22 Noviembre 2009
Políticamente, el Rey no está sujeto a responsabilidad según reza la Constitución. La Conferencia Episcopal Española afirma que tal circunstancia le protege también en el plano religioso.
Así se explicaban los obispos cuando lanzaron el anatema de excomunión contra quienes hayan de participar en la proposición, elaboración y aprobación de la nueva ley del aborto. Y entre ellos resulta que se encuentra el Rey, a quien corresponde la sanción y promulgación de las leyes.
Dicen los intérpretes religiosos que el Rey no es más que un mandado, por lo que no debe responder por otros. Por esa regla, los diputados que se ajustan a la disciplina de su partido son otros mandados pues carecen de autonomía para decidir, al igual que la mesa del Congreso y Senado, o los empleados que hacen allí su trabajo. Al final habrá pocas o ninguna excomunión. Al tiempo.
Sean o no buenas las razones episcopales, lo destacable es la buena suerte que acompaña al monarca, que transitó del franquismo a la democracia sin mengua ni desdoro. La aureola de leyenda que enmarca su figura, y que le permite hacer lo que le viene en gana, se sobrepone a la cruda realidad de haber traicionado a su padre; de haber jurado lealtad a Franco y sus leyes pero no a la Constitución.
No se conoce que haya reprobado nunca la dictadura, por lo que es cómplice de la misma desde que en 1969 fue designado por Franco como su sucesor a título de rey.
Tal pasado, como el de tantos otros transitados que sirvieron al sanguinario dictador, no se limpia fácilmente ni se olvida. Aunque no se le exijan responsabilidades.
Su buena suerte le permite que su nombre permanezca en todos los lugares de España pese a ser un vestigio de la dictadura, y como tal, expresivo de exaltación de la represión franquista, a erradicar según mandato de la ley de la memoria histórica.
Ayer se cumplía el trigésimo cuarto aniversario de su coronación, fecha aquella en la que ratificó su lealtad a Franco cuyo cuerpo aún estaba calentito.
La mágica fórmula de Dios salve al rey, corresponde a tiempos de vasallaje. De quien tiene que librarse hoy es de los ciudadanos dormidos que pueden despertar.
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20 Noviembre 2009
Memoria de la tragedia litoral que en julio de 1926 se cobró la vida del ingeniero Manuel Orueta y de dos obreros del Gijón industrial
El mar poderoso, ese mar que subyuga y encanta, que es bello y magnífico, pero que esconde en su bravura la impiedad, ha vuelto a trocar su azul purísimo por el negro luctuoso de la tragedia irremediable y fatal.
Hace unas fechas, la siempre poderosa mar de San Lorenzo, en la Cantábrica, volvió a advertir contra la confianza, y a trocar su azul en el luctuoso negro de la tragedia?
El pasado julio se cumplieron 83 años de otra gran tragedia de mar, consecuencia de otra confianza mal rematada. Todas las tragedias de la mar, al contrario de otras, siempre sobrecogen por su grandeza.
La del domingo 25 de julio de 1926, no en nuestro litoral, sino en los acantilados del vecino Oles, conmovió profundamente los cimientos de la «sociedad» local, tanto por la significación de su principal protagonista, Manuel Orueta Castañeda, un joven ingeniero al frente de una de las grandes empresas locales, y del Gijón industrial y obrero, porque junto a él perecieron sus operarios Lorenzo Martínez y su hijo Luis.
Ocurrió el mismo día y al mismo tiempo que llegaba a su cenit la romería de Ceares; y a la misma hora en que concluía en las proximidades del puente del Piles, la tercera y última etapa de la «Vuelta Ciclista a Asturias», que había a las seis de la mañana había partido de Cangas del Narcea...
Amaneció el día caluroso, y terminó «aturbonado». Quien, en el Gijón festivo, madrugó para acudir a la misa del alba; quien, sin obligaciones, durmió la mañana, para cumplir con el precepto en la más cómoda de doce, de Patronato del Hospital, instituida para el cumplimiento de los labradores, que en la madrugada de los domingos abandonaban sus parroquias por venir con sus productos al mercado de Gijón; y que luego hicieron suya los duques y las damas y los caballeros del comercio, la industria y la navegación... Más que nada, por dejarse ver por San Pedro?
