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La Coctelera

14 de Abril, Cementerio de Ceares (Gijón)

Ciudadanas y ciudadanos,

Estamos hoy reunidos ante este mausoleo, no para llorar a quienes aquí reposan por defender las ideas que nosotros profesamos, sino para celebrar con ellos, y para recibir de ellos, los alientos con que el 14 de abril de 1.931 proclamaron en la plaza de la Constitución la Segunda República Española, cuyo octogésimo aniversario se celebra hoy en toda España.

Ellos, hoy polvo de mártires, pusieron en la calle y depositaron en las urnas la fuerza necesaria para impulsar el cambio de régimen.

El domingo 12, con sus votos al Frente Electoral Republicano-Socialista, hicieron posible que aquella gran conjunción que abarcaba desde la derecha liberal republicana al partido socialista, pasando por los republicanos reformistas, los republicanos federales y los representantes de la Alianza republicana, alcanzase treinta y un (31) concejales de los treinta y ocho (38) que se elegían...

Fue tan grande el triunfo, que ya a última hora de la tarde del domingo 12, en la plaza del Carmen, en la sede del centro Republicano, se izaba en medio de impresionante silencio la bandera republicana..., que el martes 14, a esta misma hora, las seis y media de la tarde, se colocó como “colgadura” en el balcón de la Casa Consistorial entre de grandes ovaciones...

Aquella elección municipal que marcó la historia de la España moderna, no se presentó al electorado limitada a las cuestiones locales, las fuerzas democráticas hizo de ella auténtico plebiscito nacional sobre la forma de gobierno...

No era el caso el discutir sobre servicios municipales, ni sobre los tan necesarios caminos, la dotación de las escuelas, o el alumbrado público siempre escaso en los barrios..., sino que la idea fuerza que presidió el plebiscito en nuestra villa, como en el resto de España, fue la de “SALIR DE LOS AÑOS INDIGNOS”, liberando al pueblo de la carga de ocho años de opresión, y, como ocurriría después en las elecciones del 36, el conseguir la libertad de los veintitrés (23) presos políticos de la cárcel del Coto...; y reivindicar la figura del joven CARLOS TUERO MORAN, muerto en el interior de la Iglesiona, cuando los sucesos del mes de diciembre anterior, por disparos que se atribuyeron al P. Elorriaga...

“El P. Elorriga no puede ser más cura

Porque mandó a Tuero a la sepultura”,

rezaba una canción que se hizo popular en aquel tiempo.

Y como la conducción del cadáver de Tuero a Ceares en el diciembre anterior, había sido casi clandestina por imposición de la autoridad militar, en la tarde del domingo 5 de abril, una multitud de varios millares de personas convocadas por el Sindicato Metalúrgico al que perteneció Tuero, entre la que predominaban mujeres portando ramos de flores, se dieron cita en Begoña para desde allí subir en ordenada manifestación hasta este cementerio, para cubrir de flores la tumba, que en tierra civil, contenía los restos aún calientes del joven Tuero, al que uno de los presos, Manuel Menéndez, le dedicaba un escrito diciendo:

“Tu has ofrendado tu vida y tu juventud en aras de un ideal; nosotros, la libertad, en busca de otros horizontes para España...

¡Horizontes de armonía y de justicia! ¡Horizontes de Paz!...

Armonía. Justicia. Paz. Libertad. Igualdad. Fraternidad....

Y por esos impulsos, por esa fuerza, por ese querer salir del pozo negro de los “años indignos”, llegó el día de la República, la Segunda, hace hoy ochenta años...

“Fue una tarde llena de grandes y lejanos ecos, divinamente equilibrada entre oro y azul. Los estanques estaban muy quietos y brillantes, las enramadas, floridas y umbrías; el mar, ensoñadoramente largo y horizontal; el cielo hondo y seguro como una columna de mármol”. Escribió Julián Ayesta, recordando cómo recibió, a sus doce años, en el colegio de los Jesuitas, la noticia de la proclamación de la República.

 

Hoy lo sabemos todo. Desde la plaza del Carmen, que en la tarde de aquel martes, sin acuerdo ninguno, pasó a llamarse plaza del Capitán Galán, a la de la Constitución que pronto pasaría a llamarse de la República, aún suben a lo alto de este Sucu, la alegría, los vivas, los discursos, los himnos de Riego y la universal Marsellesa. Aquí vemos las banderas tricolores. Desde aquí podemos sentir las emociones vivas de aquellos momentos.

