en su día la infanta portuguesa, antecesora, urraca y cruel, de la Manuela Ferreira (de la mala) Leite, candidata derrotada del PSD portugués (al fin, PP), enemiga declarada del progreso de la unión ibérica, y nuestro deseado AVE.
Y nada de todo eso. Siguen las alegrías. En el Náutico, después de la lengua de la Caixa catalana, nos sacaron las suyas los forzudos vascos, a base de ricas piedras, tinto alavés, chacolí y sidra de la Nada...; «La Atlántica XXII», revista asturiana de información y pensamiento, sacó la suya, bien blanca, con una portada a colorines, (Ay, tita, como de la Iglesiona), donde aparece una composición del rey con medio rostro del señor «Rumaso», reconvertido en el Real Rostro de los Reales negocios... Y la Casa Consistorial, tan formal todos los atardeceres, invadida por la orgía-fiesta de fama y glamour de la baronesa viuda y su acompañante, sobre tacones Ortiz... Y en la «tenida» publicitaria, la paz por medio...
¡Ay, Señor!, parece decidido el actual gobierno municipal a hacer bueno el viejo dicho: «Las ciudades las hacen sus habitantes, y las engrandecen los forasteros».
Primero fueron extranjeros que vinieron a enseñarnos (para «agrandar») «lo» del cristal, la loza y la fundición; después, para seguir «agrandando», los que abrieron nuestros bolsillos al negocio y al comercio fueron riojanos, como los Domínguez Gil o los Velascos. Más recientemente, agotadas muchas fuentes, y arañados por las fierezas de la señora Pardo, cuando mayor será la viva imagen de la doña Manuela Ferreira de la Leite, el gobierno sueña engrandecer la villa con Baronesas, Ortices y Actores...
¡Gijón! ¡Gijón! Fiero León...
El sol, ¿por quién nos habrá tomado?
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10 Septiembre 2009
Las nereidas de la Postiner, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
La famosa «casa» gijonesa que instalara la conocida Teresa del Arroyo al retorno de su celebrada aventura parisina
Habían transcurrido dos siglos desde que su padre, el viejo Nereus, las reinstalara como castigo en la punta de San Lorenzo, de nuestra concha, por haberse permitido «trocar», en A Cruz de Riba del Eo, con don Raimundo Ibáñez, al que soldados asturianos dieron horrible muerte, doradas arenas de la ría para pólvora por más de tres centos de metros del mejor lino del Báltico, con el que las cuatro «nereidas ribadenses» pensaron armar vistosas túnicas para lucirlas en los recitados y cantos que las noches de luna llena ofrecían a Lua para alejar de la costa la peste. Como hoy la Autoridad y su don Florentino «trocan» arenas de las Amosucas para relleno de cajas/«ones» por miles y miles de arcones rellenos de ricos euros, sin que todavía el viejo Nereus -«el viejo de la mar»- haya intervenido en tan enorme despilfarro/desafuero. Cuando Tetis, Amfitrite, Galatela y Oreitila lograron escaparse, por fin, de las gruesas cadenas con que su padre las tenía bien sujetas a las profundidades rocosas de San Lorenzo era el tiempo de entresiglos. Y la mejor «cosa» que encontraron para vengarse del viejo y arruinar su honra fue sentar plaza y ejercer sus artes, bajo identidades supuestas, en la famosa «casa» de la Postinera, que muy recién instalara la conocida Teresa del Arroyo al retorno de su celebrada aventura parisina, durante la que ganó modales, relaciones y «casi cien mil francos áureos», gustaba secretear con sus admiradores de mayor capital -don Florencio o don Luis- y confianza -don Alberto. La casa, lejos de las villanías habituales de Cimadevilla, La Rueda, Langreo o Libertad, abría sus celosías a partir de las 16 horas, salvo los viernes, en la calle de Adosinda, casi esquina de la Costa, «tan próxima pero tan distinta de los humildes Tres Doses», comentaban en el salón rojo los señores del Casino, y no lejos del hotelito del afamado don Felipe Valdés, que, en su día, había acogido como huésped de honor al mismísimo don Francisco Pi i Margall, que en misión de apostolado federal visitara nuestra villa, una vez que el veloz Ferrocarril del Norte pusiera en comunicación directa la cortesana Madrid con la Gigia moderna. Ellas, en Adosinda, para desesperación de doña Felipa, no eran las mitológicas nereidas ribadenses, sino Luisona, Marujina, Lola y la Dositea, que, además de «hacer» lo de la casa, como las enseñara su madre, la bella Doris, recitaban