Sin misa, que los tiempos ya eran muy otros, quedaron aquella mañana no pocos romeros y romeras de los barrios populares, que desde primera hora de la mañana preparaban viandas, bebidas y percales, para «subir» al prado grande de la romería de Ceares, donde desde bien temprano lucían los carros de sidra, en uno de los cuales, el de la «Casa Vaquero», sidra de Fran y el Roxu de Cabueñes, se vendían por primera vez las latas calientes de la famosa fabada «Campanal»...
En el Llano, carretera del Obispo, el joven ingeniero Manuel Orueta, hijo del recién fallecido don Domingo, el sabio fundador de la próspera fábrica de palas y vagones, madrugó lo necesario para, como muchos festivos, salir a cumplir con el deber primario de la pesca.
Con él, iban aquel domingo sus hijos mayores, Domingo y Manuel; y como siempre, el encargado del almacén de la fábrica, Lorenzo Martínez Pablos y su hijo Luis, y el chofer de la casa, Eugenio Herrera, hijo del jefe de los talleres de don Manuel. Y al acantilado de Oles, próximo a Tazones, se dirigieron los pescadores, bien entretenidos con cuentos, risas y canciones...
La pesca, al parecer, no se les dio como en otras ocasiones, apenas algo más de dos docenas de chopas habían pescado los expedicionarios en toda la jornada. Por ello, a pesar de que a las seis y media era la hora prevista del regreso, don Manuel, Lorenzo y Luis decidieron apurar la suerte unos instantes más y se dirigieron a la roca más avanzada sobre la mar, a la conocida como la punta del Olivo, que con otras forma peligrosa ensenada donde la mar, como en la Cantábrica, bate con furia... Y de pronto, una ola enorme batió la peña y arrastró a Lorenzo Martínez. Su hijo se lanzó tras la ola para salvar al padre, pero otra los envolvió, desapareciendo ambos entre la espuma. Fue entonces cuando el señor Orueta, que no era nadador experto, sin escuchar los consejos de Eduardo, ni los llantos de sus hijos, se lanzó a la mar en su socorro... En unos instantes, los tres perecieron ahogados...
El automóvil, que a alta velocidad, traía a Gijón a los dos hijos del señor Orueta con la noticia de la tragedia, atropelló de gravedad a la altura de San Justo a Edelmira Pérez, de 18 años, vecina de Arroes, que iba camino de la fiesta.
Tres días después, cuando aún la tragedia de la mar estaba viva, otra nueva, fruto también de otro exceso de confianza, ocurrió en la estación del Norte de Madrid, donde nutrida concurrencia esperaba la llegada del Correo de Asturias, que arrastraba el vagón con el cadáver del ingeniero, que seguidamente iba a ser enterrado en el cementerio de San Lorenzo...
Don Ramón Lavín González, alto funcionario del Ministerio de Trabajo, y apoderado de la familia Orueta, al ver acercarse el Correo, sin percatarse de la proximidad se dispuso a cruzar la vía para colocarse junto a la familia, con tan mala fortuna que resultó alcanzado, falleciendo en el acto...
Comenzó la tragedia de la confianza en la Punta del Olivo de Tazones, y concluyó en la estación del Norte de Madrid... De entonces acá, otras mil.
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14 Noviembre 2009
En los ya lejanos tiempos de la transición-transacción, el PSOE jugó en varios teatros. Uno de ellos, muy olvidado sin duda en su trayectoria, fue el de hacerse pasar por partido republicano. Algunos de sus representantes (Gregorio Peces Barba, Alfonso Guerra, si no he acuñado mal esta moneda secundaria) aparentaron defender la causa republicana en la Comisión constitucional e incluso llegaron a abstenerse en alguna votación parlamentaria en la que se tramitaba el artículo referente a la forma de Estado.
Actuaron bien, tenían tablas. Durante algunos años, la opinión pública, una parte de ella cuanto menos, identificó la defensa del republicanismo y la tradición republicana española con el partido de Pablo Iglesias, con los cien años de honradez, con el rejuvenecido partido de González-Guerra, mientras que el PCE aparecía ante la ciudadanía, por supuesto realismo político, como el partido defensor de la “Monarquía democrática”.