Vuelve a hablarse de la Republica. Unos ensalzan su significado. Otros prefieren resaltar los excesos de aquellos momentos. Excesos provocados, desde el mismo día 14, por los “aparentes” perdedores... Que los republicanos sólo tenían voz para reclamar quietud, sensatez y orden...

 

Conocemos el sistema. Todavía hoy, quienes disfrutan de los injustificables privilegios de un concordato preconstitucional, se dicen perseguidos en su fe... Quienes amenazan, insultan y encanallan, dicen sentir miedo de un Estado policial, cuando el pobre es poco más que indefenso Cordero...

Quienes todo lo tienen, dicen que nadie defiende sus capitales y propiedades..., mientras el pueblo sufre recortes y el edificio del bienestar social, duramente levantado, se sacrifica en el ara mayor del todo poderoso Mercado...

Los cuarenta años de Franco, fueron, sin duda, años de mucha mayor ignominia que los ocho de la dictadura que precedió al cambio...

Franco a su muerte, dejó la nación muda y coronada por sus leyes. Otra ignominia. Su última ignominia.

Y a la memoria, a los esfuerzos y a los entusiasmos de los que aquí reposan, y a la de quienes ni sabemos donde reposan, y a la de los que murieron en el exilio, y a la de los millones que pudieron morir silenciosamente en sus casas, después de una vida de humillación y disimulo, debemos ofrecer nuestro esfuerzo.

Francisco Prendes Quirós. Presidente del Ateneo Republicano de Asturias

De la paciencia al plebiscito, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Memoria del 11 de febrero de 1873, fecha de proclamación de la Primera República, hace hoy 138 años

Después de dos años de reinado y dura prueba, cumpliéndose un quinquenio de la Revolución de 1868, a las tres de la tarde del martes 11 de febrero de 1873, constituido el Congreso en sesión permanente, ocupadas las inmediaciones del palacio de la representación nacional por una compacta muchedumbre que daba vivas a la República, un secretario de la Cámara dio lectura a una comunicación que del Palacio Real había recibido el Gobierno, en la que el rey (Amadeo I), después de agradecer a la nación la honra recibida al ser elegido para ocupar el trono y de poner de relieve los sacrificios inútiles realizados para dar al pueblo la paz que necesitaba, la libertad que merecía y la grandeza que a su historia correspondía, reconoce el fracaso colectivo:

«Todos los que con la espada, con la pluma y con la palabra agravan los males de la Nación son españoles; todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, y entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos; entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males. Lo he buscado ávidamente dentro de la ley y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla».

Sólo le faltó añadir al educado rey romano: «perdida la paciencia, regreso a casa».

Aquel martes 11 de febrero, Congreso y Senado, reunidos en Asamblea, asumieron la soberanía nacional en toda su integridad. Los diputados Salaverría y Ulloa, en nombre del partido conservador, prometieron su apoyo a todo gobierno que sostuviera el orden y la integridad del país, y respetara... «¡a los tenedores de la Deuda pública!»...

«La monarquía ha muerto por descomposición interior sin que nadie haya contribuido a ello más que la providencia de Dios... Nadie trae a la República; la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la historia. Señores, saludémosla como el sol que se levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra patria», dijo Castelar. Seguidamente, por doscientos ochenta y cinco votos fue proclamada la República, contra treinta y dos de los conservadores y alfonsinos.

Los Serrano, Prim y Topete, motores de la «Gloriosa» revolución de 1868, hicieron cuanto en sus manos estuvo para evitar aquel momento. Contra lo que proclamaba Castelar, la República no llegaba al levantarse el sol en el cielo de la patria, sino que llegó al caer la tarde... Nació con la noche.

Cincuenta y ocho años después, menos dos meses y un día, el domingo 12 de abril de 1931, perdida la confianza y agotada la paciencia de su pueblo, el rey Alfonso XIII, nieto de la depuesta Isabel II, afrontaba con el Gobierno Aznar unas trascendentales elecciones municipales.

Harta la ciudadanía de guerras marruecas, condecoraciones y despilfarros; harta de mal gobierno; harta del preberlusconismo escandaloso del general Primo; perdida la secular resignación campesina, en las villas industriales, en las grandes ciudades y en casi todas las capitales de provincia, el pueblo votó masivamente contra el rey, agotada la fe en el sistema «restaurado» por Cánovas, contra la resignación y la infinita paciencia.