y bailaban para sus enamorados. La primera decíase originaria de Monforte de Lemos, hija de honrado ferroviario; mientras que las otras tres, por no perderse en quimeras, hacíanse a todos los efectos como primas hermanas, nacidas en la provincia de Lugo, localidades de Cedofeita, Berreiros y Trabade. Por eso en el salón principal de la Postinera, antes de que sentaran plaza otras beldades procedentes de Madrid y Levante, los sones eran gallegos; los recitados, de Rosalía, y los bailes, de sentidas muñeiras. Después llegarían, con la pianola, los dolores de los tangos, y con el organillo, las esperanzas verbeneras. Los horas de máximo esplendor de las beldades fueron, no obstante, las de las tardes de agosto, horas de las corridas que el señor Dindurra -empresario del coso de El Bibio y del Jovellanos musical, y constructor, por si fuera poco- ofrecía a gijoneses y turistas, con la salvedad de la tarde del 15, en que revestidas de sencillas y discretas túnicas asistían las pupilas, perdidas entre el público devoto, a la procesión, novena y sermón en honra de nuestra excelsa patrona, la señora Virgen de la Asunción de Begoña. La discreción y piedad de la tarde procesional contrastaba, como la noche y el día, con los ricos vestidos y floridos mantones, caprichosamente bordados con escenas amorosas, que las nereidas lucían en el coche de caballos descubierto que transportaba las cuatro olas, recién regada la carretera con las aguas de Llantones para evitar polvaredas, de la parte de los Campos, luego Casa de Socorro, al tendido de sol -que de ser de sombra las sombrillas no tendrían ocasión de lucirse-, que la Postinera reservaba en el coso para el caso... Allí eran la admiración de la concurrencia. Las cuatro, a cuál más, bebían sin duelo ni embriagarse las mejores manzanillas, que para las fiestas ofertaba el importante comercio de los hermanos Menéndez, y comían sin tasa deliciosas rajas de la mejor mortadela de Vich, importación exclusiva para las corridas del opulento don José Las Clotas, reconocido comerciante y almacenista al por mayor de productos coloniales. Tanta era la diversión y contento de las gallegas, tales las generosas invitaciones que hacían a sus vecinos, tales los vivas y bravos que recibían cuando alguna de ellas se adornaba, para simular un rubor por un piropo de tono subido, con un bien ejecutado pase de abanico, que los caballeros de la plaza perdían la cuenta de los pases de pecho y los naturales, y hasta el compás, el incomparable maestro Llaneza, alegría de la plaza, y si no fuera por los lastimeros ayes de las damas de sol y sombra, parte del público ni se hubiera enterado de que uno de los Veraguas acaba de despanzurrar a dos de los escuálidos équidos, que de los acarreos de las maderas de Castrillón o Posada, nunca de la serrería del humanitario don Magnus Blikstad, iban a terminar sus tristes días entre los cuernos del toro de lidia..., que no de Eladia. Fueron tiempos aquéllos de mucha ganancia para médicos de las «secretas». Incluso más de un doctor frecuentaba el salón de la calle Adosinda la tarde de los jueves, destinada a justas poéticas -que atraían a la Postinera, representación selecta del mundo literario de la Gigia culta, y destacados «fornicadores», de la industrial y minera-, tanto por gozar los doctos de la declamación y la danza como para asistir en el mismo acto a quien lo hubiera menester. Las «secretas» de hoy son otras, aunque, como las de entonces, anden los males y los enfermos de boca en boca... Aquí, cosas del terruño y de la mar; allí, de los escandalosos vestuarios del curita-mártir, y en el disparatado ruedo ibérico, lucen del señor Aznar los pletóricos pectorales y las carreras de sus Agadez Antaño el reconocido doctor Toral, practicando curaba la enfermedad secreta. Hoy, para desesperación general, cualquier don nadie practica todos los días la fornicación del erario, sin «fartase», por lo menos, en cuatro años.
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6 Septiembre 2009
Mercader de principios, de Carlos Etcheverría en La Opinión de La Coruña
Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros (Groucho Marx). Los que comercian con bienes inmateriales usan indebidamente la dignidad del cargo para vender su mercancía podrida, utilizando falsamente el llamado argumento de autoridad.