El disparate cometido por el PCE y sus partidos afines fue histórico. Sin exagerar y sin olvidar las duras circunstancias. En algunas concentraciones y mítines de aquellos años, quienes perseguían a militantes comunistas que, pletóricos de razones temperadas y sentimientos, exhibían nobles banderas y símbolos republicanos no eran la policía neofranquista, sino otros militantes comunistas que responsablemente, se afirmaba, seguían los dictados taxativos de la dirección del partido de la lucha antifranquista y republicana.
Vivir para que la rabia, como quería Alberti, transite por venas y arterias.
El PSOE sacó tajada electoral de su obscena actuación republicana. Baste recordar las elecciones de octubre de 1982 y su éxito inconmensurable. Después, como en tantas otras cosas, si te he visto no me acuerdo. También aquí el olvido anduvo a sus anchas. No hay en estos 25 años ni una sola acción política real de la que se tenga noticia, más allá de la constitución de fundaciones de orientación republicana y algunas declaraciones puntuales para jalear los oídos de los simpatizantes, que empujan en dirección republicana. Los pocos activistas del PSOE que intervienen en coordinadoras republicanas ponen siempre –siempre es siempre– el acento en la necesidad de pedagogía, de recordar la historia reciente, como si la acción republicana se redujera a un instituto de estudios que tuviese como tema esencial la política y cultura durante la II República Española. Desde luego, la III República, en su opinión, es pura ensoñación de mentes izquierdistas extraviadas.
Así lo piensan, así han actuado y así actúan.
El pasado martes tuvimos ocasión de comprobarlo una vez más [1]. ERC, por boca de Joan Tardà (¡cómo se nota su militancia antifranquista!), con el apoyo de IU e ICV, pidió transparencia en las cuentas del Jefe del Estado. ¿Es mucho pedir? Saber –simplemente saber– en qué se gasta el Jefe del Estado el dinero que le viene asignado por el Parlamento, que no es un sueldo, como en el caso, pongamos, del presidente del gobierno o de la presidenta del Tribunal Constitucional, sino una sustanciosa partida presupuestaria que ronda los 9 millones de euros (NUEVE, han leído bien, 1.500 millones de las antiguas pesetas).
PP y PSOE probaron una vez más que, en asuntos esenciales, forman un dueto excelente, sin oposición ni estridencias. El PP es, pido perdón por la metáfora, el poli malo y el PSOE cuida algo más las formas. Juan Manuel Albendea, del PP, dijo en su intervención que las propuestas surgían del odio deleznable que ERC alberga contra la institución mejor valorada por la ciudadanía y que los independentistas catalanes, en el fondo, pretenden cambiar la Constitución a través de los presupuestos. El representante del PSOE, José Vázquez, señaló, orgulloso de haberse conocido, que la Constitución de 1978, que ha sido modificada cuando les pareció oportuno, defiende el derecho del rey a disponer a su antojo del dinero otorgado y de la imposibilidad por ley que se pueda fiscalizar su ejecución. En síntesis: nos gustaría, sería adecuado, pero nada podemos hacer. A otra cosa, que hoy es martes y hay partido de fútbol.
¿Es así realmente? Es así. La partida presupuestaria que la Casa Real recibe del parlamento, de la máxima –dicen– representación democrática de los ciudadanos, no debe rendir cuentas a nadie. La realeza puede hace de su capa un sayo e invertir, por ejemplo, en industrias armamentistas, en matanzas de animales, llamadas cacerías, o incluso en desinteresadas ayudas al Opus Dei y grupos ultracatólicos afines.
Admitiendo a título meramente provisional el disparate que, desde luego, cuesta mucho de aceptar –y sobre todo cuesta mucho de pensar democráticamente que nada puede hacerse, por mucho que la Constitución ampare tal desaguisado, lo cual indica a todas luces la forma en que se elaboró la Constitución y el poder del espadón y la vigilancia de la Monarquía–, nada dice que el uso de ese presupuesto, como apunta Ignacio Escolar en su columna, deba ser secreto. El Parlamento, constitucionalmente, no puede marcar las partidas de ese gasto, pero nadie ha podido apuntar que no sea posible pedir información parlamentaria sobre la forma en que es efectivamente utilizado.