Las elecciones municipales (convocadas para evitar las generales, por más políticas) tuvieron lugar el domingo 12 de abril... Y el martes (también martes como en 1873) 14, con las primeras horas de la tarde, quedó proclamada la Segunda República...

Como la Primera, por la crisis del sistema, por la malandanza económica, por la fatiga social, «porque al pueblo, consumida la paciencia, le sobraba el rey». Y las elecciones locales se convirtieron en plebiscito.

Hace 138 años se proclamó la Primera, tal día como hoy. Dentro de dos meses, se cumplirán los 80 de la Segunda.

A estas alturas, por la crisis del sistema, por la malandanza económica, por la fatiga social, porque se va acabando la paciencia del pueblo, estamos en compás de espera ante la proclamación de la Tercera... Bueno será que no llegué por el aburrimiento «real», ni por el agotamiento de la paciencia nacional, sino por su propio pie... por el plebiscito que no se hizo cuando (1975-76) debió hacerse, aunque sólo fuera para legitimar «la instauración» del general, contestando el pueblo español a una pregunta llana y simple, parecida a ésta: «¿Desea usted que la forma de gobierno siga siendo la Monarquía, o prefiere la República como forma de gobierno de la Nación?».

El pueblo, en el ejercicio de su derecho soberano, responderá lo que mejor le parezca.

¿Se nos dará? ¿No se nos dará? ¿Habrá que acudir a la plaza de Oriente?... Pendiente.

“Common Cause”, de Luis Barcenilla Cubillo de la Red Republicana

El peso de una historia muy controvertida ha configurado, tal como somos, a
España y a los españoles. Desde siempre se nos ha hecho creer que somos hijodalgos
y, como tales, el ombligo del mundo. Numerosos republicanos (no podía ser menos)
también lo hemos creído así y por eso, a fuer de españoles raciales, muchos de
nosotros compartimos la desatinada creencia de que el republicanismo español es el
mejor y más avanzado que ha existido y existe, a pesar de que su contribución
intelectual al acervo republicano mundial no haya sido excesivamente brillante ¿Sigue
siendo así en plena era Internet? Sigue siendo así no sólo porque nuestro
individualismo congénito diluye la naturaleza de tan noble concepto, sino porque se ha
dejado de reflexionar sobre el hoy a causa del amargo recuerdo de un infortunado
pasado para siempre ido. Lamentablemente la evocación supera al futuro.
Al parecer, en otros lugares donde están trabajando para instaurar su república,
como pueden ser los países de la Commonwealth que tienen como jefe de Estado a la
misma reina, Isabel II, son más racionales y reflexivos. Los republicanos de Inglaterra,
Canadá, Australia y Nueva Zelanda han creado un sólo movimiento conjunto llamado
“Common Cause” (Causa Común) y esos correligionarios saben bien que cuanto más
amplio sea el ámbito de actuación de un movimiento más escasos y concisos deben de
ser los conceptos que se vayan a defender conjuntamente. Así, en “Common Cause”
están proyectando sustituir la monarquía británica por diversas repúblicas específicas
basándose en sólo cuatro puntos: democracia plena, mérito, rendición de cuentas y
transparencia. ¿Cuándo seremos racionales y sintetizaremos el republicanismo? Porque
aunque “Common Cause” ha establecido un marco de actuación unitario en el que las
organizaciones miembros se afanan conjuntamente, compartiendo información,
recursos e ideas para lograr su objetivo, ha mantenido autónomo el quehacer nacional
individual para reflejar las diferentes circunstancias políticas y constitucionales.
Por su parte, los republicanos de las monarquías europeas, Suecia, Bélgica,
Dinamarca, Gran Bretaña, Luxemburgo, Países Bajos y también Noruega, consideran
que la cuestión fundamental es demostrar claramente a sus respectivas sociedades que
la República es superior a la monarquía para organizar racionalmente la cosa pública.
Trabajan unidos en AERM para conseguir que la UE sea una “República de repúblicas”.
¿Y España? España es diferente porque existen casi doscientas formaciones
republicanas yendo cada una a su bola, aunque la división mayor se debe a los
proyectos patrocinados, pues mientras todos están de acuerdo en cambiar la forma de
estado, algunos quieren, además, instaurar un determinado modelo de sociedad.
La mayoría (los llamados cívicos) desea regenerar el sistema existente,
instaurando la dignidad ciudadana y el laicismo justo en una democracia plena y
arbitral, en la que todos los cargos públicos, especialmente el jefe del Estado, sean
elegidos directamente y, sin excepciones, respondan de su gestión ante sus electores y
ante una justicia separada, independiente e imparcial.
Aparte quedan unos pocos republicanos, viscerales y anclados en el pasado, que
solamente transmiten victimismo, revanchismo y frentismo, lo que perjudica
gravemente la percepción que tiene de la cuestión la parte más moderada de la
sociedad, cuyo voto será decisivo en el ineludible referéndum monarquía - república.
La necesidad de abolir la incongruente institución monárquica es unánime en el
republicanismo. También sería conveniente actualizar las ideologías impermeables a los
cambios acaecidos en el tiempo por todo tipo de crisis, pero definir conceptualmente la
República parece ser tarea propia de un Congreso Constituyente.
Luis Barcenilla Cubillo
Se ruega difusión. 3-1-11