Haber participado en la redacción de la Constitución de 1978 no confiere título de autoridad constitucional. De entrada, no todas las fuerzas políticas estaban allí representadas. En segundo lugar y con ambigüedad perfectamente calculada, los ponentes consiguieron ponerse de acuerdo para conseguir un texto que a todos dejase satisfechos, lo cual es ideológicamente un fraude. Se difundió, de forma interesada, la necesidad de su aprobación para evitar el estallido de una nueva guerra civil a cargo del posfranquismo.
Desde entonces, quienes compartieron el suceso se han encargado de glorificarlo y sostenerlo por todos los medios, a pesar de sus incongruencias y lagunas. Transcurridos ya más de treinta años, y despejado el camino de fantasmas golpistas, nadie en su sano juicio cree en la bondad constitucional tan reciamente proclamada y ven necesaria su derogación.
Gregorio Peces Barba, uno de estos padres de la carta otorgada, siempre que tiene oportunidad pontifica y se desliza gustoso por el laberinto lingüístico de un texto que permite interpretaciones diversas. La explicación suya procura investirla del argumento de autoridad, arremetiendo sin decoro contra quien sostiene tesis diferente, menospreciando y descalificando a quien no se ajusta a su parecer. La animosidad de algunos socialistas descolgados del poder les hace mudar también sus principios.
Días atrás, este sujeto encuadrado políticamente en las filas del felipismo publicó un artículo bajo el sugerente título: Un compendio de errores y engaños. En él se ataca de forma inmisericorde al gobierno de Zapatero. Pero donde carga mayor encono es en la figura del ministro de Justicia Sr. Caamaño, al que delicadamente atribuye unas "valoraciones muy desacertadas e inexactas, que le gustaría atribuir más a despiste que ignorancia" como también "faltas de fundamento", en relación con la excusa de los médicos a participar en interrupciones de embarazo por razones de objeción de conciencia, pues según el ministro tal excusa carece de cobertura legal convirtiéndose en desobediencia civil. El supuesto despistado o ignorante resulta ser catedrático de Derecho constitucional, y su postura es compartida por muchos jueces entre los que cabe destacar al magistrado de la sala tercera del Tribunal Supremo Jesús E Peces Morate. Cierto que la cuestión no está resuelta por los tribunales ni de forma pacífica ni unánime, precisamente por lo expuesto sobre la ambigüedad del texto que admite distintas interpretaciones y promueve dudas.
Como Goyo, también yo quiero atribuir su exabrupto más a un exceso de celo constitucionalista que al deseo insatisfecho de ostentar la cartera de Justicia.
Carlos Etcheverría. PRESIDENTE DEL ATENEO REPUBLICANO DE GALICIA.
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29 Agosto 2009
Las distintas formas de comportarse ante sucesos semejantes indican desmemoria o malicia. Cuando tal proceder se convierte en costumbre, hablamos de un estilo astuto, hábil para el engaño. Suele acontecer en quienes practican el conservadurismo político.
En Honduras, los golpistas conservadores que derribaron al presidente Zelaya justificaron la medida por entender que Zelaya pretendía una reforma constitucional que le permitiera presentarse a un segundo mandato y así perpetuarse en el poder. En Colombia, el presidente Uribe persigue parecida reforma para habilitarle como candidato a un tercer mandato, siendo aplaudido que no golpeado por los conservadores de su país.
La iglesia católica sufre de cuando en vez un ataque de intransigencia fundamentalista, que invierte la doctrina de su fundador. Juan XXIII, el Papa bueno, quiso volver a los orígenes convocando el concilio vaticano II. A su muerte se desmanteló la iniciativa, con un breve paréntesis de su seguidor Juan Pablo I que le costó la vida. Hoy suenan los tambores de Trento bajo la batuta de Benedicto XVI.
El Partido Popular hizo lo debido cuando acusó al PSOE como instigador de las actividades de los Gal, pero hoy se rasga las vestiduras cuando sus militantes y cargos públicos son perseguidos por corruptos. Las más pintorescas razones esgrimidas para eludir tantos escándalos podrán ser útiles para intoxicar a la opinión pública, pero no para desviar la acción de la justicia. No les importa que las instituciones queden en entredicho, sobre todo cuando jueces, fiscales y policías prefieren no darse por enterados aunque les traten de marionetas del gobierno.
Deliciosa fue la frase de Mariano al afirmar que la inmensa mayoría de los acusados del PP habían quedado absueltos. Como jurista no cabe el error, por lo que miente una vez más. Su anhelo le traiciona, pues ni uno solo de ellos ha tenido la suerte que tanto desea.
CARLOS ETCHEVERRÍA, ES PRESIDENTE DEL ATENEO REPUBLICANO DE GALICIA.
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