Con el apoyo de IU e ICV, ERC pidió, pues, que el gasto del presupuesto de la realeza esté a disposición del parlamento, así como el patrimonio de la Casa. Nada más, sólo eso. La apisonadora monárquica de marca PP-PSOE, terrenal y pragmática sin parangón, se encargó de que la moción no prosperase. ¿Es esa la forma en que el PSOE cree cuidar una tradición republicana de la que se hizo teatralmente máximo representante años atrás?
Mientras se producía la votación, o algunas horas antes, dirigentes políticos del PSC-PSOE, incluido su secretario general y president de la Generalitat catalana, hablaban a raíz del caso Bartomeu-Prenafeta-Alavedra de la necesidad de regenerar éticamente la esfera política catalana y de un contrato de transparencia democrática entre las instituciones y la ciudadanía. Sin sonrojarse, con cara de circunstancias.
Todo ello, insisto, en el mismo momento en que no se era capaz de ni aprobar parlamentariamente, y se votaba con el partido del neofranquismo, no ya la revisión de la partida ni la abyecta libertad de usar ese dinero público como a la realeza le venga en gana, sino incluso tampoco que se pueda exigir dar cuenta de ese uso. ¿Es consistente hablar entones de transparencia democrática? ¿Es una broma a la ciudadanía? ¿Dónde está la gracia de esa estupidez?
Volver a empezar. Ésa fue la conclusión de György Lukács en aquellas inolvidables conversaciones de 1966 [2]. Manuel Sacristán tomó el guante años después. La consigna-programa no ha perdido actualidad.
Notas:
[1] Véase Ignacio Escolar, “¿En qué gasta el dinero público el rey?”, http://www.escolar.net/MT/archives/2009/11/%C2%BFen-que-gasta-el-dinero-publico-el-rey.html.
[2] Fueron editadas por Alianza editorial de bolsillo en 1969. Pueden verse ahora en el apartado “Els arbres de Fahrenheit”, en la página de Espai Marx.
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8 Noviembre 2009
El magistrado Alfonso Villagómez recordaba días atrás, en LA OPINIÓN A CORUÑA, el derecho constitucional de los ciudadanos a ser protegidos judicialmente y a que se presuma su inocencia en tanto no recaiga sentencia condenatoria.
Y añade que el procedimiento judicial en averiguación de un posible delito se ve muchas veces perturbado por la información mediática que da por supuesta la culpabilidad del acusado. Advierte contra este incompleto juicio paralelo de los medios de comunicación y señala, igualmente, que el derecho fundamental a recibir información veraz no debe poner en peligro la presunción de inocencia ni atentar contra la independencia de los jueces. Es comprensible la alarma.
Pero aún siendo oportuno y cierto el aviso, conviene matizar que la fiscalización de conductas que la sociedad reprueba no pertenece exclusivamente al ámbito judicial, entre otras razones porque el rechazo legal no satisface ni agota otras pretensiones de matiz ético, no por ello menos relevantes.
Dada la trascendencia grave de sus irremediables disposiciones, el procedimiento judicial exige un cuidado extremo en el tratamiento previo al juicio, para no incurrir en error o estigma de muy difícil reparación, como la pérdida de libertad o reputación. Por el contrario, las consecuencias del reproche social aunque inmerecido, exagerado o sectario, dispone de recursos legales para ser enmendado y reparado. De ahí que el principio de inocencia tenga su aplicación solamente en sede judicial. Así pues, la responsabilidad emanada de comportamientos indeseables no pasa exclusivamente por el juzgado, pues este actúa solamente para restablecer el orden jurídico. En el ámbito político, ideológico, corporativo, o de mera convivencia ciudadana, el mero cumplimiento de la legalidad resulta insuficiente para exonerar un desvío culpable.
Todos los actos de las personas están sometidos al escrutinio público: la desidia, traición o mendacidad en el ámbito político; el incumplimiento o la incoherencia en el obrar respecto a los dictados sociales; también la rapacidad de mercaderes, como la insolidaridad e incivilidad de tantos. Cuando a esos comportamientos insociables se añade la comisión de un delito, tan indecente proceder no ha de ser incluido en esta clasificación más abarcadora, debiendo depurarse en espacios diferentes. Aquí no juega el axioma jurídico de no juzgar dos veces por lo mismo.