La buena fama de Gumersindo Azcárate, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España

Un día como el de hoy de 1937 el Ayuntamiento retiró del callejero el nombre de un político insigne que había sido hijo adoptivo de Gijón.

Pasan los años, y sobre la figura de Gumersindo de Azcárate, como sobre tantas otras, cae implacable el negro manto del olvido. Y sobre el manto cayó además, sobre la memoria de Gumersindo en Gijón, la vergonzosa injuria recibida por el acuerdo de la Comisión Gestora de su Ayuntamiento, que en tiempos de denso duelo, un 4 de diciembre como hoy, pero de 1937, retiró del callejero local su nombre de la calle que el Consistorio constitucional de 1908, le había dedicado. Y, hay que levantar ese manto y recuperar ese nombre, devolviendo el honor al personaje ilustre, al espejo de ciudadanos, al sabio, al político austero, generoso, abnegado...

Fue Gumersindo Azcárate y Menéndez Morán maestro reconocido y político por todos respetado, y de alguna forma, un vecino más de Gijón, su segunda patria, como él mismo reconocía. Nacido en León, de padre leonés y madre gijonesa, un 13 de enero de 1840, otro 13 de enero, pero de 1913, cumpliendo los 73 años, el repúblico por todos respetado, aún catedrático de la Universidad Central, aún Presidente del Instituto de Reformas Sociales, aún diputado republicano por León, representación que venía ostentando ininterrumpidamente desde 1886, líder espiritual indiscutido del partido reformista, que fundara con Melquíades, «uno de los hombres más respetados de su tiempo», era convocado a palacio por Alfonso XIII. Y acudió, a pesar de que con anterioridad, y en varias ocasiones, renunciara a la presidencia del Congreso por no mantener relaciones oficiales con la corona; y a la salida de aquel encuentro, fue cuando, ante decenas de periodistas que le aguardaban impacientes, por la novedad política que representaba la audiencia, pronunció la célebre frase: «Salgo de aquí habiendo dado mi opinión y tan republicano como entré».

En aquel 1913, ya ostentaba Gumersindo, con justo orgullo, tres galardones gijoneses: su calle, su titulo de Hijo Adoptivo y la presidencia honoraria de la Cámara de Comercio, con los que Gijón le había reconocido, en 1908, su labor firme y denodada en defensa de los intereses locales, atacados por el proyecto ministerial de los «ferrocarriles estratégicos» del ministro G. Besada, que borraba de su trazado nuestro pueblo y nuestro puerto, en beneficio de un grupo de capitalistas de Oviedo: la eterna pugna, como señaló el doctor Diego Pelayo, en memorable «Asamblea magna», citando a Jovino.

El Gijón abatido encontró en la persona de Azcárate, como miembro que era de la Comisión dictaminadora del proyecto, su más elocuente y sabio defensor. Corría el mes de noviembre de 1907, cuando la villa vivió, contra el proyecto de ley del ferrocarril estratégico, jornadas de vivísima conmoción política y social.

El Ayuntamiento, que anunció su renuncia en Pleno si las justas reivindicaciones de la villa no eran atendidas; las Cámaras de Comercio y de la Propiedad, los círculos políticos, los casinos de recreo, los representantes de la prensa, las sociedades mercantiles: todo lo que en Gijón era y contaba, actuó a una sola voz, y bajo la dirección de la creada Junta de Defensa, saltó contra la injusticia del proyecto ministerial, del gobierno Maura.

No faltó a la movilización local ni la Junta de Defensa, ni la Asamblea magna, ni el obligado viaje a Madrid de importante representación; ni faltaron mítines, ni grandes manifestaciones populares...