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6 Noviembre 2009
La historia del «encontronazo» del juez José Prendes Pando y Díaz Laviada con el dictador Primo de Rivera
Mucho antes de que doña Pilar Pardo, o alguno/a de sus conmilotenes/as, lanzara a la parda basura un copiador con los restos de las cartas que el derrotado capitán Álvarez Cascos enviara al mundo y, por tanto, mucho antes de que el "dividido" Partido Popular Hispánico contribuyera con el voto de su mayor oreja a proteger la imagen del "gominolo" y millonario, dueño y señor de la prensa y televisión de su país, y eximio político "juerguista"..., un gijonés de limpia y marinera cuna, el bergantín "Julián" mandaba don Ceferino, caricaturista de mérito y modelo de juez, osó, como osan hoy los jueces italianos con su Berlusconi, enfrentarse con el que en Madrid hacía sus veces entonces, el "director" Primo de Rivera, al que sus cortesanas, en el fragor de las batallas nocturnas de "Villa Rosa", llamaban mimosamente Miguelito-, por la cuestión de la famosa "Caoba".
Don José Prendes Pando y Díaz Laviada, desempeñaba por aquellos años dictatoriales el Juzgado de Instrucción del Distrito del Congreso en la capital del reino alfonsino, donde, como hoy en Roma, toda necedad y vicio tenían reservado en su circo asiento preferente. Desde la "Casa de Canónigos" siguió don José la vida tragicómica de aquel Madrid rechulapo y verbenero. Allí, se topó el magistrado con personal en apuros de toda clase; distinguido y notable alguno, como don Miguel de Unamuno, o don Indalecio Prieto; del mundo del crimen, los más, como el famoso José Romero, el del crimen de la calle de Jovellanos, en el que perdió la vida el señor Novo, encargado de las obras del teatro Alcázar Español.
Marchaba sin sobresaltos el Juzgado, hasta que don José en su quehacer instructivo se topó con la explosiva "Caoba", cortesana de oscuro color, ojos ardientes y poderosos pechos, los preferidos del director general del concierto nacional para sus noches de toco mocho, vino y rosas...
Así contaba don Vicente Blasco Ibáñez, -¿Qué tiempos padece ahora su costa levantina, (para costas, los de Levante) que en vez de naranjos y esforzados campeones de la verdad y la república, florecen chorizos, fabras, curitas, ricardos y bigotes?- la historia del "encontronazo" entre el Juez honrado y el General de vida alegre:
"La familia de un empresario de teatro de Madrid, reblandecido por los años y los excesos, denuncia a la justicia el secuestro en que se hallaba éste bajo el poder de una cierta trotadora de aceras apodada "La Caoba". El juez, al enterarse de que la Caoba daba cocaína y otros estupefacientes a su viejo amigo, ordenó su procesamiento (y prisión). Y es al llegar a este punto, cuando el "director" encargado de hacer la felicidad de España, olvida sus importantes ocupaciones para concentrar todas sus facultades de guerrero y estadista en la solución de dicho caso.
Y para devolver la libertad a su "Caoba" querida, "ordenó" al juez gijonés que decretara su inmediata libertad..., y desatendida la orden verbal, como el "director" sabía, además de beber y joder, mandar, leer y escribir, dirigió al juez un volante particular, reiterándole que sin perjuicio de la tramitación correspondiente, estimaba (él) que la señorita Caoba no debía seguir detenida mientras que los cargos que se le hacían no estuviesen plenamente confirmados. Don José, -como gijonés de tres cepas, caballero y fino-, contestó al dictador en términos medidos y corteses, anunciándole que para que no se perdiera el ejemplar volante, lo unía al sumario...
Rebotóse el golpista, amante y pendón, y sin dilación puso en conocimiento del presidente del Supremo la desobediente conducta del juez gijonés. Don Buenaventura Muñoz y Rodríguez, que era digno del alto cargo que ocupaba, amparó la independencia de don José... Y el dictador, ni bebido, ni corto, ni perezoso, pidió la firma de su rey, abuelo del actual, y jubiló forzoso al honrado presidente por decreto dado en Palacio el día 7 de febrero de 1924.
El 13 siguiente, a las dos de la tarde, y con gran solemnidad, tomaba posesión del alto puesto el señor Tornos. Don José, que había sido apartado temporalmente de su puesto, se posesionaba nuevamente de él, el mismo día a las 9:30 de la mañana. El día 11 de abril siguiente, don José era alejado de Madrid y enviado a Albacete como magistrado de su Audiencia Territorial.