Hasta el popular cura don Miguel Barbachano ofreció una apasionada conferencia en el Teatro Dindurra. Pero a pesar de todo, la mayor desesperanza cundía por doquier y acongojaba, pero no paralizaba, los ánimos gijoneses... ni los de la Comisión desplazada a Madrid; y ello, a pesar de que nuestro diputado Ángel Rendueles, como era ministerial, actuaba con suma prudencia. Y a pesar de que Faustino R. San Pedro, ministro, quería ayudar, pero guardando su uniforme de gala; y a pesar de que Alejandro Pidal, diputado por Villaviciosa, ni siquiera se dignara recibir a los comisionados de su villa, porque estaba comprometido con los intereses de sus amigos de la capital; y a pesar de que la Universidad de Oviedo enviara mil felicitaciones al ministro por la bondad de su proyecto; y a pesar de que el presidente del Banco de Gijón, el «americano» Manuel Cuesta Barredo, se sumara al grupo de los encendidos defensores de los intereses de Oviedo. Y a pesar de todos los pesares, la posición de Gijón resultó triunfante, porque Gijón contó, desde el primer momento, con el desinteresado apoyo de Gumersindo, que frenó el proyecto de ley, emitiendo un fundado voto particular disintiendo del dictamen de sus compañeros de Comisión. Cuando la mañana del lunes 18 mayo de 1908, después de larga y empeñada batalla, las descargas de cohetes y el tronar festivo de la banda de música anunciaron al pueblo el triunfo de las tesis gijonesas; y cuando inmediatamente, el Ayuntamiento, la Junta de Defensa, las sociedades, valoraron los servicios recibidos, brotó espontáneamente de todos los labios el nombre de Gumersindo, el paladín de la razón gijonesa. La Junta de Defensa pidió al Ayuntamiento que se diera su nombre a una calle. Así lo acordó la Corporación, en sesión de 20 de mayo; pero el concejal Eleuterio Alonso no se conformó con la calle y pidió la palabra para decir, (¿qué diría hoy el bueno de don Eleuterio?), que estimaba «poco honor, para un hombre como Azcárate, el darle el nombre de una calle,... cuando tantas hay con los de hombres que apenas se distinguieron en nada»... Y propuso que se le nombrara, además, Hijo Adoptivo de Gijón, proposición que fue aprobada por aclamación. Luego, la Cámara de Comercio, que presidía Alfredo Santos, le nombró, junto al dudoso don Faustino, (no se debe nunca olvidar el besamanos al ministro en ejercicio), como su Presidente de Honor. Gijón y los gijoneses, como bien nacidos, fueron entonces agradecidos... Pero lo historia siguió su curso. Falleció Gumersindo el 15 de diciembre de 1917, cargado de honores. Y, como es normal, la historia del país siguió discurriendo, por desgracia, por los cauces de todos conocidos. Y dentro del correr de los días de duelo, dolor y sangre, llegó la fecha infausta del 4 de diciembre de 1937, en el que la Comisión Gestora del Ayuntamiento que regía los destinos del Gijón «liberado» tomó el lamentable acuerdo de irradicar el sectarismo y el odio marxista de nuestras calles, borrando, entre otros muchos nombres del callejero local, el de Gumersindo Azcárate, que el Gijón libre y agradecido le dedicara. Y no le retiraron el título de Hijo Adoptivo porque los «camaradas» no pasaban por él para acudir a sus «gestiones» municipales. Casi todos los nombres retirados en aquella sesión vuelven a estar en nuestro callejero, pero el de Gumersindo, que había «ganado» su calle en el Congreso, no. Después de 31 años de gobierno de las izquierdas dinásticas locales, don Gumersindo sigue ausente. del callejero gijonés. Y vigente, la humillación de la primera hora fascista..., como si las sombras afantasmadas de los camaradas de la Comisión Gestora continuaran gobernando en Gijón, al menos en el tramo de calle que va de la de San Bernardo a Corrida...

Recogida de firmas para la derogación del art. 525 del Código Penal

Recogida de firmas Derogación del art. 525 del Código penal y Apoyo a Leo Bassi, al Ateneo Republicano de Valladolid y al Rector de la Universidad de Valladolid

http://www.peticionpublica.es/?pi=P2010N4138

La humanidad ha ido sufriendo a lo largo de la historia la plaga de la intransigencia por parte de quienes se creen en posesión de la Verdad, declarada única, sagrada, y en manos principalmente de los sucesivos inquisidores de los distintos monoteísmos.