La historia nos enseña así que en cada una de sus momentos, 1924, 1936, 2009, sea en Madrid, sea en Roma, aquí mismo, o en Murcia, siempre hay un político, o un ciento; una obra, o un papel que tirar a la basura.
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5 Noviembre 2009
Republicanos dinámicos hay relativamente pocos, encuadrados, eso si, en muchas y dispersas organizaciones. Cada uno defiende “su” modelo de república, aunque algunos discrepan por creer que sólo con la República (sea la que sea y como sea) se sacará a España del grave caos que la asola. Otros, mostrencos, critican duramente a sus correligionarios, de forma contradictoria pues al mismo tiempo les invitan a fundar juntos una república original, genuinamente española y con vocación de referencia. El desbarajuste de este fragmentado colectivo es de tal envergadura que impide la existencia de la necesaria unidad de propósito.
Asimismo se evidencia que hay muchos modelos de república. Casi tantos como republicanos. En el mundo hay cerca de doscientos países y la mayoría se definen a sí mismos como república (sólo una treintena son monarquías, la mayor parte asiáticas). Así, Francia, Austria o USA afirman ser repúblicas, pero también dicen serlo Siria, Congo o Corea del Norte. Es un muestrario variopinto: hay repúblicas vitalicias, despóticas, totalitarias, hereditarias, bananeras, teocráticas… ¿Pero son repúblicas verdaderas o son dictaduras que usan como tapadera democrática una denominación prestigiosa, aunque sea imprecisa?
Aprovechando esas abismales diferencias los adversarios del régimen republicano manipulan torticeramente las polémicas comparativas. Cuando un republicano afirma, por ejemplo, que “la república es el menos malo de los sistemas que existen para organizar el Estado”, le rebaten comparando la monarquía con la peor seudo república. Para esclarecer tan malévola y deshonesta confusión habría que determinar lo que es una República con mayor concreción y rigor que las múltiples acepciones que tienen los diccionarios.
Pero, ¿como definir ésta en muy pocas palabras? En principio, la República debe ostentar los valores morales del republicanismo cívico, es decir: virtud, libertad, igualdad, fraternidad, dignidad, honestidad, laicismo, tolerancia, concordia… Por supuesto debe tener sufragio universal, elecciones limpias, separación de poderes, elección periódica y temporal de los altos cargos del Estado…; y, como sublimación de la democracia, tiene que ser universal, neutra, objetiva y arbitral. (Sin estos requisitos sólo sería una seudo república).
¿Qué ofrece esta República? ¿No es de Azaña la acertada frase que lo compendia?: La república no hace felices a las personas, las hace simplemente personas, dictaminó aquél.
Se dice que a los republicanos les sobra nostalgia y revanchismo y les falta visión de conjunto, humildad y percepción de la realidad, pues dada la frágil y ruinosa situación de la que se parte, habría que crear la III República simplemente copiando lo mejor de las dos o tres más maduras, evolucionadas y civilizadas, de sobra conocidas por todo el mundo.
Como remate surge la pregunta del millón: ¿tendrá el republicanismo cívico la autoridad suficiente como para ver detallados sus valores en la Constitución de la ya cercana República? Ello dependerá, en parte, del sentido común de su asociacionismo, sumido ahora en un confuso proceso. Porque éste puede discurrir de dos maneras opuestas:
1ª Seguir fundando más y más organizaciones disociadas, a pesar de que ya existen más de cien a nivel estatal, lo que sería costoso, inoperante e, incluso, destructivo.
2ª La otra opción consiste en que, previo deslinde de los postulados totalitarios que desacreditan y desvirtúan la institución, personalidades democráticas notables constituyan una gran Plataforma o Tribuna pro República fiable, creíble y moderada. Las personas y formaciones adheridas se coordinarían utilizando la red Internet (ágil, eficaz y barata), mediante la cual Obama ganó las elecciones USA. El republicanismo cívico, ortodoxo o moderado recuperaría así el prestigio, la credibilidad y la imagen señera, ha tiempo perdidos.
De que se elija en estos momentos una u otra opción dependerá la posición del republicanismo cívico y, por tanto, las posibilidades de que la ya próxima III República Española ocupe un puesto privilegiado en el concierto mundial de repúblicas avanzadas.