Actualmente, La Organización de la Conferencia islámica (OCI) quiere imponer una legislación contra la "difamación de las religiones" y, de paso, validar las penas contra la blasfemia, que en muchos países del mundo está penada con multas, cárcel e incluso la pena de muerte.

En España aún se penaliza la denominada “blasfemia” y se contempla la posible ofensa de los sentimientos religiosos: “1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican. 2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna” (artículo 525 del Código Penal). Este artículo 525 del Código Penal está en clara contradicción con el principio constitucional de la confesionalidad del Estado y sus instituciones, la libertad de opinión y de expresión, y la inclusión de cualquier idea, creencia y confesión dentro del ámbito privado, como un elemento integrante más del derecho común y universal a la libertad de conciencia.

Por otro lado, el 23 de noviembre de 2010 la Asociación Estatal de Abogados Cristianos ha presentado una querella en un juzgado de Valladolid contra el actor Leo Bassi, al considerarlo autor de una ofensa pública hacia la religión católica, con incitaciones al odio y violencia por razones confesionales, así como contra el Ateneo Republicano, como organizador de la conferencia-espectáculo, y contra el rector de la Universidad de Valladolid, Marcos Sacristán, como cabeza visible de la institución académica que prestó sus instalaciones, con motivo de una conferencia-espectáculo realizada por Leo Bassi el pasado 6 de octubre en el Paraninfo de la Universidad de Valladolid. Es indignante que los abogados querellantes denuncien un acto lúdico, abierto, en ningún caso de carácter institucional u obligatorio, y sin embargo, guarden un elocuente silencio ante la celebración de actos confesionales católicos convocados institucionalmente, y a los que asisten en calidad de sus cargos miembros de una institución pública como es una Universidad pública del Estado, contraviniendo el principio constitucional (16.3) de la aconfesionalidad el Estado.

Por todo ello,

 

EXIGIMOS LA DEROGACIÓN DEL ARTÍCULO 525 DEL CÓDIGO PENAL ESPAÑOL

APOYAMOS AL ACTOR LEO BASSI, AL ATENEO REPUBLICANO DE VALLADOLID Y AL RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE VALLADOLID

REIVINDICAMOS UNA UNIVERSIDAD REALMENTE LAICA

REIVINDICAMOS UN ESTADO REALMENTE LAICO Y ACONFESIONAL

 

 

El proyecto republicano, de Carlos París en Público

Que gran parte de nuestra ciudadanía se encuentra cada vez más escéptica ante la política es un hecho manifiesto. Y, si contemplamos el espectáculo que últimamente se nos ofrece, no es de extrañar tan penosa situación. Ante la actual crisis nos encontramos, por una parte, con un Gobierno que, carente de iniciativa, no dictamina más medidas que aquellas que le son dictadas por los grandes mercados financieros y sus directivos, altamente perjudiciales para la mayoría de la sociedad y contradictorias con la ideología que dice profesar. Por otra, una oposición, la del PP, que critica implacablemente dichas medidas, pero que no ofrece otra alternativa que no sea la de reducir impuestos y, consiguientemente, dañar aún más a los trabajadores y clases medias, disminuyendo los servicios sociales.

Ya antes, año tras año, venimos asistiendo a debates parlamentarios en los cuales, bajo el reinado de un bipartidismo impuesto y nada representativo, la política parece quedar reducida a la confrontación entre PSOE y PP con discursos, que, en gran medida, se limitan a un intercambio de reproches sobre quién lo hace hoy mal o lo hizo peor en pasados tiempos. Y así, cuando las acciones de protesta, como la última huelga, son convocadas, hemos podido oír a más de uno que no participa “porque ello no sirve de nada”.

Ahora bien, si queremos diagnosticar la última raíz de nuestro evidente malestar político, yo diría que se sitúa en la falta de un proyecto histórico que atraiga el interés popular. Y, sin embargo, este proyecto capaz de abrir un futuro mejor ha existido y sigue alentándose bajo el actual reinado de la mediocridad oficial. Es el que representó la II República y que fue criminalmente yugulado. Aunque siguió vivo en la oposición a la dictadura, para naufragar, desdichadamente, en las componendas de la Transición.

La II República española, en efecto, no significó sólo un cambio en la concepción de la Jefatura de Estado, al sustituir la arcaica forma de transmisión por herencia sanguínea de las monarquías –con una monarquía, además, corrompida y decrépita– por una Presidencia democrática. Constituyó el esfuerzo, aupado por el mundo de una floreciente cultura y por las masas históricamente relegadas, de acometer los grandes problemas que, bajo el poder de las clases dominantes, venía arrastrando nuestra vida colectiva. Heredaba tal empeño la larga crítica del anquilosamiento español realizada desde el siglo XIX por la intelectualidad innovadora, por los movimientos obreros y feministas, por los nacionalismos.

Y, al llevarlo a la práctica, se atacaron males ancestrales. Por ejemplo, el abandono de la enseñanza pública en la vieja política, mediante la creación de 13.570 escuelas en dos años y la mejora de la situación de los maestros en ingresos, en dignidad y en la atención a su formación. Se trató de remediar la injusta distribución de la tierra mediante la Ley de Reforma Agraria. Se proclamó rotundamente la soberanía de un Estado laico frente a la retardataria gravitación del poder eclesiástico sobre nuestra historia. Se concedió a las mujeres el derecho al voto, conquista que todavía se encontraba inalcanzada en otros países democráticos. Y se abrió paso a las reivindicaciones nacionales a través de los estatutos de autonomía.

En otros ámbitos, se prosiguieron y culminaron avances ya emprendidos en el despertar de nuestra sociedad, en el florecimiento cultural que, desde la mitad del siglo XIX, se había ido produciendo en literatura, en ciencia, en arte, en teatro. Y se llevó la cultura a los pueblos en las Misiones Pedagógicas, en La Barraca, en el Teatro Proletario. Y, de un modo decisivo, se asentó una vida pública basada en la austeridad y la honradez, frente a la corrupción que se había extendido desde la corona a los más diversos campos.

Pero, al rememorar la II República, lo pertinente como lección actual no consiste en ponderar sus logros- o reconocer sus limitaciones y errores; lo decisivo es hacer hincapié en la voluntad de afrontar los problemas y crear una nueva realidad española, rompiendo el estancamiento en que las clases dominantes habían sumido al país. En la visión de la tarea política como un proyecto creador. Como un debate entre proyectos de futuro, ya que, evidentemente, dentro de la República
coexistían muy diversas concepciones, capaces de ser discutidas. Y es esta marcha hacia nuevos horizontes lo que atrajo, por encima de las grandes diferencias de orientación, un fervor popular, una entusiasmada esperanza, y permitió una defensa heroica por parte del pueblo frente a ejércitos mucho más poderosos. Y es lo que hoy día falta en una política sin alas. Y hace que unos se desengañen y otros se orienten, como escapatoria, hacia las ilusiones de un aislamiento separatista.

Pero el aplastamiento bélico de la II República no derrotó sus necesarios ideales. Siguieron vivos en la oposición a la dictadura. Bajo su brutal represión se desarrollaron los movimientos obreros, universitarios, feministas. Floreció una importante creación cultural en el cine, el teatro, la literatura, el pensamiento, y brotó la solidaridad unitaria propia de la lucha. Se dibujaba la posibilidad de una nueva España, unidos sus pueblos en una república federal, en la que el capitalismo fuera superado y en que la política internacional se guiara por el apoyo al Tercer Mundo. La III República es el proyecto que hoy día puede devolver la ilusión a muchos ciudadanos desencantados, superando la herencia de la dictadura.

Carlos París es filósofo y escritor. Presidente del Ateneo de Madrid.

Por Dios, por la Patria y el Rey, de Carlos Etcheverría en La Opinión de La Coruña

Así comienza el himno de Oriamendi que hoy ya no se canta, pero que sigue impulsando los destinos de España. En unidad de acción, estos tres elementos constituyen viejos anhelos trogloditas para construir el presente y el futuro de nuestro país. Nazinguer los tiene muy interiorizados y dejó muy claro que comparte esa trinidad de principios para él irrenunciable. Es por eso que hizo una referencia al laicismo agresivo y anticlerical que según él invade España, provocando sofocos inmerecidos en el gobierno que tan exquisitamente le trata.

Contrariamente a lo manifestado machaconamente por el Ministro José Blanco, la visita papal no tuvo carácter de Estado sino pastoral, en su condición de líder religioso. En ese contexto sectario, el mensaje del relevante huésped es coherente aunque parezca poco cortés o inoportuno, y muy apropiado para quien aún considera este país martillo de herejes.

Pero como persona alojada en casa ajena en su vertiente civil de Jefe de Estado, sus palabras semejan un despropósito y son claramente impertinentes. Si algo parecido se le hubiese ocurrido a otro dignatario, Hugo Chávez pongo por caso, numerosas voces estarían pidiendo una protesta contundente de nuestro gobierno y la retirada del embajador en Caracas.