¡A LA REPÚBLICA POR INTERNET!
Luis Barcenilla Cubillo
Expresidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio
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4 Noviembre 2009
Para dar un respiro entre tanto dogma y ceremonial, el cristianismo permitió a sus fieles disponer de un espacio temporal festivo, con el fin de hacer menos rigurosa la observancia de sus gravosos preceptos. Eso sí, moderadamente y sin atisbos carnales, como si se tratara de simples juegos infantiles. Nada que ver con las tradiciones remotas de los llamados paganos.
Los antiguos señalaban determinados días del año para celebrar acontecimientos que se repetían, como el advenimiento de las cuatro estaciones. Las más antiguas tradiciones tienen que ver con la recolección de cosechas, y era tal el regocijo que les producía aquella abundancia, que solían terminar en orgías tumultuosas.
Conforme avanzaba la cristianización, estas costumbres fueron erradicadas, con lo cual desaparecieron casi sin dejar rastro. O fueron suplantadas convirtiéndose en una nueva versión edulcorada del suceso.
Algunos cristianos mantuvieron la fiesta del Halloween nacida entre los celtas hace más de 3000 años.
Se decía que en la noche del 31 de octubre las almas de los muertos regresaban a visitar los hogares terrenales.
Los celtas creían que en esa noche la ventana que separaba el mundo de los vivos y el de los muertos desaparecía. Para mantener a estos espíritus contentos y alejar los malos espíritus de sus hogares los celtas dejaban comida o dulces fuera de sus hogares.
Aquí y ahora, algunos obispos fundamentalistas arremeten contra esa celebración, por anticristiana y considerarla extraña a nuestra tradición. Pero ni lo uno ni lo otro, pues es lo cierto que la iglesia ocupó de forma fraudulenta ese acontecimiento nombrándolo víspera de todos los santos (all hallow's eve), para así arrebatarles la fiesta sin despertar su ira.
Con carácter general, las confesiones religiosas proscriben toda manifestación lúdica que no incorpore la visión trascendente de la vida, reduciendo así el carácter jubiloso a mera celebración piadosa. Planea sobre el impulso de gozar, la consideración de que la felicidad humana solo es posible en el más allá, es decir, cuando ya no hay vida terrenal. Solo el alma puede engendrar placer por su naturaleza incorporal, en tanto su envoltura material tiende al pecado concupiscente.
Lo atinente, según dicta la doctrina, es el castigo del cuerpo a base de sacrificios y penalidades, como camino hacia el paraíso. Para los creyentes, la vida en la tierra deja de ser un lugar ameno y placentero.
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26 Octubre 2009
Gijón no es Numancia, pero tampoco puede convertirse en plataforma pasiva y barata de una errática política energético-portuaria
Los progresos de la villa no pararon ahí; con los tiempos, fueron de la pesca a las salazones y conservas; y de los primeros astilleros en la Barquera, a los buques y las grúas de más de 20 toneladas de fuerza, que de la Puerta del Infante, o después, de los talleres del Natahoyo, salieron de la «Fábrica y Dique de Cifuentes, Stoldz y Compañía» camino de obras y puertos de toda España; y de la inicial Fábrica de Tabacos llegamos a las más de 300 altas chimeneas de ladrillo, de otras tantas industrias, que a diario, de lunes a domingo, lanzaban penachos de humo a los cielos, como oraciones de progreso más sentidas y humanitarias que las que canónigos y prebendados desgranaban en las salmodias catedralicias del piadoso Oviedo.
«Incontables tinglados, naves, cercas y edificios?», contabilizaba el asombrado viajero, que comprobó más de cincuenta casas «haciéndose» -albañiles, carpinteros y canteros- aquel mismo día; obreros contó por miles? y las sirenas por cientos, pitando todas a un tiempo?
Y vio el Ferrocarril minero de Langreo, traqueteando, contaminando y arruinando la salida a Candás, o camino de la Gloria? que marchaba humeante hacia su dársena para multiplicar el tráfico del puerto? Y en los muelles y el antepuerto, cada año, por lo menos, pudieron contarse siete mil velas y vapores cargando y descargando mercancías de toda clase... Y por el abrigado Liquerique, después de aliviarse en «El Ancora», de Abtao, asistimos a idilios de criadas y artilleros; y al paseo de burgueses y americanos, recontando hazañas e intereses, mientras gozan del incomparable paseo...
Y en el Casino y los teatros; y en los clubs, de uno y otro signo; y en los cafés y tabernas del centro; y por Corrida en invierno y por Begoña en verano, corriendo, y saltando muy viva, entre muselistas y apagadoristas, como liebre antes de caer en la buena olla de «El Trole», la eterna disputa por la mejora del puerto, corazón de la industria, de la banca y del comercio local.
Gijón disputó, razonó y escribió, incansablemente sobre su puerto, mientras pescaba, cargaba y descargaba, fabricaba y comerciaba, para no errar su senda? y poder seguir creciendo. Con los debates sostenidos por unos y otros en los cafés -Suizo, Oriental, Colón-, o en el comedor de Pedro Elías o en el de doña Ramona Vega, nadie pretendió, por supuesto, paralizar ni obstruir la actividad industrial, ni la comercial, ni el desarrollo naviero, ni, mucho menos, arruinar el crédito de la villa, sino que la intención de tanta reflexión, disputada palmo a palmo, era el poner la liebre de «El Trole» en la vía del progreso para que Gijón pudiera alcanzar todo el bienestar posible? Que aquellos hombres, hechos en la navegación, la emigración y las luces de la Escuela de Navegación y Cálculo, que fundara Jovino, bien sabían que su objetivo no era otro que el de afianzar los cuatro pilares útiles sobre los que Jovellanos había asentado la nueva Gigia: crédito, industria, comercio y navegación...
En la encrucijada del XIX disputaron los gijoneses activos como teólogos en celo. Unos, defendiendo ampliar servicios y mejorar calados del viejo puerto; otros, por construir, allá, en el «lejano» Musel, el puerto de refugio y comercial, grande y capaz, que los aparadoristas de Santa Catalina veían como un lejano sueño rosa que, de alcanzarse, acabaría destruyendo el valor de la propiedad del Gijón levantado sobre la sangre de mil generaciones, de los cilúrnigos a la de los Cifuentes, Rodríguez, González, Martínez, Menéndez y Acebales, porque «sentían» que en los alrededores de El Musel nacería un pueblo nuevo, higiénico, vigoroso y rico, capaz de atraer a almacenistas y capitalistas, y con ellos a los obreros y artesanos, de cuyo sudor se alimentaba la poderosa máquina del progreso gijonés.
Fueron aquellos, tiempos de «mareas» muy vivas. Desde la perspectiva de hoy, de madrugadas felices; en su momento, como son todos los tiempos para quienes los padecen, de temor a las epidemias, caciques e impuestos, y, además, de los naturales desconciertos frente a lo que deberían hacer los rentistas para asegurar el futuro de sus viudas y el toda la villa?
Pocas grúas, ningún piloto «de todas las derrotas», mucho temor y todo el desconcierto del mundo son los cuatro dolores del Gijón de nuestro tiempo. Los rectores sociales, políticos y económicos y, con ellos, buena parte del cuerpo social han vuelto a prescindir, por comodidad y codicia, como en los peores tiempos pasados, que denunciara Labra con ocasión de la muerte de don Vicente Innerárity -uno de los cuatro barones de Cabueñes- «de ideales y entusiasmos para entrar en el falso camino de las opiniones hechas, las conveniencias triunfantes, los honores fáciles y los acomodamientos inmediatos».
Hoy, muy cerca de los 200.000 pies cuadrados dedicados al trabajo duro e innovador, que ocuparon en el Natahoyo la fábrica y talleres de don Anselmo, ni quedan instalaciones, ni grúas? achatarradas o mal vendida, incluso la que, durante semanas, sostuvo el camión, y la de la alegre gesta del «Roxu» que, cuando lo vio todo perdido, bajó de su grúa con el propósito de plantar «fabes» en Caldones, en recuerdo del «mecheru» que tantas esperanzas iluminara en sus días?
Gijón, hoy, no necesita convertirse en Numancia, ni precisa numantinos, como han demostrado los mártires aceptando el socorro externo, pero tampoco puede convertirse en plataforma pasiva y barata de una desquiciada y errática política energético-portuaria. Necesita, sí, ganas de volver a correr? al trabajo y decisión y constancia para conseguirlo.
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