Así pues, el jefe de la iglesia católica tiene derecho a expresar libremente su postura como guía de almas, al igual que otros a contradecirle, lo que me propongo en estas breves líneas.

Para empezar, mezcla laicismo con anticlericalismo. Lo uno no sigue a lo otro necesariamente. Laicismo es una doctrina que persigue la independencia del Estado frente a la injerencia de la iglesia en los asuntos civiles, en tanto el anticlericalismo es un estado de ánimo consecuente con la actitud del clero desmandado. La existencia de clericalismo es lo que provoca lo opuesto o contrario, por pura defensa ante el ataque a la sociedad civil.

Comparar la España de 2010 con la existente en la 2ª República, no solo resulta impropio por la distinta realidad social de cada época, sino que conlleva un significado de tipo peyorativo no explicitado pero que se deja entrever.

Y puesto que mentó la soga en casa del ahorcado, me permito recordar al pontífice la desaforada posición del clero durante la vigencia del 2ª República y el golpe militar franquista. Los obispos protestaron contra la Constitución de 1931, por medio de la pastoral colectiva de 1 de enero de 1932: “Sea, por tanto, pública y notoria, la firme protesta y la reprobación colectiva del episcopado por el atentado jurídico que contra la iglesia supone la constitución promulgada, y quede proclamado su derecho imprescriptible a una reparación legislativa ”. El 6 de agosto de 1936, los obispos Mújica y Olaechea pedían al pueblo que apoyaran el alzamiento militar y el 30 de septiembre el Cardenal Gomá apoyó resueltamente la sublevación. El cardenal Pla y Deniel interpretaba la contienda como “un conflicto entre el bien y el mal entre los hijos de Caín y los que luchaban por dios y por la patria, en realidad, una cruzada por la religión, por la patria y por la civilización”. Y así muchas otras declaraciones que, desde los púlpitos, animaron la hoguera de la guerra civil.

Fingidos escándalos, de Carlos Etcheverría en La Opinión de A Coruña (sábado 16-10-10)

La noticia: dos miembros de ETA declaran ante la Guardia Civil haber recibido entrenamiento en Venezuela por parte de ex miembros de la organización terrorista, uno de ellos Arturo Cubillas.

A partir de ahí, y para aclarar esos hechos, la justicia española solicita la extradición de Arturo Cubillas, a lo que se niega la justicia venezolana por tratarse de un súbdito de aquel país y corresponder a Venezuela en todo caso la investigación.

La posición del embajador de Venezuela ante el Reino de España, Julián Isaías Rodríguez, después de condenar toda manifestación terrorista, negó la existencia de tales entrenamientos, asegurando que las declaraciones efectuadas por los dos etarras carecen de credibilidad pues suscitan serias dudas de que hayan sido totalmente voluntarias. Y añade que bien pudo ser arrancada irregularmente con amenazas contra seres queridos o bien recompensas para que se pronunciaran en la forma que lo hicieron y si así fuera no tendría ningún valor probatorio. Como también pueden obedecer a una estrategia jurídica de los imputados para aminorar la pena.

Tergiversando lo dicho por el Embajador, el titular de El Mundo le acusa de atribuir a la Guardia Civil la obtención de aquella confesión mediante torturas.

Por su parte, la Audiencia Nacional, según fuentes citadas por La Voz, insiste en requerir la presencia de Cubillas para juzgarlo en España, pues «el actual sistema judicial venezolano no responde a las exigencias internacionales de un sistema democrático y de una justicia independiente e imparcial, por lo que la entrega del procedimiento o de las pruebas va a resultar muy difícil, porque nos podemos encontrar con un fraude procesal».

Que el in Mundo falsee la noticia no es sorprendente, pero que la Audiencia Nacional insulte a sus colegas del otro lado del charco, rebajándoles a la condición de inquisidores de medio pelo, es inaudito y puede provocar una reacción impredecible. La jurisdicción de la Audiencia Nacional es una secuela viva de la injusticia franquista, y bien harían hoy en no remover el fantasma del pasado y mirar más a su patio.

Bueno sería, en todo caso, dejar de rasgarse hipócritamente las vestiduras ante el asunto de las torturas. Los informes de Amnesty Internacional sobre malos tratos en España y las recomendaciones de la ONU al respecto, reconocen la existencia de tales prácticas y aconsejan medidas para su erradicación. ¿O no lo saben?